POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS Hay metáforas que dejan de ser literarias para volverse evidencia.
Estas ruinas que ves ya no se lee como sátira: se siente como diagnóstico. México no solo convive con ruinas arqueológicas; empieza a normalizar ruinas políticas.
Los partidos siguen ahí, visibles, reconocibles, con logotipos intactos y discursos reciclados. Pero por dentro, muchos operan como estructuras vacías.
Conservan la forma, pero han perdido la función. Son más escenografía que representación. Y eso nuestra generación lo entiende distinto.
No crecimos creyendo en el discurso: crecimos verificándolo.
Con inteligencia artificial en la mano, analizamos datos, cruzamos cifras, detectamos inconsistencias en segundos.
Ya no dependemos de lo que dice el poder; lo contrastamos con lo que vivimos.
Por eso la desconexión es tan evidente. Mientras los partidos hablan de avances, la experiencia cotidiana sigue marcada por inseguridad, desigualdad y desconfianza.
Y cuando la realidad contradice al relato, lo que se rompe no es la narrativa: es la credibilidad.
El problema no nació ayer. Es el resultado de años de encierro político.
Los partidos dejaron de ser espacios de debate para convertirse en círculos cerrados, donde importan más las lealtades que las ideas.
Se fragmentaron en silos, se consumieron en rivalidades internas y alejaron sus decisiones de la ciudadanía.
Como en las civilizaciones que hoy admiramos en Teotihuacán o Chichén Itzá, el colapso no ocurre de golpe.
Primero se pierde la conexión con la gente, luego la legitimidad, y al final solo queda la estructura.
Eso es lo que estamos viendo: instituciones que siguen en pie, pero ya no convencen.
Y cuando eso pasa, la ciudadanía no desaparece. Migra.
Busca otras formas de participación, otros liderazgos, otras causas. No es apatía, es adaptación. Es una democracia que se mueve, aunque sus viejos canales estén bloqueados.
Aquí está el punto incómodo: no basta con cambiar rostros ni ajustar mensajes. Eso es maquillaje sobre piedra desgastada.
Lo que se necesita es reconstrucción real: abrir los partidos, redistribuir el poder, volver a escuchar.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a entender el problema, pero no a resolverlo. La reconstrucción sigue siendo política.
Y colectiva. México puede admirar sus ruinas.
Pero no puede seguir gobernándose desde ellas.
La pregunta es si quienes están en el poder lo entienden… o si nuestra generación tendrá que empezar a construir algo completamente nuevo sobre los restos que dejaron.




