Por mucho tiempo la política mexicana creyó que podía controlar la realidad únicamente desde el discurso. Que bastaba repetir palabras como “soberanía”, “patria” o “pueblo” para ocultar los problemas reales que están destruyendo la credibilidad del país ante el mundo.
Pero mi generación ya no vive solamente en plazas públicas o frente a la televisión; vivimos conectados a redes globales, analizamos información en tiempo real y entendemos cómo funciona el poder internacional gracias a herramientas de inteligencia artificial que hoy nos permiten ver más allá de la propaganda política.
Mientras el gobierno convierte cada crítica internacional en un ataque “imperialista”, los jóvenes observamos otra cosa: instituciones debilitadas, violencia creciente y una relación cada vez más tensa con Estados Unidos.
Y aunque muchos políticos sigan actuando como si el siglo XXI pudiera gobernarse con discursos nacionalistas del siglo pasado, la realidad global es mucho más dura que una conferencia mañanera.
La inteligencia artificial ya analiza mercados, conflictos geopolíticos, redes criminales y tendencias económicas con una precisión jamás vista.
El mundo avanza hacia gobiernos que toman decisiones basadas en datos, estrategia y tecnología. México, en cambio, parece atrapado en una guerra eterna de narrativas políticas internas donde lo importante no es resolver problemas, sino ganar popularidad inmediata.
Mi generación entiende algo que muchos líderes aún no comprenden: la soberanía no se defiende gritando más fuerte, sino construyendo instituciones fuertes, transparentes y capaces de competir globalmente. Porque un país débil internamente jamás será respetado afuera.
México necesita menos políticos obsesionados con el aplauso nacionalista y más líderes capaces de entender el nuevo tablero mundial. De lo contrario, seguiremos viendo cómo el futuro avanza… mientras nuestra clase política sigue atrapada en el pasado.

