POR ING HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Durante siglos nos hicieron creer que el dinero tenía valor porque estaba respaldado por oro, bancos o gobiernos.
Hoy descubrimos algo más incómodo: el dinero vale únicamente porque la gente todavía decide creer en él.
Esa verdad se vuelve peligrosa en una generación que ya no confía tan fácilmente en las instituciones políticas.
Vivimos en la era de las tarjetas digitales, criptomonedas y transferencias instantáneas.
El efectivo desaparece poco a poco mientras las economías modernas se vuelven algoritmos invisibles.
Sin embargo, en medio de esta revolución tecnológica, gran parte de la clase política mexicana sigue hablando de economía como si todavía viviéramos en el siglo pasado.
La nueva generación entiende algo que muchos gobiernos aún no comprenden: el verdadero poder ya no está solamente en el petróleo, en los bancos o en las grandes industrias.
El poder está en los datos, en la inteligencia artificial y en el control de la información financiera.
Hoy un joven con conocimientos tecnológicos puede entender mercados globales desde su teléfono celular mejor que muchos funcionarios públicos rodeados de asesores.
Ese cambio genera miedo en las estructuras tradicionales del poder. Porque la inteligencia artificial no solamente transforma empleos; también destruye discursos políticos viejos.
La IA permite analizar inflación, corrupción, deuda pública y manipulación mediática en segundos.
Las nuevas generaciones ya no dependen completamente de los periódicos, de la televisión o del político carismático para construir una opinión.
Ahora contrastan información, detectan contradicciones y exhiben narrativas falsas con una velocidad que incomoda al sistema.
Pero existe una contradicción brutal. Mientras el mundo avanza hacia economías digitales e inteligencia artificial, millones de jóvenes mexicanos siguen atrapados en empleos precarios, salarios débiles y una educación pública desconectada de la revolución tecnológica global.
El problema no es que México carezca de talento; el problema es que la política sigue administrando el futuro con mentalidad del pasado. Muchos gobiernos hablan de innovación mientras mantienen modelos educativos obsoletos. Hablan de modernidad mientras la mayoría de las escuelas ni siquiera enseñan pensamiento financiero, programación o uso ético de inteligencia artificial. Esa desconexión puede convertirse en la próxima gran crisis nacional.
Porque el dinero del futuro será digital, automatizado y global.
Y las naciones que no preparen jóvenes capaces de dominar esa transformación terminarán convertidas en simples consumidores tecnológicos de otros países.
La pregunta ya no es si la inteligencia artificial cambiará la política y la economía. Eso ya ocurrió.
La verdadera pregunta es si la vieja clase política entenderá el nuevo mundo antes de que la nueva generación lo haga




