Algo más que un bulevar

2022-07-31 00:00:00 | Joaquín Robles Linares

El bulevar Hidalgo -antes Centenario-, fue una de las primeras muestras por recrear una nueva apariencia urbana en nuestra ciudad, con ello contribuir a forjar una identidad, pero también darle un lugar a la memoria.

Algunos de los primeros barrios que se formaron en lo que hoy es Hermosillo, lo hicieron alrededor de la Catedral en el antiguo Pitic. Aquellos insignificantes conjuntos de casas le fueron dando rasgos de ciudad a aquella pequeña villa novohispana; calles, casas y familias se fueron fundiendo en una sola crónica urbana desde hace siglos.


Todo esto se va construyendo lentamente, las centurias avanzan pausadamente y van modelando los espacios, con las décadas van arribando nuevos habitantes para integrarse a aquella diminuta comunidad, pero simultáneamente las familias que se encontraban en aquel lugar se van arraigando y multiplicando.

Todo en un ambiente adverso, con un clima enfrentado como si fuera un rival, en soledad y apartados del centro del País. Para aquel residente de este espacio remoto y desértico, las avenidas, plazas y pequeños edificios pasan a formar parte de su herencia cultural.

A partir de los festejos del Centenario de la Independencia en 1910, una pequeña parte de las calles contiguas a Palacio y Catedral se le empezará a llamar colonia Centenario, es en aquellas celebraciones en las que se embellece el lugar, las autoridades y vecinos se preocupan por darle otro rostro a la antigua y dispersa comunidad.

Se edifica una reducida calzada y en los primeros camellones se plantan árboles, también se construye un basamento de mármol para albergar posteriormente la estatua de un Miguel Hidalgo libertario y triunfante, obra de Aquiles Baldassi. La fatalidad persigue a este esfuerzo, en 1914 -el Padre de la Patria- vaciado en un bronce eterno, es derribado por un rayo iracundo, propio de estas tierras, los novedosos camellones quedan huérfanos de monumentos.

Por las vías de aquella orgullosa colonia se había reconocido la Patria común, se conservarán calles como la Ocampo o la Tehuantepec, después llegarán otras que evocan a personalidades locales que trascendieron el tiempo, como el doctor Paliza o como el compositor Campodónico.

Nada más hay que imaginar los siglos de relatos, alegrías o penas que hay entre aquellas avenidas, las familias que las habitaron y de las que hoy nos queda sólo el recuerdo. Habría que reflexionar lo que aquellos hermosillenses vivieron, desde su pasado colonial al del México independiente, del caótico siglo XIX -de guerras e intervenciones- al arribo del porfiriato.

Atestiguaron con sorpresa el estallido de la Revolución y tiempo después, desde ese lugar observaron la salida de los batallones que combatirán a Victoriano Huerta. Una tarde de aquellos años, contemplarán asombrados a un avión volando por primera vez los cielos de Hermosillo y ya entrado el siglo XX, les tocará presenciar con terror el bombardeo a la capital en 1929.

Con los años, aquel bulevar y alma de esta colonia se va ampliando, sus camellones centrales aumentan, se llenan de árboles y plantas de ornato, las edificaciones que lo acompañan forman un conjunto único en el Noroeste. Para finales de los años cuarenta la antigua avenida con sus andadores de arcilla, frondosos árboles y casas de patios abiertos permanece casi como hoy lo conservamos.

No tener una perspectiva histórica del lugar en el que se gobierna, es ser presa de las ocurrencias o de aquellos que suponen que la modernidad pasa por la ignorancia del pasado, para caer al final en la vieja trampa de hacer las obras donde se vean, no donde se necesitan.

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