El cochi del fin del mundo

2020-04-04 | Miguel Angel Aviles

Para Memo Beltrán y el resto de la banda.

Aquello no se podía dejar para otra ocasión, porque, otra vez, el final estaba por llegar.

Gabino fue el que lo propuso y ese día, muy temprano, fuimos por él.

Muy espléndido, en otra reunión había dicho que él tenía muchos en engorda y que ahí estaban para cuándo quisiéramos hacer una reunión, pero el judío del Gabino no los vendió.

No le hace, dijimos, al cabo es el último gasto que haremos y el último animal que nos vamos a comer.

La sentencia era inapelable y la fecha había llegado: sí, señores, el big bang tenía fecha de caducidad , el universo estaba a unas cuantas horas de fenecer y del punto de origen a este momento, no quedaría absolutamente nada.

Si habíamos estudiado juntos desde niños y casi niños, si habíamos permanecido unidos durante años, si habíamos ido y venido de la gloria al infierno en esa combi en noches y madrugadas, consensamos que, una hermosa manera de cerrar ese círculo de estrecha amistad, era irnos todos a la vez.

Y qué mejor lugar para hacerlo que en la llantera del Güero Asencio que nos había cobijado imborrables veces a modo de cuartel general con tantos pasajes de vida que, si no lo registraban cada una de las memorias de todos, si la de la Rogelio, quien siempre pareció llevar en su cabezota un diario, un disco duro donde almacenaba cada peripecia para contarla en modo, tiempo y lugar, cuando alguien le preguntaba por alguna en específico o quisiéramos hacer un inventario , un psicoanálisis colectivo de tantas ocurrencias y anécdotas apiladas así como estaban esas llantas que nos servían como cerco para que no nos pegara tan fuerte el vientecito que corría, como señal irrefutable que, el fin de este mundo, estaba por llegar.

Pero si el apocalipsis llegaría en cuestión de horas, no nos habría de agarrar con el estómago vacío. No señor. Por eso, desde muy temprano el Gabino hizo su parte y el resto dispusimos que, si ya nos había fregado, pues cuando menos lo tuviera listo y cocinado para el momento en que arreciara el hambre y para tal propósito, el producto de su venta fue a parar a la panadería de no sé quién mentado.

Mientras esas carnes estaban en su punto, acá, en la llantera, no faltó quien empezara con las despedidas y a todos nos dio las gracias por habernos conocido. Lloró nomás tantito. Otro advirtió que, si esta era la última cena de su vida, no iban a valer recomendaciones médicas ni advertencias de colesterol y limitaciones de esas. Programó canciones ochenteras. Él le entraría con fervor al cochi y remataria con unos cuantos elotes de los que el Güero ya había puesto a cocer en una olla apostillada por si el platillo principal no era suficiente.

Otro más apuntó a la calle, gritando que el designio mortal se había adelantado pero esas luces incandescentes que lo hicieron tragar gordo, no eran más que dos patrullas que pasaban a gran velocidad y los efectos de lo que desde la tarde había bebido.

Antes de las doce, El Gabino y un par de escoltas que le asignamos para que no se fuera a pelar con todo y cochi, salieron rumbo a la panadería y volvieron casi una hora después.

Allá lo estaban esperando con la cena en la banqueta porque desde hacía rato se querían ir y así como si subieran a un atropellado, así dejaron caer un bulto en la caja del pickup, el cual fue flanqueado hasta la llantera por los dos vigilantes que le pusimos al Gabino.

El Rogelio, quien literalmente vivió para contarla, afirma que medio cochi estaba doradito y crocante, con un sabor exquisito que le gustó hasta su propio paladar, pese a que nunca cenaba. La otra mitad estaba casi como se lo habían llevado. Por más cuchillos y tirones que le dieron, fue imposible descarnarlo. Estaba más crudo que como amaneció el Gabino la mañana siguiente. Una voz como de ultratumba, propuso que lo dejáramos reposar en limón y nos lo comiéramos como ceviche. No, dijo alguien, capaz y que amanezcamos muertos, esgrimió.

Uno a uno nos fuimos lavando las manos donde se habían cocido los elotes para quitarnos la grasa y nos dispusimos a partir.

En la banqueta, todos juntos, nos dimos un abrazo para siempre.

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