
Mtro. Jesús Antonio García Ramírez. Politólogo
1. Consideraciones previas: Análisis y construcción del tema
Escribimos en medio de dos fechas que marcan el pulso de la Universidad de Sonora. Días atrás, el STEUS definió su ruta frente al estancamiento. En breve, el STAUS votará la suya. Antier se intentó abrir la política: ambos sindicatos se sentaron a la mesa. La Rectora no fue. Brilló por su ausencia. Ese vacío dice más que cualquier comunicado. Entre una decisión tomada, otra por tomarse y una silla vacía, un hecho nuevo: colectivos estudiantiles hicieron público su respaldo a los movimientos sindicales. La parálisis institucional señalada hace una semana ya no es diagnóstico. Es proceso vivo, con base social ampliada y con la conducción universitaria ausente.
Quienes acompañamos el proyecto de transformación reconocemos la complejidad: desmontar cuatro décadas de inercias no se decreta. El gobierno estatal y federal heredaron un diseño de contención salarial instalado desde 2008. El techo del 4% no lo inventó esta administración. Tampoco inventó que 30% del personal administrativo y manual gane por debajo del mínimo constitucional, violando el Art. 123. Ni inventó los 8 años sin revisión de violaciones a contratos colectivos.
Lo que sí está en manos de la 4T es decidir cómo se administra esa herencia. Hoy, la autonomía universitaria opera como nudo: fragmenta la responsabilidad entre Rectoría, Estado y Federación, mientras la contradicción crece. Como señaló Immanuel Wallerstein, los sistemas-mundo presionan a los Estados a contener el gasto social para sostener la acumulación. Como advirtió David Harvey, el neoliberalismo normalizó que el excedente se acumule arriba y la precariedad abajo. El caso Unison es la fotografía exacta: una universidad pública que forma profesionistas con maestros y trabajadores en déficit de dignidad laboral, y con una autoridad que no se sienta a la mesa cuando el conflicto toca la puerta.
2. A manera de reflexión
El 4% no es una cifra. Es una quincena que no alcanza para la canasta básica de este abril. El salario por debajo del mínimo no es estadística. Es la despensa que no se llena, el hijo que no entra a clases, el crédito de Infonavit que se vuelve impagable.
Cuando el estudiantado sale a respaldar a sus maestros y al personal que limpia su aula, el conflicto deja de ser laboral. Se vuelve pedagógico. El alumno aprende, antes que cualquier teoría, que la transformación prometida no ha entrado por la puerta de su universidad. Aprende que un gobierno que rescató bancos, subsidió gasolinas y compró refinerías, no encuentra la vía para que su intendente gane lo que marca la ley. Y aprende que la máxima autoridad de su casa de estudios no acude cuando los sindicatos convocan a dialogar.
Esa lección es la que más erosiona al proyecto histórico. Porque la base social de la 4T no está en los discursos. Está en el aula, en el taller, en la oficina donde se construye universidad pública todos los días. Nancy Fraser lo planteó claro: la democracia debe domar al mercado, no rendirse a él. Charles Tilly lo complementó: la movilización social es oportunidad política cuando el Estado la encauza. Con alumnos y sindicatos juntos, y con Rectoría ausente, el gobierno no enfrenta una amenaza. Enfrenta la obligación de llenar el vacío.
Anticipamos el argumento de siempre: no hay dinero, la autonomía lo impide, es tema local. Pero la 4T ya probó que cuando hay voluntad política, el marco legal se interpreta y el recurso aparece. No pedimos milagro. Pedimos coherencia: que la política laboral en la universidad emblemática de Sonora esté a la altura de la política energética y social del país.
3. Consideraciones finales
Todavía hay margen esta semana. La próxima ya no. Un paro total en la UNISON, con sindicatos y estudiantado unidos, en año preelectoral, no es pleito sindical. Es crisis de gobernabilidad que escala del campus a la calle. Y es crisis que se agrava cuando la autoridad universitaria opta por la silla vacía en lugar de la conducción política.
La autonomía, como recordó Pablo González Casanova, nunca fue pensada para aislar a la universidad del pueblo, ni para ausentarse del conflicto, sino para defenderla del autoritarismo y ponerla al servicio de la nación. Cuando la autonomía se usa como coartada para no dialogar y para sostener salarios inconstitucionales, traiciona su origen. Arnaldo Córdova lo advirtió: el Estado mexicano postrevolucionario se legitimó pactando con el corporativismo y conteniendo al trabajo. La 4T llegó para romper ese pacto. No hacerlo en la universidad, y menos aún no presentarse a la mesa, es dejar vivo el corazón del viejo régimen.
La ruta existe y cabe en la transformación sin ruptura fiscal ni legal, porque como planteó Carlos Pereyra, la democracia no es solo voto: es la capacidad del Estado para procesar el conflicto social y traducirlo en derechos. Si el Estado no conduce, y si la Rectoría no se sienta, el mercado conduce por ellos. Y el mercado ya dictó: 4% y precariedad. Toca al poder público dictar otra cosa.
Por eso la salida es triple y es política: primero, mesa de alto nivel ya, convocada por Gobernación y SEP junto al Gobierno del Estado, para sentar a Rectoría y sindicatos antes de que el calendario estalle; la autonomía prohíbe la imposición, no el diálogo ni la coordinación del Estado, y menos justifica la ausencia. Segundo, fondo de convergencia salarial como programa piloto para universidades públicas donde 30% o más de su personal esté bajo el mínimo; si hubo recurso para programas sociales universales, hay justificación para rescatar la dignidad laboral de quien sostiene la educación superior. Tercero, calendario de violaciones con firma, compromiso público para saldar los 8 años de omisiones acumuladas; no se exige todo para el 1 de mayo, se exige ruta, fechas y responsables, porque gobernar es dar certidumbre y presentarse a dialogar.
La 4T no necesita que le digan qué hacer. Necesita que le digan dónde duele para poder curar. La Universidad de Sonora es hoy esa herida abierta del neoliberalismo que sigue supurando en el cuerpo de la transformación. Atenderla antes de que el reloj político marque el 30 de abril no es ceder a presión. Es demostrar que transformar significa también cumplir y dar la cara. El estudiantado ya tomó partido. Los sindicatos ya fijaron fechas y se sentaron. La pelota está en la cancha del Palacio y de Rectoría. Esta semana aún es tiempo de política. La siguiente puede ser tiempo de lamentos y de sillas vacías.


