Yo tengo otros gatos

2021-02-27 00:00:00 | Miguel Angel Aviles

Yo tengo otros gatos, como aquellos que una vez tuvo mi madre o esos mismos, como si recordara la casa grande, su amor silvestre y un futuro que nunca tocamos ni con el pétalo de un invento, porque nos creíamos únicamente presente, inmóviles en el tiempo, eternos, como si el hoy, este que ya está aquí , nunca habría de llegar.

Yo tengo otros gatos, ahora, y son los míos o tal vez una herencia inconsciente de una felicidad que siempre tuvimos frente a sí y no nos dimos cuenta.

Yo tengo otros gatos y se los puedo probar.

Mayo y Junio

Eran los últimos y los que se irían con ella, como ese llanto perpetuo que en silencio uno descarga a diario, antes de que amanezca y todo el día, en donde los gallos cantan temprano y toda una vida, para volver a esa rutina feliz. Unos árboles ahí, la fruta en el suelo acá, un perro sordo llegando de la calle y dos gatos, Mayo y Junio, bautizados así por Efraín y aceptado tal cual por su comadre, para ser, desde ese momento, dos bultos color naranja que fueron creciendo, despacito e invisibles, sin saber qué representaban, finalmente, a todos esos gatos que, por años y en antaño, fueron para quien me parió un 3 de marzo, su alter ego a través de los cuales repartía amor como es mucho que nos dio a nosotros, sus hijos, y a cada uno de los michis que desfilaron por cada cuarto, por cada rincón, como volviéndose la compañía que siempre le fue arrebatada y solía buscarla a punta de un cariño que refrendó desde el primer gato, pasando por todos los que tuvo durante años, hasta el llegar de Mayo y Junio, uno muerto sobre las ruedas de un carro que pasó veloz sobre su panza, como sacrificio para que ella siguiera con nosotros y el otro que supo estar hasta el último, fiel y amarillo, como una tarde que se apaga y le daba de topes ronroneros, cariñosamente, tiernamente, desesperadamente como quien sabe que un cáncer maldito no da cuartel y apaga la llama de una esperanza, quizá inútil pero necesaria, cuando se quiere que la eternidad exista y nadie parta. Ni una niña-mujer-madre, ni esa querencia por esos animales ni dos gatos que simbolizaban ese otro querer que supo maullar hasta el último aliento.

II

La Mystery… Y el Macho

Se llamaba así porque nunca supimos cómo había llegado, de donde había llegado o por qué se quiso quedar en esta casa, sus últimos años de vida. Nuestra gata Mystery había muerto. Esa tarde dejaba de respirar para siempre. La seguimos extrañando.

Pese a la edad que según su veterinario de cabecera tenía, La Mystery fue acogida como la menor de esta familia y, desde el primer día, recibió puro amor del bueno.

Más de un arrebato tenía la Mystery. Dócil y cariñosa a veces, arisca y evasiva otras tantas, juguetona a la primera provocación así podía ser ella de impredecible.

Su amante más conocido, “El Macho”, un gato corpulento y tosco de color gris que venía a diario a visitarla desde una casa pegada al bulevar —resentía con desaires el ánimo que cargaba la Mystery. De las noches de arrumacos y sus paseos por las bardas ya no había nada. Tampoco de sus pleitos que hacían quedarse al Macho por horas junto a la puerta de nuestra casa, en espera de que la Mystery se dignara en recibirlo nuevamente y continuar con su romance.

No supimos cómo pero él supo pronto la mala nueva. Esa tarde de domingo, aquí en la sala, la Mistery se quedó dormida con los ojos abiertos y su cuerpo rígido, en un sueño irreversible. La lloramos sin consuelo y después de llevarla en una bolsa negra, con delicadeza temblorosa la colocamos en el patio y le prendimos una veladora así como prendimos una utopía cuando corrió ligera ante los ojos asombrados de su doctor. No supimos cómo pero El Macho olió la muerte y, desde donde pudo haber estado, allá pegado al bulevar, y en horario que no solía venir a verla, de pronto ya estaba ahí, oliendo la superficie luctuosa de esa bolsa. Algo le decía con ligeros maullidos, quizá le decía unas palabras al oído, quizá le juraba amor eterno, quizá le perdona todos sus desplantes, quizá no podía creer lo que sus ojos de agua estaban viendo.

Él vino a la casa, desde el bulevar para conquistar a la Mystery y lo logró, pese a que, ella, nuestra gata de barda, era difícil en eso de dar el sí en cuestión de amores. El Macho, sin embargo, lo logró y la elevó al cielo en cada entrega amatoria que se dieron. Nuestra Mystery, partió pero El Macho, le ha sido fiel hasta el tuétano. Por eso aún va y viene y se queda ahí, en esa macetera donde lo veo ahorita o donde le llegue el dolor por la ausencia de la Mystery. Por eso no le podemos decir que no a su dolor, a su presencia. Porque sabemos que al Macho le maúlla el alma.

III

La Ploma

La Ploma no es nuestra pero casi. Ella no vive aquí con nosotros, pero casi. Tiene sus ojos azules y la mirada más tierna como si nunca dejara de suplicar algo: un lugarcito para quedarse, un rato de cariño, agua para quitarse la resequedad de unos malos tratos que no sé donde recibió, un puño de comida diaria y el rincón más tibio para recibir a esos cinco, seis, ocho o nueve críos que ya la tiran al piso porque su embarazo y su panza no pueden más. Ni tiempo hay para decirles a ustedes la razón del por qué se llama Ploma, pero no hace falta porque ese es su color de piel entero y, en casa, no se complicaron la vida, bautizándola con ese nombre como decirle tuerta si no tuviera un ojo, negra si el diablo la vistiera de luto o le dijéramos coja si una de sus cuatro patas fueran asimétricas como las otras tres pero eso es imposible, creo, pues ya no estaríamos hablando de la Ploma, sino del Pushi, su enamoradísimo rival o su contrincante enamorado, quien le echa ojitos, a veces para contemplarla, y aquí, en su humilde casa, hay quien jura que le profesa amor del bueno o para tirarle un zarpazo con tal de que no cruce el umbral de la puerta ya que harían de un territorio de un solo gato, una ciudad o un universo de unos felinos(cuatro, cinco, seis, ocho, doce, veinte mil) que desde el vientre de La Ploma, hoy o mañana, están por llegar.

IV

EL PUSHI

Mi madre amaba a los gatos y ella me amaba a mí, pero yo la amaba más a ella, tanto pero todavía más como ella amó a esos animales.

Yo, en cambio, pensé que no amaba a los gatos porque a veces es tanto el amor que se vuelve imperceptible, hasta que ya no están o se aparecen de repente como esos gatos que morían atropellados, o como la ausencia de una madre o esos sueños donde ella aparece, como han aparecido esos gatos en mi camino toda mi vida y después de ese mes de marzo de 2013 como si ella se hiciera presente a través de la Mistery que estuvo en casa de repente hasta sus últimos días o ese gato que vi en las escaleras o aquel que me recibió en un hotel al abrir yo la puerta y él dormía en medio de la cama como ella que un día se durmió para siempre.

Así son los gatos y así son las madres: aman, viven junto a ti, queriéndote, amándote, dándote todo sin que tú lo veas, porque no lo expresan pero lo hacen y no saben hasta que parten, en definitiva o temporalmente como esos gatos que algunos suelen tirar a la media hora regresan, ronroneándote o nada más les da por volver en los sueños como para seguir dando su amor, aunque sea a pedacitos.

Yo ahora tengo un nuevo amor, otro más como ese amor que les tengo a ellos o a mi madre o a mi hija que hizo posible su presencia o como él le tengo a la madre de mi hija que ya es bastante.

No se llama Mayo ni Junio, como los últimos o penúltimos dos gatos que tuvo mi madre antes de que se volviera invisible por culpa de esa enfermedad que nunca le pusimos nombre frente a ella.

Se llama Pushi, en honor a una expresión muy de mi idiolecto y de ese idiolecto de muchos allá donde tantos gatos habitaron y en homenaje a ella que a la vez es como homenajear al amor que siento por todos los que he nombrado: el Pushi, ella, la felicidad y esas manos de Alexia que pusieron en mi razón de vivir a este mendigo gato que ya amo, casi tanto como vi de lejitos que Alexia ama a su papá o más bien, todas las hijas, aman a su papá.

El Pushi, que a punto estuvo de ser muerte, luego de esa agresión de la cual aún se ignoran las causas, hoy es vida entera y eso irradia, para bien y para fortuna de quienes hace poco más del año, le dimos la bienvenida como si llegara la añoranza y aquella felicidad que siempre tuvimos frente a sí y no nos dábamos cuenta.

¿Ven?: yo tengo otros gatos y se los supe probar.

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