Los buenos y los malos

2021-02-21 00:00:00 | Miguel Angel Aviles

Cuando de niños veíamos la tele, sentados en el suelo, lo primero que nos gustaba saber era quién estaba del lado de los buenos y quiénes de los malos.

¿Esos son los buenos? habría de preguntar el más pequeño de la familia o cualquier vecino que no contaba con una televisión en su casa, si es que la trama estaba media confusa y lo que hacía el protagonista también lo llevaba a cabo el antagonista, de tal suerte que, de pronto, no se distinguía quién era uno y quién era el otro.

Su confusión nacía a partir de que, en un escenario normal o “normal” los buenos eran magnánimos, bondadosos, honestos, rectos e incapaces de dañar a uno o matar a otro.

Ah, y también eran guapos.

Los malos, por su parte, eran eso: malos, muy malos y muy capaces. Sí, capaces de matar, hacer trampa, escupir en el piso, robar trenes grandes y máquinas de vapor, humillar a un viejito, querer mancillar a una dama y odiar al sheriff de la región porque los había puestos más de una vez tras las rejas.

Ah, también eran feos, tenían una cicatriz en el pómulo y no se bañaban nunca.

Eran porque ya no son o al menos las tan marcadas franjas de características que los diferenciaban ya se han diluido o aquellos estereotipos, un tanto clasistas, un tanto discriminatorios y cargados de prejuicios, se volvieron historia o alguien advirtió que no se podía ser tan categóricos a la hora de representar al bien y al mal, sin matices, como si vinieran de dos mundos opuestos, en donde una carga genética o una capricho de Dios o la existencia de dos cigüeñas, hacían que unos fueran cien por ciento buenos y otros cien por ciento malos.

El bueno pregona valores, actitudes, virtudes, autoestima, personalidad, eficacia, eficiencia, el respeto y la justicia. El malo reparte desgracia, calamidad, irresponsabilidad, deshonestidad, delincuencia, traición y monadas como esas.

Mi compadre, ese filósofo griego que ustedes conocen como Sócrates, una mañana soleada que se estaba rasurando, también le dio por reflexionar sobre estos conceptos y, mientras se veía al espejo, concluyó que, el que actúa mal, lo hace por ignorancia del bien, porque desconoce qué es “lo bueno”: nadie obraría mal si lo supiera, consideró, al tiempo que secaba su cara con una toallita.

Así, pues, según Sócrates, el conocimiento es condición necesaria y suficiente para obrar con rectitud o virtuosamente, mientras que el mal es producto de la ignorancia.

Vaya, vaya, significa entonces que en esas películas que vi de niño, además de ser malos, esos violentos señores, también eran medio brutos, en tanto que los otros, eran unas lumbreras y estaban empapados sobre lo que significaba lo bueno, y por eso lo eran.

No quiero saber ahorita que habrán dicho sus colegas porque aquí me amanezco, pero lo que sí creo es que, eso de ser bueno o ser malo, hoy se ha vuelto muy relativo o para ser más francos, muy engañoso. Es decir, contrario a esos dos bandos tan definidos que nos plantearon en antaño, en la actualidad una cosa y la otra no está tan a la vista y eso impide descubrir con precisión quiénes son los buenos y quiénes son los malos.

Porque en medio de tanta alharaca pública donde impera la simulación o en lo privado, donde alguien se sabe vender con éxito, ofertándose como un prospecto a la intrascendencia o sacándole la vuelta al lucimiento.

El arquetipo pues, ya no es el que nos vendieron en antaño o cuando menos, no es recomendable guiarnos por él ya que nos podemos llevar un chasco dándole la espalda o apuntado con el dedo a ese personaje de cara de pocos amigos, pese a ser puro corazón, generosidad y nobleza, en tanto que se le rinde pleitesía o se le tiran a los pies a otro porque supo ocultar su pedantería y su talento delincuencial en esa envoltura de benevolencia de lo cual no tiene nada.

Pongo ejemplos otra vez y para ello me valgo de mi compa Martín Valenzuela Córdova, “El Buitre”, a quien, sin ningún problema, lo hubiera contratado el maestro Lombroso para demostrar su teoría sobre la criminalidad pero luego de conocerlo, nos damos cuenta que es hombre magnánimo que no le hace daño a nadie.

En cambio, habrán de verse esos otros que, como dice el gran filósofo español Joan Manuel Serrat,

probablemente en su pueblo se les recordará como cachorros de buenas personas,que hurtaban flores para regalar a su mamá y daban de comer a las palomas y probablemente que todo eso debe ser verdad, aunque es más turbio cómo y de qué manera, llegaron esos individuos a ser lo que son, ni a quién sirven cuando alzan las banderas, son los hombres de paja que usan la colonia y el honor, para ocultar oscuras intenciones, tienen doble vida, son sicarios del mal y van a colgar en las escuelas sus retratos pero en el subsuelo de la realidad y frente a los ojos de su negra conciencia, son más mala entraña que los rivales del tío Buck, del Gran Chaparral, en una cantina.

Así las cosas, en estos años que corren hay que pudo dar mucha vida, vivió, dejó un gran legado en lo profesional y como ciudadano de bien pero muy pocos lo supieron. En cambio hay otros que se hacen pasar por buenos, siendo deleznables y cretinos. Entre estos tipos y yo, hay algo personal.

De esto, mi amigo Rubén y yo algunas noches lo platicamos. Cómo era posible que a unos se le haga toda una campaña a fin de exponerlos como los malos de la película, en tanto que los autores intelectuales de esto, haciéndose pasar como los buenos resultaron ser los embusteros y los tunantes frente a una verdad.

Como en las películas que yo veía de niño, Rubén pudo saber el final de esta que vimos juntos y constatamos a la par, quiénes eran los verdaderos buenos y quiénes los malos, por más que usaran la colonia y el honor para ocultar oscuras intenciones.

Pero el tiempo y los actos, Rubén, tarde que temprano, pone a cada quien en su lugar.

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