Por Ing. Héctor Castro Gallegos Nos prometieron una democracia construida con diálogo, pero terminamos viviendo en una competencia permanente de enojo.
Hoy la política ya no parece diseñada para resolver problemas, sino para producir reacciones. Las redes sociales convirtieron la confrontación en espectáculo y los algoritmos descubrieron que el coraje genera más tráfico que la inteligencia.
Vivimos atrapados en una época donde discutir ya no significa entender, sino destruir al otro públicamente. Todo debe convertirse en bando: izquierda o derecha, conservador o progresista, conmigo o contra mí.
Y mientras más agresivo sea el discurso, mayor alcance obtiene.
La política aprendió a alimentar emociones antes que ideas.
Lo preocupante es que una generación completa está creciendo dentro de esta dinámica. Niños y jóvenes observando cómo los adultos convierten cualquier diferencia en insulto, burla o linchamiento digital.
Aprendiendo que escuchar es debilidad y que humillar da popularidad.
Pero hay algo que muchos políticos todavía no entienden: esta nueva generación ya no consume información igual que antes. Somos jóvenes que crecimos entre algoritmos, inteligencia artificial, análisis digital y acceso inmediato al conocimiento. Sabemos cómo funcionan las redes.
Entendemos cómo manipulan emociones. Detectamos narrativas fabricadas y campañas diseñadas para polarizar.
Mientras algunos siguen gobernando con estrategias del siglo pasado, nosotros entendemos el lenguaje tecnológico del presente. La inteligencia artificial nos está enseñando algo incómodo para el viejo sistema político: los datos importan más que los discursos vacíos.
Y las nuevas generaciones comienzan a exigir menos propaganda y más resultados. Porque ningún país se destruye únicamente por la corrupción o la pobreza. También puede fracturarse cuando convierte el odio en forma de convivencia y la confrontación en modelo de sociedad




