El pueblo

2021-04-24 00:00:00 | Miguel Angel Aviles

Recuerdo cuando un querido amigo, en estado inconveniente, quebró a patadas el cerco de la casa y cuando mi madre, fúrica, trató de impedirlo y le preguntó por qué hacía eso, él le dijo que porque ese cerco era del pueblo.

Al día siguiente, mi entrañable amigo llegó con un tercio de madera bajo el brazo y, con sus propias manos, reparó el daño causado.

Después de todo lo acontecido esa madrugada de tragos, se volvió una anécdota que, hasta la fecha, aún ya sin mi madre, incluso también sin el cerco, la seguimos recordando.

Lo de menos eran los daños, lo que ponía la sal y la pimienta era la justificación para realizar su desmán y creer que eso bastaba, como razón suficiente, para hacer lo que hizo.

"Porque el cerco era del pueblo", adujo, y en nombre de eso que hoy me parece una conveniente generalidad tan dada al manoseo político, arremetió contra esas tablitas recién pintadas y de paso con unos geranios que apenas acababan de brotar en el jardín de mi ama.

Como mi amigo es sabio, y aparte es mi gurú en muchas cuestiones, he querido llamarle, sí para recordar de nuevo ese episodio, también para evocar lo del cerco, pero, sobre todo, para que me ayude a responderme qué diablos es "el pueblo".

Mientras eso ocurre, para esta entrega retomé una definición lexicográfica habitual de "pueblo” la cual considera que es "todo grupo de personas que constituyen una comunidad u otro grupo en virtud de una cultura, religión o elemento similar comunes".

Me fue peor. No entendí nada y me quedé en las mismas.

Bueno, si entendí un poquito, pero decir " pueblo "a secas, sin belones y asegunes, me sigue pareciendo una ambigüedad, una abstracción, un todo grande, con una sola cabeza , una sola voz, y como si fuera una criatura gigante, homogénea y monocigótica que, singularizada, piensa de una sola manera, se expresa con los mismos registros léxicos, puede obedecer o dar órdenes, puede levantar a un país, o puede dejarlo caer, puede llevar a un hombre o mujer en brazos hasta el curul que así lo quiera o puede escoger, entre un gran abanico de opciones a quién le pondrá la banda presidencial, por cuatro o seis años o por el tiempo que más adelante establezca algún desbalagado artículo transitorio que surja por ahí.

Es decir, no es Pedro, María, José y el resto de un heterogéneo padrón el que tendrá la última palabra. No, es el pueblo. Tampoco es esta o aquella comunidad, tan diferentes entre sí la que cruce una papeleta o marche para exigir la solución a tal o cual servicio o pida, a gritos, que se libere o se encarcele a una persona. No, es el pueblo. No es la suma de individualidades con pensamiento diverso, capaz de decir sí, unos, o decir no, otros; menos lo es esa turba que puede ser manipulada alguna de las veces o puede organizarse por cuenta propia y libertad plena en otras. No, es el pueblo. No es un tumulto que se abalanza contra un grupo menor con quien no comulgan y lo linchan en nombre de cristo rey, o de unas siglas, o de una legión Kukuxklán. No, es el pueblo.

En recompensa, el favorecido por una mayoría o ya en el ejercicio del poder, gratificará a esa población, llenándolas de halagos y oxigenando su autoestima, jurándoles que gracias a ellos y a ellas está donde está y no están otros, porque aquí no hay error ni nadie se equivoca.

Luego, conseguido el propósito de la seducción, hay que abrazar con fiereza ese aquilatado mandato, guardarlo en la caja fuerte con tres candados, salir con rumbo o sin rumbo a ejercer nuestro propio estilo de gobernar pero nunca olvidar las palabras mágicas, esas que, se acierte o se cometan sandeces tras sandeces, dirán siempre, que se actúa “en el nombre del pueblo”.

"Subidos en el pedestal de su soberbia o apoyados en el atril de su ignorancia, parecieran no recordar que cuando se evoca la palabra pueblo, en cualquier concepción democrática, debe declinarse en plural" sentencia, con preclaridad, un estudioso de estos temas. Y ello, argumenta,"porque el término pueblo, que viene del latín populus, nos dice que “es el conjunto de personas de una nación”, como acepción más común.

Así se ha expresado Jean Marie Le Pen, líder del Frente Nacional francés, según el cual ella habla “en el nombre del pueblo”.

El propio Donald Trump, después de insultar a mujeres, latinoamericanos, musulmanes, negros, periodistas, discapacitados, de pretender levantar un muro antimexicano. Después de todo eso y muchas cosas más, resulta que le da por decir que “lo único que cuenta es la unidad del pueblo. El resto de la gente no cuenta”.

Si es así, entonces qué son los demás, como nombrar a cada expresión discrepante, como llamar al que opta por gritar que el emperador va desnudo, qué sustantivo escoger para eso o ese que es diferente y que ,ejerciendo su derecho ciudadano y su ciudadanía ,se aparta de las masas sin renegar de ella pero ya no quiere sentir esa sensación de que alguien le quiere dorar la píldora, sobándole su ego, como sobarle el cabello a un menor y dejarlo muy contento nomas por que le llama pueblo , pero estandariza sus creencias y se apropia del sello de certificación para dictaminar si ese pueblo es bueno o es malo.

No, ahora no deshojaré la margarita para deliberar si me voy con Rousseau o con Hobbes y saber cómo somos y cómo nos comportábamos como especie o como ser humano, ya sea en el mundo entero o a la mexicana .pero tampoco soy partidario de argüir que todo es válido si se hace en el nombre del pueblo y para el pueblo.

Porque si como individuos somos un todo integrado, que amamos pero odiamos, que somos fieles pero, salvo nuestra respectiva decisión, nada impide ser desleales, que amamos la vida pero también se opta por privar de ella, que obedecemos pero también renegamos, que le decimos sí a quien nos baje el cielo y las estrellas, pero también podemos dar un rotundo no, entonces no es válido que te incluyan en ese pueblo en tanto eres dócil y complaciente pero quedes fuera de él y sus elogios, cuando dudas y preguntas, cuando reflexionas y señalas, cuando buscas la verdad y te quitas las ataduras del dogma.

De ahí que, cuando alguno lo hace y no se le cae de la boca el pueblo, hay que prestar el máximo cuidado a sus palabras, sobre todo si al pronunciar el vocablo, lo hacen apropiándose de una representación “del pueblo” como que es suyo y exclusivo, sin importar que quien los mandata es una sociedad heterogénea

Como mandantes en esta democracia representativa, lo anterior nos debe quedar muy claro, de lo contrario, hoy, al rato o el día de mañana, hará locura y media, jurando que lo hace en nombre de nosotros.

Sí, como lo hizo mi amigo, a quien por cierto, tengo muchas ganas de verlo, decirle todo lo que lo aprecio, hablar sobre algún libro y ya entrados, preguntarle, recostados en el cerco, que es el pueblo.

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