POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Durante años nos dijeron que los jóvenes éramos “el futuro de México”.
Lo repiten en campañas, discursos y spots políticos llenos de frases modernas.
Pero cuando llega el momento de tomar decisiones reales, ese supuesto futuro desaparece.
Nos llaman para llenar plazas, mover tendencias y votar cada ciertos años, pero no para participar verdaderamente en el rumbo del país. La política nacional sigue funcionando como un club cerrado donde las decisiones importantes se toman entre generaciones que muchas veces no comprenden cómo vivimos los jóvenes del siglo XXI.
Hablan de nosotros como estadísticas electorales y no como ciudadanos capaces de analizar, organizar y cuestionar el poder.
Y esa visión ya no corresponde a la realidad. Nuestra generación creció rodeada de tecnología, inteligencia artificial y acceso inmediato a información global. Aprendimos a contrastar datos, detectar manipulación digital y analizar discursos políticos en tiempo real.
Muchos jóvenes entienden sobre algoritmos, comunicación digital y comportamiento social en plataformas más que varios funcionarios públicos. Sin embargo, el sistema político continúa tratándonos como audiencia y no como contrapeso.
Nos quieren participativos, pero no influyentes. Les gusta el joven que aplaude, no el que cuestiona presupuestos, contratos o privilegios políticos. Porque una juventud preparada tecnológicamente representa un desafío para quienes estaban acostumbrados a controlar la narrativa desde los medios tradicionales.
Hoy cualquier joven con herramientas digitales puede investigar datos públicos, revisar declaraciones oficiales y exhibir contradicciones en cuestión de minutos. Eso modifica por completo la relación entre ciudadanía y poder.
Pero también existe una responsabilidad para nuestra generación.
No basta con indignarse en redes sociales ni convertir cada crisis en una tendencia pasajera. La tecnología no sirve sin organización, vigilancia pública y participación constante.
La democracia mexicana enfrenta una crisis evidente: sigue viendo a los jóvenes como herramienta electoral y no como fuerza política pensante. Y tarde o temprano eso tendrá consecuencias.
Porque la nueva generación ya no quiere solamente votar. Quiere supervisar, participar y decidir.




