Los olores: Para no olvidarlos y escribirlo algún día

2020-08-09 00:00:00 | Miguel Angel Aviles

Dicen que los olores son emoción y también son memoria.

Memoria olfativa le llaman y no es otra cosa que el recuerdo de los olores o esa capacidad de mantener en nuestro cerebro un aroma y que dicho olor, al ser recordado, nos traslade al lugar o al momento en el que lo olimos por primera vez.

Inténtalo y evoca con el que tú quieras, si no me crees.

Por ejemplo, hay olores que a mí, particularmente, me ayudaban a estar en mi ciudad natal, sin estarlo, cuando un día salí de ella para estudiar del otro lado del charco y a la nostalgia, a ratos, le daba por apachurrarme el corazón

El olor al café de grano recién hecho o el olor al rocío de las mañanas o a pasto húmedo o a tierra mojada o al del humo que salen de una cocina o el olor a la grasa para los zapatos o el olor del monte después de una llovizna o el olor a mar, por citar algunos de esos tantos que nos hacían ir de un lugar a otro, sin te, físicamente, de dónde estabas.

Son olores que te recuerdan etapas de tu vida, o lugares determinados. Eso me ocurre con el olor de la brillantina el cual me traslada a mi niñez, las lámparas de petróleo que retratan esas noches sin luz en un rancho o en la ciudad, o el olor a diésel que me colocan en esas travesías del Puerto de ilusión hacia Topolobampo o de Guaymas rumbo a Santa Rosalía, según fuera el momento, según fuera la ocasión.

También hay olores del cuerpo que te hacen regresar a esa casa grande donde, entre otros, podías disfrutar de un peculiar olor a flores que ahora mismo pueden llegar a mí si es que quiero.

En un estuche como para dominó que podía colocarse en el cuarto de los mayores o también, ya desgastado, lo veías resbaladizo en un rincón del baño.

Era el jabón Maja y su fragancia clásica inconfundible.

¿Ya recordaste?

Yo recuerdo a mi madre y su altivo porte, elegantizándose en su recámara y ese olor característico que yacía guardado en esa caja dura, albirroja, que después habríamos de utilizar para guardar alhajas o monedas de cobre o tan sólo para seguir oliendo ese bálsamo y sus reminiscencias.

Todo lo que dijera Maja la encontrabas con facilidad en las principales tiendas de la ciudad pero no vayan a creer que ahí lo hacían como yo llegué a pensar en esos años.

Maja pertenecía, pertenece a Myrurgia, una empresa de perfumes, fundada en Barcelona en 1916, sobre la base de una empresa familiar que encabezó Esteve Monegal y este maistro le encargó a no sé quién que hiciera un singular menjurje y, presto aquel, mezcló rosas, clavel, jazmín y geranios lo que trajo como resultado el Maja por todos conocido.

Conocido por ti que lees esto, por mi madrecita quien siempre le fue fiel como la belleza le fue a ella, por esa casa que guardaba esta y más fragancias y por esta memoria olfativa que le dicen y que no es otro cosa más que la remembranza y todo eso nunca logra ser olvido.

¿Ahora sí, ya evocaste?

Cuando en las tardes salía de las casas el olor al tueste del café de grano y el olor a las tortillas de harina, hechas de a de veras con harina, leche Carnation, manteca Kuino, un poco de agua, poquita mantequilla y un puñito de sal.

Todo esto te hacía vivir en comunión. Porque si era el café no tenía chiste tomártelo solo. No faltaba quien llegara y le servías la taza bien caliente, si era posible con su pan de dulce, y ahí estaban plática y plática en la cocina o en la enramada, recibiendo a los que les diera por visitar, atraídos por el olor que les digo, que no era otro más que el de ese café que se tostaba a pura paciencia en las hornillas de la cocina de afuera, construida con puros varejones y emplaste.

Luego se molía en el molino, atornillado en un tronco seco o en una mesita puesta a propósito, es cuando empezaba a salir su aroma. A uno le gustaba molerlo aunque cansara porque era parte del rito; de ahí venía la colada en la talega de franela o de manta.

Si se acompañaba de unas tortillas de harina hechas a mano, pues nada mejor que eso: no como ahora que van y las compran facilito y no tienen que amasar como tres kilos para darles de comer a todo el que estuviera reunido, y que del comal cayeran como platillos voladores en la mesa, o una mano adelantada las cachara antes que otra; porque se peleaban por agarrarlas; y cómo no, si estaban bien buenas.

Se platicaba bien a gusto, aunque dijeran que te engordarían; porque han de saber que no vendían aún esa harina que le llaman integral; pero no importaba, si para eso se hacían aquellas tardes de olor y de humo y de platicadera, aunque no dejaran que los niños metieran su cuchara a la hora que estuvieran hablando los grandes, pero, aunque nos quedáramos en silencio, todo oíamos y todo veíamos y todo olíamos, quizá para no olvidarlo y escribirlo algún día.

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