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Home sinmediastintas
No pasa nada

¿Cuándo nos perdimos?

Omar Ali López by Omar Ali López
7 abril, 2026
in sinmediastintas
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Sin Medias Tintas. Omar Alí López Herrera

La adolescencia es un territorio sin mapa: el cuerpo crece más rápido que las certezas y la identidad se construye a partir de silencios, rechazos y ausencias. Es en ese borde inestable donde surgen preguntas que rara vez encuentran respuesta y dolores que casi nunca se nombran.

Hay fechas que deberían obligarnos a detenernos. El 6 de abril de 2026, por ejemplo, Leyla Monserrat Lares Becerra habría cumplido 16 años. En cambio, su madre fue al panteón. El ataúd llegó sellado; no hubo despedida. Ese mismo día, el caso volvió a circular en redes sociales, no por justicia sino por indignación: las dos adolescentes que la estrangularon con una cuerda, que grabaron su agonía y enterraron su cuerpo intentando borrar el rastro, recibieron una sentencia menor a tres años y una reparación del daño de cinco mil pesos. Cinco mil pesos por una vida.

Doce días antes, en Lázaro Cárdenas, Michoacán, un estudiante de 15 años ocultó un fusil AR-15 en un estuche de guitarra, entró a su preparatoria y asesinó a dos maestras. Horas antes había publicado mensajes de odio, referencias a tiroteos escolares y una narrativa de resentimiento que no apareció de la nada. Nadie lo detuvo. Nadie intervino. O peor: nadie quiso ver.

Podríamos hablar de monstruos. Sería más cómodo. Pero también sería falso.

Lo que estamos viendo no es una anomalía, sino el resultado de procesos que se incuban en lo cotidiano. La violencia no aparece de golpe: se normaliza. Se filtra en el lenguaje, en las dinámicas escolares, en los vínculos rotos, en los espacios donde el otro deja de ser persona y se convierte en enemigo, obstáculo o simple objeto.

Las adolescentes que asesinaron a Leyla no actuaron en el vacío. Su violencia se alimentó de un entorno donde el acoso se tolera, donde los celos se trivializan y donde la intervención adulta suele llegar tarde o no llegar. El joven de Michoacán tampoco se radicalizó en un instante: transitó, paso a paso, por un ecosistema digital que refuerza el odio, amplifica el resentimiento y convierte la exclusión en identidad.

Aquí es donde el problema deja de ser individual y se vuelve estructural.

No porque los agresores no sean responsables —lo son—, sino porque su conducta revela fallas acumuladas. Fallas en la familia que no logra acompañar, en la escuela que no logra formar, y en una cultura digital que premia la confrontación por encima de la empatía.

La escuela, en particular, ha ido perdiendo su función más importante de formar criterio. Se enseñan contenidos, se cumplen programas, se aprueban exámenes, pero cada vez con menos énfasis en enseñar a pensar, a cuestionar, a debatir sin destruir. En ese vacío, otros espacios ocupan el lugar, como las comunidades en línea que ofrecen pertenencia, aunque sea a partir del odio.

No se trata de idealizar el pasado ni de simplificar el diagnóstico. Se trata de reconocer que estamos dejando a los adolescentes solos frente a un mundo que exige herramientas que no les estamos dando.

El sistema legal, por su parte, tampoco logra responder a la dimensión del problema. La indignación frente a sentencias que parecen desproporcionadas es legítima, pero endurecer penas no resuelve lo esencial de que llegamos siempre después. Cuando el delito ya ocurrió o cuando la vida ya se perdió.

El punto crítico está antes.

Antes del primer acto de violencia. Antes de la primera señal ignorada. Antes de que el aislamiento se convierta en identidad y el resentimiento en justificación.

Los espacios digitales no van a desaparecer, ni tampoco los conflictos propios de la adolescencia. Pero sí podemos decidir con qué herramientas enfrentarán los jóvenes ese proceso, como el pensamiento crítico, el acompañamiento emocional, los límites claros y comunidades que no abandonen.

Hoy, en muchos casos, no hay nada de eso.

El 6 de abril no es sólo una fecha. Es un recordatorio de lo que ocurre cuando todos los sistemas fallan al mismo tiempo. Cuando la familia no alcanza, la escuela no interviene y la sociedad se limita a reaccionar después, con indignación tardía.

Leyla cumpliría 16 años. Tendría proyectos, dudas, quizá miedo al futuro como cualquier adolescente. En cambio, hay una tumba y una conversación pública que se agota en discutir la sentencia.

Lo verdaderamente incómodo no es si fue justa o no. Lo verdaderamente incómodo es aceptar que, mucho antes de esa sentencia, ya habíamos fallado.

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Comments 1

  1. Alejandro Félix says:
    22 horas ago

    Excelente como siempre.

    Responder

Responder a Alejandro Félix Cancelar respuesta

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