Redes sociales (o qué tanto es tantito)

2020-05-30 | Miguel Angel Aviles

No tengo ni idea de cómo estuviéramos viviendo este confinamiento sin la existencia de las llamadas redes sociales.

No la tengo, por lo pronto, pero apenas empiezo la columna.

Me refiero a la posibilidad de interactuar, masivamente o en comunidad así como se ha hecho durante estos meses gracias a esto, pues entiendo que, de haber ocurrido en años anteriores cuando no se contaba con ellas, acaso la vía telefónica convencional nos hubiera permitido tener noticias de la familia, de algunos amigos y desde luego de los aconteceres relacionados con la pandemia. Quizá debí de incluir el periódico pero como se supone que habría que estar en casa, muy disciplinaditos, pues esa opción la descarté

Para lo que tampoco tengo una respuesta o si la tengo no pienso decírselas para conformar una entre todos, qué tiempo resulta más provechoso para la salud mental en momentos de esta naturaleza, si aquel donde no había el avance tecnológico con el que se cuenta en la actualidad o estas redes de comunicación donde se estructuran tales sitios virtuales.

Es cierto que esta manera de interactuar han servido para acercarnos, para reencontrarnos, para sumar amistades, para estar en contacto permanente, para convocar de inmediato a manifestaciones públicas en protestas o para llevar candidatos a la silla presidencial pero, en contraposición ha traído consigo que nuestra privacidad se trasgreda, que se le dedique más tiempo que otros menesteres y sobre todo que un buen número de cibernautas escudados en su muy particular idea de la democracia y de la libre expresión les dé por comentar de todo o compartir cuanta información o “información” tengan a la mano sin importarles el daño que causan a terceros o la falsedad de la misma, con tal de llevarse la primicia de lo que les parece trascendental así sea una nota fechada tres décadas atrás o un reportaje de los que advierten que no consuma tal refresco porque lo fabrican con orines de Suricato o no compre tal jabón porque además de que te quedara el cabello como “El Piojo Herrera”, también trae una cámara oculta que nos filma cuando estamos en el baño envueltos en la toalla y luego apareces en una película cuatro equis que venden clandestinamente en la piratería de Tepito.

Si usamos este “balance” para despejar la duda de mi interrogante expuesta párrafos arriba, se corre el riesgo de que el pasado y el presente queden tablas en cuanto a las herramientas que, hipotéticamente hubiesen permitido comunicarnos, y permiten en la actualidad por culpa del mentado coronavirus .

Y es que ustedes como lectores, podrán tener la última palabra, pero por cerquita que nos encontremos gracias a Facebook, Twitter y el resto de la lista, lo que circula y tapiza el muro tuyo, mío y de todos no sólo es casi imposible de controlar al grado de ser tanta que empalaga y nos desquicia sino que tampoco hay una autorregulación general lo que permite que lo mismo recibamos la más verificada de las informaciones sobre número de infectados, cantidad de muertos, suma de recuperados, investigaciones prometedoras, conferencias oficiales serias, interesantes avances en materia de vacunas, que a la vez transiten las intervenciones de charlatanes que juran tener la solución, el mensaje de tres contactos que desmienten el número de fallecidos dándonos cifras diferentes, las imágenes de ataúdes fabricados en serie donde una fuente asegura que es aquí en esta ciudad en tanto que otra afirma que es en Etiopía y así, lo cual hace zozobra ahonde y la incertidumbre crezca trayendo consigo que se nos suba el apellido a la cabeza y nos entren las ganas de salirnos de estos espacios para apaciguar el cúmulo de angustia y desintoxicar de tan variopinta información la mente.

Sí, decía al principio que no tenía ni idea de cómo estuviéramos viviendo este confinamiento sin la existencia de las llamadas redes sociales.

Pero si éstas seguirán con las desventajas que les expuse, creo que ya la empiezo a tener: estaríamos igual que los modernos tiempos.

Sí: contábamos con el teléfono nada más, pero no faltaba quien trajera un corre ve y dile y gritara desde el cerco con el propósito de hacer argüende como hoy pasa con quien comparte algo porque le gana el escándalo pero no le da por checar si es veraz lo que mandó.

Sí, carecíamos de una cuenta de correo pero no faltaba ese o esas que no teniendo más que hacer, iba de casa en casa contando lo que dijo don político o don diputado o su compadre o el desconocido al que escuchó platicar que ahora si la Tierra explotaría y lo del coronavirus era la más clara señal de su advertencia. Ándele: como el que, al golpe de su taquicardia, no escatima en llevar y traer como post o como sea, un sinfín de sucesos periodísticos como para que no le ganen la supremacía de ser el más mitotero.

Como no eran las visitas más deseadas (tal como son los indeseables en las redes) , terminaban llenando el buche de piedritas y cuando ya nos tenían hasta el copete, los dejábamos hablando solos en la banqueta y nos metíamos apresurados con el pretexto de que estaba suene y suene el teléfono aunque no tuviéramos ni eso.

Pero en fin : con redes o sin redes, qué tanto es tantito.

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