De Los Sordos Territorios II… y otras malas intenciones

2022-05-01 00:00:00 | Miguel Angel Aviles

El título no se me ocurrió a mí y dicen algunos que lo mejor de ese libro es el prólogo.

Lo primero fue autoría de Ricardo Solís uno de los gurús que tengo cuando de revisar, sin piedad, algún proyecto literario se trata. Lo segundo fue escrito por el jurista y hoy un apreciado amigo, Francisco Acuña Griego.

A uno y a otro, por dichas razones, siempre agradeceré, porque si algo no debemos de abandonar nunca como personas, es ser agradecidos.

Total que ese libro se publicó un día y fue presentado en octubre de 1997, uno de los años que recordaré con más dicha y está por cumplir, con los lectores que haya tenido, sus Bodas de Plata.

No sé porqué decidí escribir sobre esto ahora o quizá sí sepa, no sé.

Puede que lo que están leyendo no sea otra cosa más que “una demostración teórica de la existencia del inconsciente y de la represión de recuerdos con soporte en la evidencia de la psicología experimental”.

Así lo leí y se lo transcribo a la letra. Calma, yo tampoco supe, bien a bien, a qué se refiere esta teoría, pero haré un esfuerzo sobrehumano para lograrlo.

Digamos que uno carga por ahí algún tema escondido en lo más oculto del cerebro (obvio, cuando se tiene cerebro) y lo andamos rumiando sin darnos cuenta, aparentemente, pero de pronto sale a flote y luego se vienen, en cascada, un montón de referencias, como esa agradecida pus que brota de una grano maduro, para aliviarnos.

Puede que el tema sea ese y me agarré de conejillo de indias —de nuevo— para contar un asunto de interés general, por más que se crea que es exclusivo de nosotros, unos cuantos.

Me refiero a la mal interpretada decisión de no contar lo propio, debido a que puede verse como una pedantería y ahí nos vamos quedando, agazapados, anónimos, discretos, mientras que otros, con mayor autoestima, pero no con tanta sal en la mollera, andan ahí, preocupados por conseguir la fama, antes que mejorar la obra, disfrutando de un “éxito” alcanzado de chiripa, como el burro flautista de Tomás de Iriarte y ahora no los bajas de la nube ni a pedradas.

Sucede en todos lados. En las profesiones, en los oficios, en todos lados, dije.

Entonces cuando nos cae el veinte, recapitulamos lo que hemos hecho y en el balance del debe y el haber, la autoauditoría marca saldo a favor, es decir, que no eres tan malo o que si estás en el padrón de los malos (los inútiles, lo inservibles, los limitados) no lo encabezas y hay que levantar la ídem y seguir andando, dispuesto a retomar ideas que están muele que muele, diariamente, en las noches de insomnio y de día, también.

Si es que no ando tan equivocado, eso ha de ser: la “existencia del inconsciente y de la represión de recuerdos con soporte en la evidencia de la psicología experimental”.

Ignoro si di en el clavo, pero me queda claro que traigo una inquietud y esa tiene que ver con Los Sordos Territorios, un libro que, citando lo que Acuña Griego menciona en el prólogo, reúne “diecinueve relatos, crónicas que parecen cuentos, o cuentos que semejan crónicas, escritos por un abogado que ha vivido de cerca, o por dentro, las experiencias aquí narradas”.

Yo meto la cuchara aquí para decir que esas historias fueron escritas entre 1990 y 1993, para ser publicadas en el Semanario de Acá, que circulaba en Hermosillo y que se hicieron una a una, cada siete días, para una columna (la segunda que tuve, porque la primera fue la vertebral) y que se llamaba Así Sucedió.

“En su calidad de abogado, como meritorio en Juzgados Penales, como asesor en el campo de la readaptación social, o como postulante, el autor tiene oportunidad de presenciar de cerca o recibir información directa de hechos característicos de ese submundo de las barandillas, de las detenciones policíacas arbitrarias, de los procesos judiciales o de las cárceles. Se reivindican para la narrativa esos escenarios de la tristeza, círculos viciosos de la miseria y el abandono en que deambulan seres cuyas existencias transcurren entre el sorbo del thinner, el hedor de la mazmorra, el golpe de la arbitrariedad y el limbo infinito del olvido social. Algunas crónicas refieren abusos policíacos, otras retratan la lentitud de algún proceso penal, y la mayoría narra episodios del paso del tiempo y de la vida en los centros de readaptación social”.

Afirmativo, pareja, de ahí nacieron tales relatos y se quedaron otros en el tintero. Pude tener pasadito los veinticuatro años y era más ignorante que ahora. Creo. Por eso ni enterado estaba que lo que estaba escribiendo era crónica, y se trataba de un género, subgénero, o degénero de la literatura o el periodismo, si es que acaso entre estos dos, todavía hay distingos.

Al tiempo salió una nueva edición e incluí un par de textos más que para entonces ya tenía escritos y publicados en no sé qué periódico. Se conservó el mismo prólogo y la contraportada la escribió mi compadre Juan Melgar, quien, inmerecidamente me echa flores, escribiendo unos renglones muy bonitos, lo que me hace suponer que soy el orgullo de su nepotismo.

Sin embargo —y aquí viene lo del mentado subconsciente y de la represión de recuerdos— en mi memoria desfilaban o desfilan personajes y hechos que merecerían contarse, por más que algunos resulten dolorosos.

Algunos ya deambulan en el ciberespacio, gracias al muro de mi Faceboock y será cuestión de juntarlos. Otros tendré que empezarlos, pero desde hace un par de días que desayunaba con mi colega Heliodoro y ambos recordábamos aquellos tiempos de balas y balazos, caí en cuenta que ese proyecto ya lo traían en mente, pero no aterrizaba.



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