Obsesiones enfermizas

2021-07-17 00:00:00 | Miguel Angel Aviles

Recuerdo que en mis años mozos, cuando perdía el América, yo no quería ir a la escuela los lunes porque estaba seguro que me estarían esperando mis rivales en equipo para tallarme en la cara la derrota y eso no podría soportarlo.

Se los juro.

Recuerdo también cuando, en la universidad, un miembro o simpatizante del Partido Revolucionario Institucional, nuestro principal adversario en el activismo universitario, nos quería saludar, lo dejábamos con la mano estirada y, de paso, le sacábamos la lengua.

Hablo en plural en esto último, porque más de uno vivimos eso, creyendo que esa ridiculez era la más imperturbable defensa a nuestros ideales y principios.

Ahora que me acuerdo de esas cosas, me dan ganas de meterme debajo de una cama y no salir a la calle nunca. Y cuando digo nunca, es nunca.

Porque, hasta ese momento, ya que no tardaba en comprenderlo, no entendía que tal actitud no era más que una estúpida manera de reaccionar frente a un pensamiento distinto, con respecto al cual puedes no estar de acuerdo, pero eso no impide que se conviva en armonía con ello o con ellos, en un mundo que, por antonomasia, es plural y no hay de otra más que aceptarlo así y tan tan.

Fue el día que hubo un cambio generacional en el Comité Estudiantil al que pertenecíamos y uno de los miembros más valiosos ya se iba, cuando entendí, porque algo comentó al final de esa platica de gran enseñanza, luego que habíamos charlado por largo rato sobre el futuro de ese grupo y me supo decir que la intolerancia frente a lo diverso no dejaba nada bueno, mientras que el respeto a lo distinto, no cavaba la tumba de tu manera de pensar y si, en cambio, dabas un paso adelante en tu madurez ideológica.

Eran los años ochenta y para entonces el América andaba en los cuernos de la luna ganando todo, en una de sus mejores épocas, pero además, el Cruz Azul no daba una, de tal suerte que, volteada la tortilla, éramos nosotros los que esperábamos los lunes para carcajearnos por tan elocuentes resultados.

Eran, por otra parte, los últimos años de gloria para el PRI que había hecho de esa Escuela de Derecho, como otras en el país, su feudo y en mucho tuvo que ver ese cambio de estrategia sugerido por quien se iba, alguien terco a la hora de defender una causa pero también sabía reconocer errores una vez discutido el punto y, gracias a esa vuelta de timón, un año más adelante, en las elecciones estudiantiles, ese comité de leyes, estaba llevándose un aplastante triunfo, con carro completo, justo como lo hacía el América en esa década.

Si hoy viviera esos episodios —mi pasión por el mejor equipo de México y el PRI como enemigo a vencer— con esa locura en mi cabeza, las redes sociales se volvieron mis mejores aliados y luego de abrir una cuenta, me la pasaría mañana, tarde y noche, con una obsesión enfermiza, despotricando contra “el partido oficial” o “el mal gobierno” o contra La Máquina Celeste, Las Chivas, Los Pumas, sin aportar ningún argumento sólido, únicamente mi animadversión, una descalificación o un agravio, sólo por no pensar igual que yo o no coincidir con mis muy personales simpatías.

Mí amigo que se iba, cargaba en su mochila política —como esa mochila que solía cargar en su espalda— una formación digamos radical, por sus orígenes barriales como persona cuya familia era una más de las que habitaban y siguen habitando en este país, donde se vive a contracorriente y se padecen los estragos de una penuria salarial, por lo tanto su discurso podía no tener filtros al describir, con indignación, el estado de cosas que existían en la universidad y en el exterior, pero sin embargo, nunca vi en él y sus palabras, una ofensa o una maldición como altisonante herramienta de un diálogo o de un debate con quienes, en ese entonces, eran sus adversarios.

Si aferrado, si terco, muy terco con una teoría, una hipótesis, una causa, pero no despótico al intercambiar opiniones con alguien más, con un grupo, o en una asamblea acalorada. Tampoco lo era en corto, en una plática informal donde los temas variaban y, por tanto, las preferencias de cada uno de los presentes, muchas de las veces llegaban a ser discrepantes, mas no iracundas al momento de expresarlas.

Para conseguir esa sensatez, estoy convencido que hubo que andar un camino de posadolescia en el que la intransigencia sustituyó al buen juicio y la desmesura le nubló todo razonamiento. Esa curva de aprendizaje la siguió en la educación superior, con desplantes a sus rivales y toda la cosa, hasta comprender, por fin, que su extremismo gangrenaba una buena convivencia con pares y dispares y que el arte de sacar la lengua al enemigo o retirarle la palabra —lo que hoy sería un bloqueo en redes, era para quienes defendían una creencia o una opinión con pasión exagerada y sin respetar las creencias y opiniones de los demás, pero no para quien privilegia el respetuoso trato a la incompatibilidad de pensamiento, sin que eso implique renunciar a sus convicciones y sus banderas.

Convivir significa vivir en compañía de otro u otros. En su definición más amplia, se trata de un concepto vinculado a la coexistencia pacífica y armónica de grupos humanos en un mismo espacio.

Esto lo entendió a tiempo mi amigo y así supo admitirlo en esa ocasión que quiso echar la platicada antes de decirle adiós a un ciclo que él cerraba y que quizá también quería dejarnos la enseñanza de sus errores, para que el resto de esa banda no tropezáramos con la misma piedra de la intolerancia y la hueca descalificación.

La antítesis de esta historia, puede que la estemos viviendo en los actuales tiempos de polarización y batallas campales que como señas de su retrato hablado destacan el prejuicio, la inflexibilidad, y el vilipendio en contra de todo aquel que piense distinto. Reivindican nobles causas pero basta un gesto reflexivo de alguien para que se orangutice. Hacen un llamado a la tolerancia pero sueltan el escupitajo si los contradices. Defienden la libre expresión en tanto no quieras ir en busca de la verdad, antes que hincarte en el confesionario de su dogma. Le apuestan a la pluralidad de dientes para afuera al tiempo que se autoadjudican, en exclusivo, la facultad para expedir certificados de rectitud y el decoro.

Frente a ello, muy poco se puede hacer. Porque no se quiere aceptar el error y se rehúsan al cambio. Ni qué decirles. Sólo nos queda aceptar que hay maderas que nunca agarran el barniz y cuando digo nunca, es nunca.

Ya que hablamos de intransigentes,no quiero despedirme sin confesarles algo: mi amigo, del que les hablo, le iba al Cruz Azul y esa afrenta sí que es mucha. Es un agravio que no le habré de perdonar nunca y les repito: cuando digo nunca, es nunca.


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