Dos ballenas

2020-07-18 00:00:00 | Miguel Angel Aviles

Cuando los veía salir hacia la tienda, con ese morral donde tintineaban dos envases de ballenas, sabíamos que ella había llegado.

Eran sus nietos y se trasladaban hacia el abarrotes El Perico para adquirir el elixir que le permitió vivir el día a día, como ella quiso y morir, tal vez cuando ella quiso

Cómo lo hacía en su casa a diario, después de recibir a vecinos y familiares que disfrutaban de un antojo, aquí también, en la casa de una de sus hijas, ella llegaba y, sin tronar los dedos porque no era necesario, guardaba calma en esa silla, en esa poltrona, en ese lugarcito especial donde tantas veces la vimos, mientras los encomendados para ir por la dote de la abuela, volvieran y, puestas por ahí para que no se calentaran, se las empezaba a tomar quedito en un vaso de vidrio, paso a paso, como quien sabe que ya todo vivió y no se le debe nada a nadie, acaso nomás a Dios, a su actitud, a la buena comida, a sus plegarias, al sol o a quien quisiera agradecerle por tenerla ahí, a esa edad y con los suyos 


Así lo hizo allá, en su céntrico domicilio de este puerto y también lo hacía aquí, donde tanta veces la miré, no mirando nada, pero a la vez mirando todo, primero en esa casa amarilla de tantos juegos y recuerdos de infancia a mediados de los setenta y después, en esa casa amplia, de arcos y ladrillos de tan buen gusto, donde todo contemplaba, en silencio, pero diciéndolo todo con un saludo, con el gesto amable y con ese don de gente que únicamente los bien nacidos y los amantes de la vida, tienen.


De por allá de Todos Santos era y desde ese lugar se vino a la capital que está tan cerca, donde vaya que vivió para contarla y supo entenderlo todo, creo yo, digamos porque lo pudo haber dicho o porque mantuvo la serenidad hasta que el Altísimo, ella o por acuerdo de voluntades entre ambos, dijeron hasta aquí, no sin intentar quedarse un tantito más, puede que para entonar un bolero como esos que a ella le gustaban, o para esperar que alguien le trajera el periódico de la mañana, que a diario leía, para enterarse de lo que pasaba en el mundo, en el país, en Sudcalifornia, en la ciudad o en donde donde le diera su regalada gana.


También pudo ser porque supo que uno de sus nietos, ese que aprendió gracias a ella cómo servirse con pericia en el vaso de la botella sin hacer espuma, ya había recibido la orden de ir por esas dos ballenas escarchadas que, sobre todo en tiempo de calor, vendía Gilberto o Juanita, los propietarios de “El Perico” por más que la estuvieran llamando del cielo, de la gloria o de donde les hablen a la gente buena.


Y es quería seguir gozando de lo que fue su carburante y la hizo feliz ,así como debiéramos ser todos y todas, seamos niños, adolescentes, jóvenes, adultos o a la edad que está bella señora pudo tener y que no puedo dejar de recordarla en estos tiempos de permanecer en casa, reflexionar, mirar cómo miraban sus apacibles ojos de rendija y su pequeño cuerpo que habitaba en ese vestido obscuro y agradecer que para vivir nacimos, aunque un día, se nos acabe la vida, frente a una copa de vino, de una taza de café o de esas dos ballenas heladas que hicieron de esta mujer lo que vi de niño, cuando todos éramos felices y a ratitos se nos olvidaba.


Lo que yo no sé decirles es cuándo es que nos volvemos trascendencia o si es la suma de nuestros actos lo que al final de la jornada se resumen y llega el corte de caja.


En tanto averiguo, porque esto de escribir también tiene mucho de mitotero, déjenme ya nomás decirles que, al igual que una de mis madres que ya partió, ella también optó por irse quince días después que le dio su regalada gana.


Una semana antes todavía estuvo ahí, en silencio, como lo hizo por largos años, en esa casa amplia, de arcos y ladrillos de tan buen gusto, donde todo contemplaba el pasar de la gente y decirles adiós con un saludo.


Y años antes y hasta el último respiro, estuvo todavía estuvo allá en su casona de esa esquina, llena de matas, en espera de visitas de familiares y vecinos, de hijos, hermanos y nietos a quien ya les tenía una jarra de café recién colado, si era entre semana, o unas tortillas de harina si era sábado, para cuando tocaran a la puerta.


Se fue, si es que lo hizo, partió pero nunca para siempre, cuando ya estaba por cumplir los noventa y dos años cabales.


No. Esas dos ballenas diarias no fueron la razón, acaso por el contrario, primero se cercioró que allá donde habita ahora también hubiera. Más bien fueron cosas propias de su longevidad y que los médicos, como los que hoy están admirablemente entregados a su oficio en pleno campo de batalla, lo pueden explicar mejor.


No. Esas dos ballenas diarias no fueron la razón, que les quede bien clarito. Más bien fueron cosas propias de la eternidad y que ni los médicos, como los que hoy están admirablemente entregados a su oficio en pleno campo de batalla, lo pudieran explicar.


Yo tampoco sabría explicarlo. Creo. Pero si un día me invitan dos ballenas para brindar por ella y por la vida, puede que le haga la luchita.


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