Mi Gusto Es o la Otra Mirada. Por: Lic. Miguel Ángel Avilés
Hay países que honran a sus héroes.
México, siempre innovador en materia de simulación pública, podría dar un paso más hacia la inclusión histórica y comenzar a honrar también a sus especialistas en el deterioro nacional.
Ya existe la Rotonda de las Personas Ilustres: ese recinto reservado para quienes aportaron ciencia, letras, arte, pensamiento, valentía o algo tan extravagante hoy en día como la dignidad pública. Ahí descansan quienes construyeron algo más duradero que un eslogan electoral o una adjudicación directa.
Pero los tiempos modernos reclaman equilibrio.
Si en nombre de la igualdad todo debe democratizarse, ¿por qué seguir excluyendo a quienes dedicaron su vida a debilitar instituciones, prostituir el servicio público, saquear presupuestos o perfeccionar el refinado arte de fingir honestidad frente a una cámara?
Propongo entonces —con absoluto espíritu republicano y profundo sentido de justicia histórica— la creación de la Rotonda de las Personas sin Lustro.
Un espacio digno, amplio y desde luego adjudicado con discreto sobreprecio —para conservar nuestras más entrañables tradiciones administrativas— destinado a quienes dejaron huella… aunque haya sido de lodo, cemento mal mezclado o cuentas públicas desaparecidas.
Ahí podrían reposar, con todos los honores de la decadencia nacional, funcionarios capaces de inaugurar hospitales sin medicinas; gobernadores que multiplicaron milagrosamente su patrimonio mientras desaparecían carreteras, agua potable y hasta expedientes; legisladores que descubrieron que el amor a la patria comienza exactamente dónde termina el presupuesto público o el periodo de su encargo.
Pero no cualquiera podría aspirar a semejante distinción. La Rotonda tendría criterios rigurosos de selección. Nada de improvisados. Habrá que exigirse un riguroso, un estricto control de calidad así de férreo como investigan los antecedentes de quien aspira a ser candidato en este país.
Para ingresar habría que acreditar, al menos, una de las siguientes hazañas patrióticas: Haber desviado recursos equivalentes al presupuesto anual de un municipio completo sin que aparezca un solo responsable; poseer más propiedades que explicaciones; haber pronunciado la frase, al menos una vez en su vida, de “llegaremos hasta las últimas consecuencias” o “todo se hizo conforme a la ley” justo antes de que desaparecieran millones; mantener tres empresas fantasma, dos prestanombres y una fundación altruista para lavar la conciencia fiscal; haber inaugurado una obra tres veces sin terminarla nunca o alcanzar el máximo honor republicano: salir absuelto gracias a una falla procesal descubierta misteriosamente un viernes por la noche.
Naturalmente existirían niveles dentro del recinto. Los mausoleos serían proporcionales al tamaño de la fechoría. Los corruptos menores apenas recibirían una modesta placa de cantera agrietada y un foco fundido pagado con recursos públicos.
Pero los grandes maestros del saqueo nacional tendrían criptas monumentales: columnas de mármol importado, bardas inconclusas, sobrecostos certificados y esculturas elaboradas por compadres del comité de adquisiciones.
Los de corrupción mediana podrían aspirar a una fuente ornamental sin agua —por falta de mantenimiento presupuestal— mientras que los auténticos próceres del desfalco tendrían mausoleos tan enormes que necesitarían ampliaciones sexenales y refinanciamiento internacional.
Incluso podría existir una categoría de lujo: el Sepulcro Platinum de la Impunidad, reservado para quienes lograron quebrar instituciones enteras y aun así terminar como analistas políticos, conferencistas de ética pública o candidatos reciclados.
Y desde luego, la Rotonda necesitaría una galería histórica por sexenios, porque la corrupción mexicana también tiene escuelas, estilos arquitectónicos y épocas doradas. Habría un salón dedicado al salinismo tardío, donde privatizaciones polémicas, fortunas súbitas y personajes incómodos compartirían mausoleos de mármol importado y cuentas misteriosamente saludables.
El zedillismo quizá tendría un espacio más discreto, suficientemente sobrio como para que ciertos expedientes financieros jamás aparezcan completos.
El foxismo aportaría esa mezcla pintoresca de transición democrática, contratos amistosos y la inolvidable sensación de que cambiar de partido no necesariamente implicaba cambiar de costumbres o de mañas.
En el calderonismo podrían levantarse criptas blindadas, rodeadas de bardas de seguridad y placas conmemorativas donde las investigaciones eternamente “en curso” dormirían el sueño burocrático de los justos.
El peñismo, naturalmente, merecería una explanada completa. Ahí cabrían las casas incómodas, las licitaciones milagrosas, los gobernadores prófugos reciclados en perseguidos políticos y los escándalos de sobornos que hicieron del descrédito casi una política pública.
Dado que la llamada cuarta transformación ha cruzado el pantano sin mojarse porque su plumaje no es de eso, y todo lo señalado en su contra ha sido nada más una campaña negra orquestada por las obscuras fuerzas de la derecha, del conservadurismo y del crimen organizado trasnacional, dejaríamos su ala reservada y lista para el remoto caso de que la austeridad republicana, eche a la basura todo su discurso y descubra tarde que temprano cómo se puede convivir perfectamente con sobres amarillos, contratos directos, amigos incómodos, parientes útiles y operadores célebres.
Como ya no han vuelto a ocurrir atrocidades así, desde que todo cambió en este país, tendríamos que desempolvar algún caso aislado que hubiera pasado y sólo se me ocurre que en una vitrina especial podría exhibirse, como patrimonio audiovisual de la nación, aquella escena donde René Bejarano aparecía guardando fajos de billetes con una serenidad que ni los cajeros automáticos conocen. Fue aquella vez, cuando, literalmente este personaje, pasó a ligas mayores pues no fue solamente un escándalo político: fue casi una alegoría nacional.
Pocas imágenes resumen tan bien la contradicción mexicana entre el discurso moral y la práctica pública.
Este proyecto que ahora traigo ante ustedes, sería además un recinto profundamente pedagógico y las nuevas generaciones podrían acudir en visitas escolares para admirar reliquias históricas de nuestra vida pública contemporánea: la declaración patrimonial incompleta, la empresa fantasma, la tesis clonada, la licitación dirigida, el diezmo institucional, la fotografía con casco de obra jamás terminada y, por supuesto, la pieza más emblemática del museo nacional del cinismo: el conmovedor “yo no sabía nada” y exigir “pruebas”, “pruebas”, “pruebas”.
Porque si algo ha producido este país con disciplina industrial, constancia burocrática y creatividad financiera, no han sido precisamente estadistas, sino expertos consumados en convertir lo público en botín privado y el discurso moral en mercancía electoral.
La Rotonda permitiría además reconocer distintas categorías del mérito nacional. Estaría el ala de los corruptos creativos, reservada para aquellos capaces de desaparecer millones con mecanismos tan sofisticados que después terminaban impartiendo conferencias sobre transparencia. Pudiera identificarse, por ejemplo, como la sala Ignacio Ovalle.
También existiría el pabellón de los cínicos históricos, destinado a quienes, después del desastre, todavía encontraban tiempo para declararse víctimas del sistema desde la comodidad de una residencia inexplicablemente adquirida. Supongamos que esta propuesta fuera acogida por los estados, aquí en Sonora, bien pudiéramos nombrarlo como pabellón Guillermo Padrés Elías.
Y naturalmente estaría el corredor de los impunes distinguidos, quizá el espacio más amplio del complejo, porque en México la absolución suele llegar mucho antes que la investigación y el olvido institucional siempre corre más rápido que la justicia. Corredor Manuel Bartlett, Corredor Enrique Peña Nieto o corredor Elba Esther Gordillo o corredor Marha Sahagun , por aquello de la paridad.
La patria también ha padecido empresarios depredadores que privatizan ganancias y socializan pérdidas; líderes sindicales eternos que confundieron representación obrera con franquicia familiar; jueces traficantes de favores; intelectuales cortesanos que alquilan prestigio al poder en turno; y moralistas profesionales que cobran por indignarse selectivamente según el tamaño del patrocinio. Todos ellos merecerían un sitio. No por gratitud nacional, desde luego, sino por exactitud histórica.
Incluso la Rotonda podría incorporar recursos tecnológicos para enriquecer la experiencia ciudadana: audio ambiental con aplausos de acarreados, contratos reservados por seguridad nacional, drones vigilando periodistas incómodos y pantallas interactivas donde el visitante pueda jugar a encontrar el conflicto de interés antes de que lo haga la auditoría —si es que algún día lo hace. Así mismo, puede haber un lugar en donde se pasen documentales o se impartan tutoriales respecto a cómo pegar duros golpes al erario y seguir como si nada: La Estafa Maestra, el Caso Odebrecht o el caso Segalmex.
En la entrada principal, una llama eterna permanecería encendida gracias a contratos inflados de suministro energético adjudicados directamente a algún sobrino.
Y como toda gran institución nacional, la Rotonda necesitaría también su himno oficial:
“Gloria al diezmo y al contrato,
al inflado presupuesto nacional,
al amigo, al sindicato
y al negocio familiar.
Que resuene en cada oficina
la sagrada adjudicación,
porque aquí la patria inicia
donde acaba la licitación.”
La ceremonia de ingreso sería igualmente majestuosa.
Los nuevos integrantes llegarían escoltados por asesores jurídicos, influencers oficiales y exoneraciones judiciales recién impresas. Después colocarían una ofrenda floral frente al Monumento al Conflicto de Interés Desconocido, mientras una voz institucional repetiría con emoción patriótica:
“Su legado vive… en paraísos fiscales.”
Y acaso esa Rotonda tendría una ventaja indiscutible sobre la otra: jamás correría el riesgo de quedarse vacía.
Al contrario.
En este país sobran aspirantes.
Tanto como sobran las excusas.




