POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Salían antes del amanecer y regresaban cuando la casa ya estaba apagada. No era disciplina: era sobrevivencia.
Mientras el poder presume estabilidad, millones de familias operan bajo un modelo que les roba lo único irreemplazable: el tiempo y la atención.
Se ha normalizado que los hijos crezcan solos y que el afecto sea intermitente.
No por falta de amor, sino por un sistema que exprime hasta la última gota de energía. Jornadas interminables que no solo desgastan el cuerpo, sino que erosionan la mente.
Y aquí está el punto que incomoda: el cerebro humano no fue diseñado para vivir bajo estrés crónico sin pagar consecuencias.
Cuando la fatiga se vuelve permanente, se deterioran funciones básicas: la paciencia, la empatía, la capacidad de escuchar.
No es un tema moral, es biológico.
El agotamiento reduce el control emocional y empuja a respuestas impulsivas.
Lo que después se juzga como “falta de valores” es, en muchos casos, un cerebro saturado, rebasado por un entorno que lo exige todo y no le devuelve nada. Y mientras eso ocurre, el poder sigue vendiendo la narrativa del esfuerzo como virtud absoluta. Pero la evidencia es brutal: trabajar más horas no nos hace más productivos, solo más cansados.
Es un modelo obsoleto sostenido por quienes nunca lo padecen.
Hoy, en plena era de la súper inteligencia artificial, la contradicción es grotesca.
La tecnología avanza para optimizar procesos, reducir cargas, liberar tiempo… pero el sistema laboral hace exactamente lo contrario: captura ese tiempo y lo reinvierte en más explotación. No estamos usando la inteligencia para vivir mejor, la estamos usando para exprimir más.
Aquí es donde la conversación se vuelve incómoda para el poder tradicional.
Porque esto ya no es solo economía, es control. Un ciudadano agotado piensa menos, cuestiona menos, se organiza menos. El cansancio también es una herramienta política.
La reducción de la jornada laboral no es un acto de generosidad, es una deuda histórica. Pero incluso eso se queda corto si no se rompe la lógica de fondo. Porque no basta con trabajar menos si seguimos viviendo desconectados, irritables, ausentes.
El daño ya está hecho: hogares fragmentados, vínculos debilitados, generaciones creciendo entre pantallas y silencios. Y no, no fue casualidad. Fue consecuencia directa de decisiones que privilegiaron la productividad sobre la vida.
Si el poder no lo quiere decir, hay que decirlo claro: este modelo no solo empobrece bolsillos, empobrece cerebros. Y un país con cerebros agotados es un país más fácil de dominar.




