La generación joven que ya no acepta la economía como dogma
Por Ing. Héctor Castro Gallegos
En Sonora, una parte del empresariado ha dejado de ser motor de desarrollo para convertirse en un freno histórico.
La juventud lo observa con claridad brutal: quienes presumen ser “arquitectos del progreso” son, en realidad, guardianes de un modelo agotado que ya no produce bienestar, solo concentración de poder. No se trata de un rechazo a la iniciativa privada, sino a una élite económica que confunde éxito con impunidad y liderazgo con privilegio. Para los jóvenes, muchos empresarios ya no representan aspiración, sino sospecha.
Esta generación creció viendo cómo se celebraban inversiones sin ética, empleos mal pagados disfrazados de oportunidad y megaproyectos que devastaron territorio mientras engordaban balances privados.
Aprendieron temprano que el discurso del crecimiento económico suele esconder una verdad incómoda: ganancias para pocos, costos para muchos.
Por eso ya no creen en la narrativa empresarial que exige incentivos públicos mientras evade responsabilidades sociales, ambientales y fiscales. El mensaje juvenil es claro: el desarrollo sin justicia no es progreso, es despojo tecnificado.
Lo que incomoda al empresariado tradicional no es la crítica, sino la pérdida de control.
Durante décadas se sentaron sin pudor en las mesas del poder, influyeron en leyes, capturaron políticas públicas y operaron cámaras empresariales como partidos sin registro.
Nadie los eligió, pero actuaron como si gobernar fuera un derecho hereditario.
Hoy, esa arrogancia choca con una generación que no pide permiso, que cuestiona, que exige transparencia y que ya no se arrodilla ante el capital como dogma incuestionable.
Los jóvenes no quieren menos Estado, quieren un Estado fuerte que regule sin miedo. No quieren inversiones que lleguen imponiendo condiciones, quieren desarrollo que respete comunidades y reparta beneficios.
No buscan entrar a los viejos clubes del poder económico; quieren desmontarlos. Preguntan quién gana, quién pierde, quién decide y por qué. Esa es la verdadera amenaza para el empresariado viejo: el escrutinio público permanente.
El futuro no será amable con quienes defienden privilegios insostenibles.
La ciudadanía que viene no cree en pactos de élite ni en cenas discretas donde se define el rumbo colectivo. Cree en responsabilidad, en límites al poder y en riqueza subordinada al bien común.
El tiempo de los intocables se terminó. La pregunta ya no es si los empresarios cambiarán, sino si podrán sobrevivir a un futuro que dejó de temerles.
Porque esta vez, el porvenir no negocia: avanza.




