Mi amigo, mi amiga y las normalidades de cada quien

2020-05-23 | Miguel Angel Aviles

Eso pienso yo, pero, siguiendo con tan aguda teoría, es muy probable que otro y otro más, piensen todo lo contrario y acaben por hacer pedazos lo que acabo de decir.

Qué bueno pues de estas proposiciones, saldrá una que será la verdadera, según lo dice no recuerdo ahorita que ley.

Este ejercicio tan filosófico, tan profundo que me acabo de aventar, no tiene más fin que servir de introducción para reflexionar sobre la forma en que cada uno de nosotros estamos enfrentando esta pandemia y sus resultados.

Antes, déjenme decirles que yo tengo un amigo a quien nunca de los nunca lo he visto preocupado o padeciendo de algo, a no ser alguna cruda de altas dimensiones por él confesada, pero hasta ahí.

Ha sabido de noticias mundiales y nacionales y locales, de tragedias domésticas, de desgracias, de accidentes, de tropiezos académicos, de caídas literales en suelo plano, de muertes de sus familiares, de fríos estumehuesos y de calores quemantes. No obstante, todo aquello fue y es asumido por mi amigo, desde el humor, la indiferencia, el humor de nuevo y una mueca para decir que nada pasa y el humor otra vez y un gesto para mitigar todo y de nuevo el humor que siempre le sale a flote.

Lean: yo dije que nunca lo he visto, no que no viva esas emociones, pero, supongo, que lo hace a su modo o cuando así y en dónde a él le da la gana.

En cambio, tengo otra amiga (o amigo, para no dar pistas de su identidad) que es toda aflicción o pesadumbre, tanto que bien pudiera haberle doblado algunas escenas relevantes a Libertad Lamarque o a Marga López y nadie se hubiera percatado de la suplantación. La más pequeña de las adversidades, se vuelve apocalíptica, tres gotas de rocío es un diluvio y el quebrar de una taza le garantiza a su pensar un siglo y tantito más de mala suerte.

No soy yo quien aquí deliberará quién de ellos dos está bien y quién está mal. Así son y así aprecian lo que pasa a su alrededor. Puede que el más relajado, haya llorado a mares en su propia soledad. Puede que, a la que llamaremos Lady Pucheros, también sepa reírse hasta de su sombra, vaya usted a saber.

De acuerdo a opiniones médicas, puede que a ella le dé gripa o se enferme de una y otra cosa si, viendo en ese estrés, aumenta la producción de adrenalina y cortisol, y bajan sus defensas. O a lo mejor, no.

Puede que al otro ni durmiendo todas las noches en el patio a merced de lluvias y lloviznas, le pase algo. O a lo mejor sí.

Como sea, me parece que tales formas de asumir cada vivencia son apenas dos caras de ese dragón multicefálico que somos como comunidad y con el cual estamos enfrentando, cada uno, lo ocurrido en materia de salud durante estos meses y los que quizá aún nos falten.

Creo que ningún es fácil, aunque no sé cuál sea el ideal para salir lo menos dañado de todo esto.

Hay quien puede tener miedo o hay quien está, envidiablemente, nomás observando el techo cuando amanece y disfrutando la televisión o lo que más le plazca durante el resto del día hasta que nos llegue la hora de salir.

Hay quien se la ha pasado con el Jesús en la boca y hay quienes están en espera del siguiente meme o de la nueva ocurrencia en torno al confinamiento para soltar la carcajada.

Creo que, en tanto no asumamos esa actitud que, al menos a mí, sí me parece una irresponsabilidad como es el de no creer, sin argumento alguno, la realidad que en los hospitales y en los panteones está reflejándose, cualquier otra forma de vencer al coroenemigo que nos trae contra las cuerdas, es válido.

Porque si bien somos diferentes unos a otros, también es cierto que cada uno somos lo que los estudiosos llaman la totalidad individual, ese yo integrado con personalidad propia y con emociones igualmente legítimas.

Si acaso no basta o si la idea es que nada sobre entonces también sumemos de vez en cuando un poquito de miedo, de dudas, de incertidumbre, de incertidumbre, de desesperación sin llegar a flagelarnos y claro, la risa y el humor más todo lo que en el equipaje de su corazón lleva mi amigo para tender, igual que él, un camino tupido de resiliencia que nos permita llegar al final de este episodio con las menos heridas que sea posible frente a los nuevos tiempos o lo que signifique, para nuestro idiolecto, esa otra normalidad.


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