De mí... De él (Diles que acá estamos)

2022-05-21 00:00:00 | Miguel Angel Aviles

Les voy a contar sobre este libro, Diles que acá estamos, pero antes quiero confesarles algo:

Que me gustan los amaneceres porque me constatan que seguimos aquí y una taza de café da testimonio de ello. También me gusta el mar porque me reencuentro con mi origen, la familia aún completa, un balde lleno de almejas, los manglares sombríos y una marea baja ronroneándome en los pies.

Me gustan los gatos también, por cierto, y la resignación completa por la partida de mi madre porque sé que tan sólo se volvió invisible como pasa con los muertos y a ratos aparece, sonriente, peinándose, toda diva, frente a ese espejo donde aún se siguen embelleciendo los recuerdos.

Me gusta el olor a pasto húmedo y me gustan las multitudes que nunca guardan silencio. Me gustan las ciudades porque no hay ninguna que no signifique desafío y me gusta caminar por las calles oxigenándome de asombro: con el perro que me sigue, con las parejas tomadas de la mano, con la casa abandonada, por la tienda de paredes carcomidas y olor a tractolina, ese combustible rojizo como una herida abierta que encendía lámparas de vidrio y cachimbas improvisadas para ver, resplandeciente, cómo huyen las mariposas negras, los miedos, y la lluvia copiosa de los huracanes.

Perdón, me distraje:

Les hablaba de este libro, mi primogénito que cumple 32 años, diez menos que los que yo tenía cuando lo engendré por inspiración artificial, una parte por la gracia divina de mi cabeza, otra a consecuencia de los barrios que anduve pregunte y pregunte y la hemeroteca de mi tierra, con fuentes documentales y de tradición oral y otra más, en La Vereda, un ex prostíbulo de Villa de Seris, según me cuentan, con cuartos muy parecidos a los que salen en La Ley de Herodes de Luis Estrada y que regenteaba Isela Vega, en el papel de Doña Lupe, aunque para mí, solamente, era la última casa de las 14 en las que viví mientras fui estudiante y la penúltima antes de casarme con la mujer que hasta este 19 de mayo sigo amando como amo a esa otra ya mujer, hecha y derecha, que, por fortuna no llora a la primera de cambio como yo, porque es como su madre, tiene la fuerza de ella, se vuelve niña a veces, le gusta Canny García, Los Caligaris y un tal Jorge, a la vez que es un tornado al momento de enojarse y al tratar de ser eso que busca, quizá desde el día que dijo a los 12 años “háganse a un lado” se subió a un camión urbano al salir de la secundaria, se perdió un ratito, como todos nos perdemos y llegó a casa, triunfante, porque supo resolver los dilemas que nos presenta la vida, y desde entonces lo sigue haciendo, abriéndose brecha por donde sabe que está el camino de su porvenir.

Perdón, me emocioné otra vez. Así somos los que estamos aquí, en este rosario de cuentas infelices que calla más de lo que dice, pero dice la verdad.

Dije que les iba a contar algo, de este libro, pero aguántenme tantito, antes le confesaré esto:

Que me gusta la broma espontánea, y colecciono risas, como lo hacía de niño con las hormigas, los álbumes de estampitas y las enfermedades en casa que eran muchas. Me gustan, además, esos lugares donde el humor es una energía incontenible, donde todos bailan al compás de una carcajada incontenible y unos Alegres de Terán que no se rajan, como los días de todos los días que se vuelven fuego porque no queda de otra, antes que llegue la aurora y la calaca toque a tu puerta , a las cuatro o cinco de la mañana, cuando más a gusto estás y te quiera levantar de la cama, por envidiosa, pudiéndonos dejar dormidos un ratito más y volver como todos volvemos , tarde que temprano, al primer amor.

Dios mío, ya me distraje otra vez. Mejor les cumplo:

Pues resulta que en aquellos años había un concurso llamado Historia de Mi Barrio que convocaba el INAH y la Unison, el cual, por cierto, debería de resurgir. Era 1990 y como lo adelante arriba, yo tenía apenas entre 21 o 22 años cabales y, digamos mañosamente, supuse que si yo sacaba del anonimato a un barrio fundado por yaquis y le contaba esa historia a un jurado de acá pues podía seducirlo para ganar, y así fue: resultó ganador, por lo cual recibí quinientos jugosos pesos y un diploma.

Lo escribí luego de informarme sobre el barrio, ir un mes de diciembre a recorrer esas calles, meterme a la hemeroteca para saber algo sobre aquel ciclón y recuperar muchas cosas que se decían de todo eso que pasó. Fue pues, una combinación entre lo que conocemos como tradición oral con testimonios y lectura hemerográfica.

Debo decirles, sin embargo, que una semana antes de que se cerrara la convocatoria y ya cuando tecleaba el trabajo —en máquina de escribir azul cielo Olivetti— me dio un dengue bien canijo que me tumbó en cama, pero no quería dejar de participar y unos dos o tres días antes del cierre, con prolongada calentura aun y náuseas, lo terminé y el viernes fui a dejarlo antes de las tres de la tarde, hora en que se cerraba la convocatoria, de tal suerte que yo tengo la idea de que lo escribí en estado delirante, ya que desde entonces no he logrado algo así con la valía que le han dado algunos críticos o investigadores pero mi autoestima no.

A eso súmenle que uno contaba con menos miedos del "qué dirán" sobre lo que estaba escribiendo y la narración fluyó sin tanta preocupación teórica o literaria pero sí dispuesta a contar con la voz de un sudcaliforniano, lo que ahí digo y que si bien habla de cómo surgió El Esterito, es también un pretexto para contar otras historias de La Paz en pleno crecimiento de los setentas y ochentas.

Más delante, ya que había ganado, la Unison se interesó en editarlo pero a mí no me encontraban ya que, si ahora sigo siendo un desconocido, en aquel entonces era más y nadie sabía de mí, salvo la Secretaría de Gobernación y un maestro, paisano mío, originario de Santa Rosalía que acá estaba en la Unison —Juan Manuel Romero Gil— y él dijo que me conocía y que daba mi autorización para que se hiciera, que él daba su consentimiento, lo cual que le agradeceré siempre, pero si ustedes tuvieran algo que reprocharme al respecto, reclámenle a él

A propósito: a estas alturas de mi edad no he consumido más drogas que no sean de las consideradas legales o que no hayan sido ordenadas por un médico. Creo.

Y me gusta viajar, me gustas tú
Me gusta la mañana, me gustas tú
Me gusta el viento, me gustas tú
Me gusta soñar, me gustas tú

Ya estoy delirando, perdón por enésima ocasión.

Pero me gusta, eso sí, nunca le digo que no al café, a un six, cuando mucho otro six más de cervezas lndio bien frías, a un caballito, sólo uno, de un buen tequila validado por el CRT, a los fritos Azteca, a los tacos al pastor, a las tortas de telera salada y a una infinita variedad gastronómica.

También a los reposos en las tardes, al futbol, a cualquier tipo de música sobre todo de antaño, a un buen libro, a practicar el arte culinario, a los viajes cuando se puede, a escribir tonterías, al box, a la lucha libre, a la charla o conversaciones de café con los amigos que son muchos, a una que otra más que se me olvide ahorita y párele de contar.

Soy, además, un irremediable admirador de la belleza femenina.

De ahí en fuera, que yo recuerde, no tengo otros vicios.

Lo que sí tengo, son otros comentarios, de otras personas, de otros lugares sobre este libro:

“De una manera humorística Miguel Ángel nos adentra en una narración con ritmo y velocidad. La comicidad del lenguaje soez no es un mero accesorio, o un fácil cliché, sino un recurso literario. Describe la llegada de los pobladores del municipio de Cajeme, ubicado al Sur del Estado de Sonora, que huyen del régimen porfirista, al barrio paceño “El Esterito”. La crónica, que construye Miguel Ángel, se apoya en los recursos que le proporciona: “la tradición oral” y sus investigaciones en la hemeroteca.

De esta manera, una voz dinámica va hilando las historias de la vida de forasteros, cada vez más “apaceñados”, que adoptan nuevas costumbres, y mezclan hábitos, formas de convivencia y sabores gastronómicos con los nativos.

En un primer plano narrativo, aparece un narrador tradicional en tercera persona con rasgos omniscientes, que rápidamente se va transformando en un narrador polifónico (Alejandra Rubio, investigadora de literatura).

“Lo primero que se me ocurre es recordar que hace más de dos décadas cayó en mis manos un pequeño plaquette de Miguel Ángel Avilés Castro que se titula Diles que acá estamos (Universidad de Sonora, 1990), una crónica ágil e ingeniosa sobre el barrio de El Esterito, en La Paz (BCS), y el paso del huracán Lisa (en 1976) por esa región, escrita por alguien a quien conocí en los pasillos de la Escuela de Derecho y de la cual aprendí mucho acerca de cómo conjuntar la amenidad con el sentido de lo social y la conciencia del estilo. Lo que tiene de valioso Diles que acá estamos es que trasciende su carácter documental y consigue vincular las mejores virtudes de la ficción sin menosprecio de los hechos que sustentan la investigación periodística. Avilés Castro, felizmente, no ha abandonado la pluma y nos ha entregado otros textos posteriormente; en lo que yo insistiría es una reedición más de este pequeño libro que merece ser leído más allá del ámbito regional.” (Ricardo Solís, escritor y maestro)

Todos, en algún momento de la vida, sentimos el mismo impulso de la mujer de Lot; corremos el riesgo de convertirnos en estatua de sal a cuenta de vislumbrar lo que quedó atrás. Y ese espacio que llamamos pasado también es el principio, o el origen: un imán que subyuga.

Diles que acá estamos repite el atávico ejercicio de hurgar a nuestras espaldas para dimensionar la carga del presente. Miguel Ángel Avilés, con trazos rápidos, bosqueja un pedazo del mapa, todavía en construcción, de la historia de La Paz y de uno de sus barrios emblemáticos, El Esterito, ligado a la migración yaqui.

Es un texto escrito el siglo pasado que ya utiliza la hibridez genérica como marco estructural: en él transita el cuento, el relato, la crónica; es una prosa literaria que también ronda la microhistoria. No se limita a la llegada de los yaquis al puerto paceño, en el marco de la Revolución, y avanza, temporalmente, hasta la tragedia del ciclón Liza en el año 1976.

Diles que acá estamos es hoy día una referencia importante dentro de la narrativa sudcaliforniana. Han corrido los años y a las escasas voces de ayer se han unido otras que, siguiendo o no las huellas de escritores como Miguel Ángel Avilés, buscan también con afán respuestas. Diles que acá estamos conserva un aire de novedad que, sin duda, le atraerá lectores de estos tiempos. (Dante Salgado, escritor. Actualmente rector de la UABCS)

Miren pues, yo les quería hablar de mi libro, pero como vieron, no se me da, prefiero que sean otros, menos ahorita que ando como muy efervescente de carácter por algunos que pagan mal y no vaya iniciar una rebelión contra mí mismo. Prefiero soltar el cuerpo, seguir viendo a los ojos a cualquiera, ilusionarme con que el américa será campeón, brindar con una caguama indio, dormir lo que no he dormido y soñar con Leticia Perdigón, en honor al Julio Ferrá, a mí y a los que ya no están, no sin antes enterrar mis pecados que son muchos y escuchar con suma gratitud, lo que otros dicen de mi trabajo literario, como si en verdad, este que les habla, sirviera para algo.

*Texto leído el pasado jueves 19 de Mayo de 2022, a las 19:00 horas, en la Biblioteca Pública Municipal Rafael V. Meneses, plaza Tutuli, Colonia Modelo, de la ciudad de Hermosillo, dentro del marco del programa Primavera de las Letras, organizado por el Ayuntamiento de esta ciudad, BiblioRed IMCA, Dirección de apoyo a la Vinculación y Difusión , universidad de Sonora y Comité de Participación Ciudadana de la Colonia Modelo, sector 2.

    

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