POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
En México, la ley no se rompe: se diluye. Y el poder lo sabe. La anestesia inicia con la idea de que el sistema falla, pero la verdad es más incómoda: el sistema funciona exactamente como fue diseñado. La impunidad no es un error, es una herramienta.
Una herramienta que protege arriba, aplasta abajo y domestica en medio. La ciencia del cerebro es clara: lo que no tiene consecuencias se repite.
Lo que se repite se normaliza.
Y lo que se normaliza deja de cuestionarse. Así es como el abuso se convierte en costumbre. Así es como el poder deja de temerle a la ley.
México no llegó aquí por casualidad, llegó por condicionamiento. Cada escándalo sin castigo es una lección.
Cada desvío impune es un tutorial.
Cada promesa rota sin consecuencias es una señal directa al ciudadano: aquí no pasa nada.
Y cuando no pasa nada, todo está permitido.
El problema no es solo político, es neurológico y social. Se ha entrenado a toda una generación a vivir con la injusticia como paisaje. A no indignarse demasiado. A no esperar demasiado. A sobrevivir en lugar de exigir.
Esa es la victoria más grande del poder: no el control, sino la resignación.
Pero hay algo que el poder no termina de entender. Las nuevas generaciones ya no compran el discurso reciclado.
Ya no creen en la narrativa de cambio que nunca cambia nada. Ya no aceptan que la corrupción sea parte del ADN nacional. Porque crecieron viendo el truco una y otra vez. Y cuando entiendes el patrón, dejas de ser parte del juego. Hoy, la impunidad es un pacto no escrito entre quienes gobiernan y quienes se benefician del desorden. Un acuerdo silencioso donde la ley se aplica solo cuando conviene. Donde la justicia es espectáculo y la verdad, opcional.
Esto no es estabilidad. Es simulación. Y el riesgo para el poder no es la crítica, es el despertar. Porque cuando una sociedad deja de normalizar el abuso, el sistema entero empieza a temblar. Cuando el cerebro colectivo deja de aceptar la trampa, la trampa deja de funcionar.
México no necesita más discursos.
Necesita romper el ciclo. Porque mientras la impunidad siga siendo rentable para el poder, la justicia seguirá siendo un privilegio… no un derecho.




