Pobrecitos

2022-04-25 00:00:00 | Miguel Angel Aviles

Recuerdo aquella vez que llegaba de vacaciones para cursar mi último semestre de la carrera y yo traía dos maletas con mi ropa, recién mercada en las tiendas que a muchos falluqueros hicieron ricos ,misma que doña Rufina, es decir, mi madre había acomodado con profundo amor y delicadeza para que la estrenara cuando quisiera.

De la casa a Pichilingue, de ahí al barco que nos tocara( de pasajeros o pura carga negra), al ratito el inicio del viaje, amanecer en Topolobampo, subirnos a un destartalado camión para que nos dejara en Los Mochis, comprar el boleto rumbo a Hermosillo y llegar a la capital Sonorense entre siente a ocho horas después.

Sobre los pormenores de ese recorrido, les hablaré otro día, porque ya me entró una basurita y no es de Dios pensar en eso ahora; más bien quiero necear con el tema de esa maleta que traía conmigo en uno de los tantos recorridos - nunca he sacado la cuenta- y que coloqué en el piso para saludar a quien en ese rato estuviera, echarme un baño, cenar algo, y dormirme, no sin la nostalgia a cuestas por los días vividos en el puerto con la familia y los amigos entrañables que hasta la fecha lo son.

Pero al siguiente día ya no estaban.

Ninguna de las dos maletas estaba. Durante la madrugada se las habían llevado para hacerme una broma o para siempre.

Tampoco estaban, hasta ese momento, las respuestas que me dijeran que hacer en un caso así para dar con el ladrón pero sobre todo para saber que habría de ponerme, en la mañana, al irme a mis ocupaciones, pues era obvio que yo no podía salir a la calle tal como andaba en el paraíso el llamado primer mensajero de Dios que le echó el ojo, cortejó, conquistó y anduvo con Eva.

Sin embargo, luego luego apareció el peine: los actores materiales (e intelectuales a la vez) estaban ahí, cruzando el boulevard, en un barrio marginal de donde salió, a los días, un tipo portando, cínicamente, una prenda de las mías que mi cuñada me había regalado y que, hecha de manta, en sus pininos en el oficio de la costura, le había bordado en la parte izquierda del pecho, una la cónica frase que le había pedido:



Nunca hubo tanta patria en un corazón
Lo encaré y me dijo donde, cuando, quien y en cuanto se la habían vendido. Pero no me la regresó y nomas lo vi alejarse con rumbo hacia lo que un reportero convencional de nota roja llamaría una cueva de ladrones.

Si no fui en busca del responsable para pepenarlo de las greñas, aplicarle una Doble Nelson, tirarlo al piso, someterlo y entregarlo a las autoridades, no sin exigirle, entre patada y patada en sus costillas que me entregara intactas mis maletas, pudo deberse a una o más de las siguientes razones:



Me temblaron las piernas solo de pensarlo y aborté la idea.
Me advirtieron que, si entraba a esos callejones, hasta lo que traía puesto me robarían .
Entendí que los rateros eran dos jóvenes descarrilados a los que el capitalismo no les había brindado oportunidades de trabajo para no andar en estas y buqué la forma de resolver mi problema sin tocarlos.
Me aconsejaron que no llamara a la patrulla porque si venia era más probable que me llevaran a mi y no a ellos. Eran aliados y los agentes solían venir cada tercer día a cobrar su cuota.
Cuando estaba a punto de lanzarme tras la bola de malandros, llegó el siempre generosos Coché y me regaló una bolsa con ropa que era suya y que decidió traérmela al enterarse que me habían dejado en puros cueros.
Me di cuenta que eran pobres y recordando algunas teorías muy jaladas de un par de sociólogos, llegué a la conclusión que por eso robaban y los comprendí.
No me acuerdo de las demás.
Han pasado más de treinta años desde entonces y todavía al hablarse del crimen, la pobreza siempre surge como un elemento determinante. La explicación más recurrente es la que considera a la pobreza y a la falta de oportunidades como los umbrales de índole estructural, que deben atenderse para prevenir y combatir la violencia.

Una sociedad con menos pobreza, se nos dice, trae consigo menos violencia y una incidencia delictiva más baja.

Yo no estoy peleado al cien por ciento con esas explicaciones, por supuesto que las condiciones sociales inciden, más sin embargo, creo que la relación entre estos dos problemas es mucho más compleja y en un descuido, al insistir que por ser pobre se delinque, también estamos construyendo un estigma y le damos un tratamiento clasista al asunto.

Es decir, aguas si se te acerca un obrero, una trabajadora doméstica, un trabajador de una maquila, una señora que hace hielitos para vender, un maistro paletero, porque estás en serio peligro. Y si dicha persona tiene la mala suerte de tener un perfil como el que describía Lombroso con respecto al delincuente nato, pues peor.

En cambio, si estas en medio de tres empresarios, o una camarilla de pidientes o una docena de vecinos que habitan algún lujoso fraccionamiento de la alta, siéntete tranquilo, ellos ya salieron de la miseria y no corres ningún riesgo de que, de pronto, te saquen la cartera, te vacíen tu casa o se lleven tu carro que aun debes.

Hacia allá puede llevarte esa idea de que delinquen porque son pobres y eres incapaz de robarte tan siquiera un alfiler ( o dos maletas) porque no perteneces a esa clase social.

Más bien creo que, con independencia de lo anterior, lo que provoca que se siga delinquiendo, es la impunidad y por ende la ausencia de un castigo.

Si el que ha optado por cometer un delito, luego resulta que es detenido, porque se hizo una buena investigación, no se entró en contubernio con él y se le condena, este la pensará dos veces para seguirlo haciendo cuando salga de prisión.

No funcionó el aumento de una pena, sino la certeza de un castigo.

Y así para todos, partiendo de una teoría económica que algunos autores defienden y que parte de que en tanto el sujeto activo tenga mas perdidas que ganancias,entonces abandonará su carrera delincuencial porque sostener una empresa así,ya no conviene.

No sé si esté demás advertirles que con respecto al delincuente de cuello blanco o al servidor público corrupto, hay que darles igual tratamiento.

No. No es que esten exentos de robar o atracar o malversar , solo porque no pertenecen al universo de los amolados.

No.

Al contrario, le saben muy bien a la pilleria , no obstante, son cubiertos por el manto protector de la alcahuetería política, cometen delitos de oculta realización o se blindan con el acta constitutiva de alguna fundación o de alguna militancia .

Y así todo es mas fácil.

Al cabo los policías andan distraídos correteando a unos lumpenes robamaletas.

Pobrecitos.

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