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Home MI GUSTO ES
TODO MI ESFUERZO(o de la ruina a lo ruin)

¡Pareces niño!

Miguel Ángel Avilés by Miguel Ángel Avilés
3 mayo, 2026
in MI GUSTO ES
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Mi gusto es… (O la otra mirada). Por: Lic. Miguel Ángel Avilés

Los adultos decimos algo con absoluta seguridad y, minutos después, nos desmentimos sin el menor recato.

A veces con tal naturalidad que uno pensaría que la contradicción ya viene incluida en el paquete de la adultez, junto con un supuesto manual de habilidades de crianza que pocos han leído completo o van y lo buscan a una tienda de conveniencia para adquirirlo como si fueran por cigarros, una lata de chiles, un retiro de dinero tal como no lo hicieron para comprarse unos condones.

A veces ni siquiera hace falta que pasen segundos: basta un cambio de escenario, de interlocutor o de interés para ajustar el discurso sin que se nos mueva una ceja. La coherencia, al parecer, es un lujo que reservamos para ocasiones especiales o para cuando sabemos que alguien está tomando nota o grabando.

Parafraseando aquella frase con que inicia el Manifiesto del Partido Salinista, perdón, comunista (me cuatrapeo con los tiempos), un fantasma recorre México: el fantasma de La Chimoltrufia.

Esto ocurre con frecuencia cuando hablamos de la niñez f. Nos llenamos la boca hablando de su “interés superior”, lo defendemos con vehemencia, casi con fervor religioso. Pero basta que dos adultos entren en conflicto —como pareja o simplemente en un intercambio acalorado— para que ese mismo concepto se convierta en munición. Una especie de comodín moral: sirve para todo, especialmente para golpear vicariamente.

Es un concepto tan noble, tan manoseado, pero tan útil cuando se requiere.

“¡Pareces niño!”, se lanza como sentencia. Y en esa frase, breve pero cargada, abarca todo un catálogo de descalificaciones: inmaduro, incapaz, irrelevante. ¿Curioso, no?. Aquello que en el discurso público protegemos con celo, en lo privado lo usamos como insulto. No solo lo rebajamos: lo instrumentalizamos con una eficiencia que ya quisiera cualquier argumento bien construido.

En la forma que se dice esa expresión por los adultos caben un sinfín de adjetivos, pero, en este contexto – enfrentados en la recamara, discutiendo en el carro, hablando por teléfono- pero de lo que si estoy seguro es que no se dice a modo de piropo.

para el niño o la niña, ajeno o ajena todavía a la complejidad del problema, la figura paterna o materna no es un expediente ni una categoría jurídica. Es alguien a quien, pese a todo, puede seguir queriendo ver, abrazar, reconocer. Y esa necesidad no siempre cabe en un argumento bien armado ni en una postura ideológica impecable por más que en el coliseo público de las redes sociales, los matices suelen ser la primera baja colateral y desequilibrada al decidir los jueces y las juezas quienes son los buenos y quienes son los malos, como si fuese personajes de una película de ficción, olvidando que los conflictos rara vez son una batalla entre inocencia y maldad sino que son, con frecuencia, verdaderos choques de poder, intereses, miedo o supervivencia. Por eso creo, siguiendo a los estudiosos del tema, que Mirar un conflicto únicamente desde la lógica del bueno y el malo abarata el entendimiento de sus causas reales.

Eso por un lado, pero como si hiciera falta más ruido, mientras que por una parte se arremete sin sensatez contra todo lo que huela a masculinidad , por la otra aparecen los terceros en discordia, o sea quienes, desde la negación, salen en defensa del incumplido o del agresor, minimizando sus fallas como padre y retardando indefinidamente cualquier exigencia de cambio real porque en los morosos confesos o violentos irrebatibles siempre hay una excusa disponible cuando lo que falta es voluntad y lo que sobra , de acuerdo a lo que he podido apreciar a lo largo de los años, es una madre resolutora de todos sus problemas y que , citando precisamente a una de ellas, nunca lo despañaló.

Ni como ayudarles y menos alcahuetearles ya que no son pocos los casos en que, tras provocar la insurgencia de quienes para estos temas consideran a la “enemiga natura”, en el pecado les llega la penitencia y más de una les refresca la memoria y, en cuestión de horas, terminan exhibidos con un sinfín de acusaciones que ni a Rocha Moya le hizo el país vecino.

No cabe duda: La hemeroteca —y el archivo digital— no tiene sentido del pudor.

A ese coro se suma otro grupo, no menos influyente: quienes, comprometidos con causas legítimas, terminan atrapados en sus propios marcos teóricos. Las estadísticas, los conceptos, los fenómenos sociales son indispensables para entender el problema, pero no sustituyen el análisis de un caso concreto. Ningún expediente se resuelve con consignas, aunque repetirlas dé una sensación reconfortante de claridad moral, sobre todo cuando el entorno valida la certeza y reduce el matiz a sospecha).

Dicho de otra forma: el conocer el fenómeno y defender la causa es loable y merecedoras de admiración, pero lo anterior no es para nadie una patente de corzo -o de corza- para Transitar de la insurgencia a volverte una autoridad que viola presunciones de inocencia y anticipa condenas, sin dejar de reconocer, sin regateos, a quienes han alzado la voz cuando durante años lo más fácil —y lo más exigido— era callar.

 Esas voces han sido necesarias. Porque hay silencios que sí eran insostenibles en tanto que la denuncia legítima no derive —casi sin percatarse — en una forma de desborde emocional que deja de conversar con la justicia y empieza a dialogar con una historia de vida personal no resuelta.

No se trata de negar lo vivido ni de exigir serenidad artificial ante lo que ha sido doloroso o incluso devastador. Se trata de algo más delicado: reconocer que cuando el agravio personal no halla  cauce de elaboración, puede reaparecer en el espacio público con una intensidad que ya no siempre distingue entre reparación y descarga. El riesgo no es el reclamo… sino su transformación en eco permanente.

Y en ese punto, el discurso puede desplazarse de la defensa de derechos a una suerte de catarsis sostenida, donde lo colectivo carga con lo que aún no ha sido completamente procesado en lo individual.No porque no sea legítimo el origen, sino porque no siempre lo es su forma de prolongación.

No se descalifica  la causa,  eso jamás porque siempre estaré del lado de ella,   sino que es una advertencia sobre un posible desvio cuando el dolor —comprensible, acumulado, incluso justificado— se convierte en único lente de interpretación y ningún lente en lo individual suele ser del todo justo con la realidad que observa.

En el terreno judicial —conviene recordarlo— no se decide con base en intuiciones colectivas ni en adhesiones ideológicas. Se decide con pruebas, con evidencias, con lo que puede acreditarse de acuerdo a las disposiciones y principios que las regulan. Y aunque incomode,  suele ocurrir lo impensable: la víctima no siempre encaja de manera perfecta en el relato que quisiéramos sostener. La realidad tiene esa mala costumbre de no ajustarse a nuestros guiones ni de pedir permiso para contradecir nuestras evangélicas certezas.

Ante todo, esto, dan ganas de devolver el insulto: “parecen niños”. La tentación es fuerte casi pedagógica, solo que, en tanto que escribo esto, hay un espejo frente a mí.

Claro que lo hay, faltaba más, si soy adulto.

Pero no. Sería injusto… con los niños.

Los niños —por fortuna— no tienen la responsabilidad de sostener estas contradicciones. No litigan, no construyen narrativas para ganar discusiones, no manipulan conceptos para imponerse. Tampoco necesitan fingir certezas que no tienen: su incoherencia, cuando aparece, al menos es honesta.

Entienda o no , los mayores, los niños y las niñas son amorales.

Y, a diferencia de nosotros, no pretenden disfrazarse de argumento).

Ellos, en todo caso, quedan en medio. Jugando con su bella espontaneidad. Sin discurso, sin micrófono y, muchas veces, sin margen de decisión. Pero ahí observándolo todo frente al problema. Sin analizarlo, sin medirlo, sin beca, ni pluma en mano, ni cubículo, ni confort a la distancia, lejos de la marimorena de papá y mama , aunque sea para ir a llorar y a llorar porque recuerda que se le agrede o una o uno de sus amores mas valiosos no está presente.

Amén de todo, aquí nace o aborto la pregunta ¿quién está pensando realmente en ellos cuando baja el ruido y se apagan los reflectores?

Y eso, tan paradójico, debería incomodarnos. Porque si algo queda claro en todo este intercambio de razones impecables y conductas bastante menos impecables, es que la adultez —esa que tanto invocamos— no siempre viene incluida con la edad. A veces es solo una etiqueta convenientemente reutilizable, como una etiqueta, de las muchas que hay , tan fácil de pegar

…pero más fácil aún de despegar y esconderla cuando estorba.

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