POR ING.HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Nos dijeron que el golpe fue histórico, que al cortar la cabeza del monstruo el cuerpo se desplomaría.
Pero mi generación ya no compra esa épica.
Sabemos que el problema no era solo el capo, era la estructura que lo sostuvo. Era la nómina clandestina infiltrada en instituciones que deberían protegernos. Era el uniforme comprado con billetes manchados y el silencio administrado como si fuera política pública.
El crimen no conquista territorios: conquista instituciones. No necesita a todos, le basta una grieta.
El salario miserable, la carrera policial incierta, el abandono emocional y el desprestigio social que normalizamos son puertas abiertas.
Cuando el Estado paga poco y exige la vida, el mercado ilegal ofrece más y promete estabilidad. Esa es la ecuación que nadie quiere debatir con seriedad porque implica admitir que la precariedad es una forma de complicidad. Se golpea arriba para la foto y se descuida abajo donde se negocia la lealtad.
Se presume la caída de un líder mientras fiscalías capturadas y policías municipales vulnerables siguen operando como franquicias infiltrables. Y todo vacío de poder, en política, es una invitación. Si no limpia el Estado, otro liderazgo ocupará el espacio.
Quizá más silencioso, pero igual de letal. Las muertes de elementos federales no son cifras; son evidencia de que la guerra tiene filtraciones internas. Si algunos grupos ven a la fuerza federal como enemigo, es porque en lo local todavía encuentran resquicios.
Mientras no se reconstruya corporación por corporación, la reestructura criminal avanzará más rápido que cualquier reforma cosmética. La economía del crimen es brutalmente lógica: para disciplinar basta matar a uno; para cooptar basta pagar a algunos. Sale barato.
Lo caro es sostener una institución honesta sin blindarla.
Pero eso exige voluntad política real, no discursos solemnes ni llamados emotivos mientras miles de vacantes siguen desiertas porque el uniforme ya no promete futuro. Aquí va la acusación directa: el poder tradicional toleró la debilidad policial porque era funcional.
Un cuerpo mal pagado es manipulable. Un sistema opaco es negociable.
La corrupción municipal no es accidente; es diseño que permitió gobernabilidad barata a costa de sangre joven. Sí, es opción depurar aunque duela. Lo que no es opción es seguir financiando con presupuesto público a quienes mañana pueden responder a otra nómina.
Si no se reconstruyen y blindan las policías, el uniforme seguirá siendo intercambiable. Y entonces la responsabilidad no será solo del crimen, sino de un Estado que decidió no transformarse.




