POR ING HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Al poder le conviene un tipo específico de ciudadano: uno reducido a lo mínimo.
Nos dijeron que la ciudadanía comenzaba y terminaba frente a una urna.
Que votar era suficiente.
Que después de tachar una boleta lo correcto era volver al trabajo, al cansancio y al silencio. Mientras tanto, otros seguían decidiendo el presupuesto, las leyes, la seguridad, la educación y hasta el futuro digital del país.
Nos dejaron una democracia de aparador: bonita por fuera y vacía por dentro.
El problema para el viejo sistema es que algo cambió.
La nueva generación ya no creció únicamente viendo televisión ni creyendo ciegamente en discursos oficiales.
Creció conectada, hiperexpuesta a información global y aprendiendo a detectar manipulación en tiempo real.
Somos jóvenes que entendemos algoritmos, analizamos datos, usamos inteligencia artificial y observamos cómo el poder intenta seguir gobernando con estrategias del siglo pasado.
La clase política mexicana aún cree que controla la conversación con conferencias, propaganda y campañas emocionales.
Pero internet rompió el monopolio de la narrativa. Hoy cualquier joven con un teléfono puede investigar contratos públicos, rastrear empresas, comparar estadísticas internacionales o desmontar discursos en minutos. La inteligencia artificial aceleró todavía más ese proceso.
Ya no dependemos únicamente de medios tradicionales para entender lo que ocurre.
Y ahí está el miedo real del poder: no le preocupa una generación rebelde; le preocupa una generación informada.
Porque un joven despolitizado consume. Un joven consciente pregunta.
Y cuando las preguntas empiezan, también comienza el problema para quienes viven de la opacidad. Por eso durante años intentaron convencernos de que involucrarse en política era “sucio”. Nos enseñaron que lo inteligente era mantenerse al margen.
Pero la neutralidad en países atravesados por desigualdad, corrupción y violencia termina siendo comodidad disfrazada de superioridad moral.
Ser apolítico no te hace libre del sistema; solo te vuelve irrelevante frente a quienes sí lo usan para conservar poder. La nueva generación entiende algo que muchos todavía no quieren aceptar: la política ya no ocurre únicamente en partidos o elecciones.
También ocurre en los datos, en la tecnología, en los algoritmos, en la vigilancia digital y en quién controla la información.
El futuro del poder será tecnológico, y quien no comprenda eso quedará subordinado a quienes sí lo entiendan.
México tiene frente a sí una generación distinta. Menos obediente, más crítica y tecnológicamente preparada.
Una generación que ya no quiere ser espectadora de un país diseñado por las mismas élites de siempre.
Y quizá por eso el sistema se siente tan incómodo: porque por primera vez los jóvenes no solo están despertando; también están aprendiendo cómo funciona




