POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Por años siempre nos dijeron que México era una economía estable.
Que teníamos instituciones sólidas, disciplina financiera y reconocimiento internacional.
Pero hoy esa narrativa empieza a desmoronarse frente a una realidad incómoda: el país está perdiendo credibilidad mientras el gobierno responde con propaganda en lugar de soluciones.
Mi generación creció escuchando palabras como “grado de inversión”, “estabilidad macroeconómica” y “fortaleza institucional”, aunque muchos jóvenes jamás vimos reflejada esa estabilidad en nuestros salarios, en nuestras oportunidades o en nuestra calidad de vida.
Ahora entendemos algo más grave: cuando un país pierde confianza financiera, no cae primero el gobierno; cae la gente. Las alertas de las calificadoras no son ataques ideológicos. Son advertencias técnicas sobre déficit, deuda y falta de crecimiento.
Pero aquí se prefirió desacreditar al mensajero antes que corregir el problema.
Es una reacción peligrosa, porque los mercados no votan por simpatía política; reaccionan a números, riesgos y credibilidad.
Mientras tanto, Pemex sigue consumiendo recursos públicos como un barril sin fondo y el país continúa endeudándose para sostener un modelo que ya no produce resultados. El problema no es gastar más.
El problema es gastar peor.
Y aunque algunos políticos todavía creen que los jóvenes vivimos distraídos entre memes y redes sociales, se equivocan.
Somos la primera generación que entiende cómo funcionan los algoritmos, la inteligencia artificial y el flujo global de la información.
Sabemos leer datos, detectar manipulación narrativa y comparar a México con el resto del mundo en tiempo real. La realidad económica ya no puede maquillarse con discursos patrióticos.
Porque cuando un gobierno confunde soberanía con arrogancia, termina descubriendo que los mercados no perdonan la improvisación… y que la factura siempre la paga la sociedad.




