Decir que no

2021-05-01 00:00:00 | Miguel Angel Aviles

Creo que en la secundaria nadie nos enseñó a decir que no.

Es hasta después que uno, como estudiante, alza la voz y pide que las cosas cambien.

De la primaria, mejor ni hablamos.

Por eso parto de los doce años en adelante, cuando da inicio la educación media, segunda enseñanza, enseñanza secundaria, o cualquier otro nombre que se dan a la siguiente etapa en la educación formal, posterior a la enseñanza primaria y antes de la enseñanza superior.

Sí, esa etapa de la edad de punzada —título de un libro de Xavier Velasco, donde andamos muy hechos bolas con nuestros pensamientos, sin decir con esto que seamos incapaces como para no pensar por sí mismo y que no tengamos las herramientas cognitivas o intelectuales como para dar una opinión sensata y merecedora de tomar en cuenta

No obstante, en la mayoría de las veces —ayer y ahora— cualquier divergencia con el profesorado, la consideraban como indisciplina, como una insubordinación, como un peligro para la escuela y nos llevaban con el director quien por lo regular no estaba o si es que estaba, primero se tomaba su café y después nos atendían.

Es verdad que puedes ser merecedor de una sanción por mostrar una actitud agresiva, también porque le tiraste con una bola de papel al maestro maestra cuando estaba de espalda, viendo al pizarrón; quizá porque le robaste la calculadora a tu compañero, o pegaste un chicle a la larga cabellera de la que estaba sentada delante de ti.

Por esos motivos, claro que hay que aplicar un estatequieto pues dañas a un tercero, quien merece todos nuestros respetos y no te puedes escudar en la libertad de expresión para hacer tus desmanes sin consecuencia alguna.

En estos supuestos, esto de acordeón que se le paren los tacos al responsable y se le lea la cartilla para que aprenda a respetar a los demás. No nada más “a los mayores” como solía exigírsele a los niños y niñas en un autoritarismo sin matices.

Aquí yo sí digo sí. Bienvenidos los reglamentos que ayuden a regular la vida dentro de una institución educativa, especialmente aquellas destinadas a un público infantil o juvenil.

Pero que sea parejo para todos y todas.

Porque en ocasiones, con el propósito de normar el comportamiento del alumnado, se les pasa la mano y olvidándose de los derechos de los cuales son titulares, le apuestan únicamente a la obediencia sin respingos y nada más, sin dar cabida a una inconformidad legítima, a una petición respetuosa, a pugnar por mejores condiciones académicas, a un NO cuando alguna acción vaya en detrimento de su formación en ciernes y de la calidad educativa que el Estado debe brindar.

Sí: se tiene que hacer algo con quien quebró los instrumentos del laboratorio nomás que le dio la gana; con el que le escupió la cara al prefecto, con quien traía el espejito en un zapato para lo que ya todos se acordaron, con quien desde el anonimato le lanzó un boli lleno de tierra a la que iba a pasando, sólo para lucirse, valentonamente, frente al resto de sus compañeritos.

Pero no te pueden llevar al paredón de fusilamiento(así recuerdes aquella tarde que tu padre te llevó a conocer el hielo) sólo porque te atreviste a decir que ese profe solía acosar a sus alumnos o que aquella maestra de Geografía era una apologista del voyerismo al mostrarnos desde un cómodo escritorio, las más pudorosas partes de su cuerpo, como ensayo, para lo que vendría después, en soledad y cara a cara, frente al maestro de Español, con quien segundos más tarde darle rienda suelta a sus desesperados arrumacos.

Tampoco se le puede condenar por decir que nel, pastel, con este mismo profe de español, no por regatearle sus conocimientos que eran vastos, sino por su estilo personal de enseñar y por su manera de transmitir lo que a él le transmitió su padre (también catedrático de esta secun) y luego él a nosotros, causando con sus peculiares métodos didácticos un aborrecimiento temporal o para siempre de la literatura, la lectura y la placentera afición por leer.

Pero esa joven o ese joven mejor guardan silencio, ya sea por voluntad propia, por temor o por haber comprado la idea de que el sometimiento es vital para alcanzar la categoría de una buena estudiante. No hacerlo, se le etiquetará como rebelde y toda la carga denostativa que este caso implica.

Existe entonces una alienación lo cual significa una dependencia a ciertas condiciones jerárquicas de las que se cree que no deben cuestionarse y a su vez implica impotencia, subordinación, despersonalización y sujeción de una población estudiantil a lo que diga, haga, lleve a cabo, programe, decida, impulse, nombre, designe, y opte la autoridad de la escuela.

Parafraseando al psicólogo M. Selman “los alumnos y alumnas se vuelven un sector carente de poder”, como un ser ajeno, extraño a sí mismo, desprovisto de potencialidades, incapaz de gritar que ese profe o esa profe no me gusta, matarile rile ron.

Ah, claro, así como ustedes ya lo están pensando yo ahorita también lo pensé: lo anterior lo descubrimos tardíamente, no al momento en que se nos da ese trato.

Puede que sea obvio, al fin de cuentas es lo que quieren: que demos el cien por ciento de nuestro consentimiento y nunca sepamos decir que no.

Pero al cursar esos tres años, no lo reflexionamos. Casi permitimos todo. Y estuve a punto de no escribir el casi.

Me despido con este simple ejemplo y, solicitando disculpas de antemano, puede que me den la razón: uno de los cursos de la materia de Física que recibimos en esa época secundariana nos las impartió un maestro que, si bien no era mudo, para allá iba y su voz, intentada desde la profundidad de su ser, era inaudible.

Para alcanzar la producción, transmisión, recepción, control y audición del sonido de su voz, echaba mano de un micrófono, un largo cable y una rústica bocina negra y rectangular que, bajita la mano, pesaba como doce kilos y unos cincuenta centímetros de alto. Su clase, que era de las últimas, la impartía, invariablemente, en el segundo piso y a la hora de ilustrarnos sobre estática, cinemática, dinámica, gases, magnetismo, electricidad, y el resto de los temas, no era dueño de las mejores técnicas didácticas.

Esos momentos eran tortuosos y angustiantes tanto para el grupo como para él y en el particular para quien le tocaba el turno de subirle la bocina.

No obstante, nadie ni la dirección ni el grupo, dijimos que no.

Ellos porque así nos lo impusieron. Nosotros porque, dóciles, solo estábamos acostumbrados a seguir y a seguir la huella o porque en un descuido, pensábamos que eran algunas materias a la vez: física, educación física, civismo, fisiculturismo, valores y español.


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