POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Viajan lejos para hablar de futuro mientras aquí el presente se descompone. Se reúnen bajo la bandera del “progreso”, repiten palabras elegantes, construyen alianzas con discursos perfectamente empaquetados… pero regresan a un país donde la realidad no cabe en sus declaraciones.
El problema no es salir al mundo.
El problema es para qué se sale.
La política tradicional ha aprendido a usar estos encuentros como anestesia colectiva.
Desde la lógica del cerebro humano —ese que busca pertenecer, validar creencias y evitar la disonancia— el poder se refugia en espacios donde nadie cuestiona el fondo.
Se rodean de iguales, se aplauden entre sí, y construyen una narrativa que suena bien, pero que no incomoda.
Y si no incomoda, no transforma. Eso no es liderazgo.
Es simulación sofisticada. Mientras tanto,
México sigue atado a una relación inevitable con Estados Unidos: económica, política, migratoria.
Una relación asimétrica donde no hay margen para fantasías ideológicas.
Porque mientras se habla de soberanía en foros internacionales, en la práctica se negocia bajo presión constante.
Seguridad, comercio, frontera… todo pasa por ahí. Entonces, ¿de qué sirve posar como actor global si en lo esencial seguimos condicionados?
Aquí es donde entra el choque generacional. Los jóvenes ya no compran discursos largos ni promesas recicladas. Entienden algo que el poder aún no quiere aceptar: la coherencia es la nueva autoridad. Si lo que dices afuera no coincide con lo que haces adentro, pierdes legitimidad.
Y sin legitimidad, el poder se vuelve ruido. Hoy el poder político en México enfrenta una acusación directa: ha perfeccionado el relato, pero ha descuidado la realidad. Ha invertido más en narrativa internacional que en resultados internos.
Y eso, tarde o temprano, revienta. Porque la mente colectiva no se engaña para siempre. Puede tolerar contradicciones un tiempo, pero cuando la experiencia cotidiana choca con el discurso, algo se rompe. Y cuando se rompe, no hay cumbre que lo repare.
El país no necesita más presencia global si no hay transformación local. No necesita más alianzas simbólicas si no hay resultados concretos.
No necesita más palabras. Necesita hechos. Porque mientras el poder viaja, México se queda.
Y el país que se queda… ya no cree



