POR ING.HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Mientras los gobiernos discuten aranceles, campañas y elecciones, una crisis mucho más silenciosa avanza frente a nosotros: la epidemia de soledad que consume a millones de jóvenes. Y no, no es exageración romántica ni drama generacional.
La neurociencia ya confirmó que el aislamiento modifica el cerebro, afecta la memoria, eleva la ansiedad y deteriora la salud física.
El neurocientífico Diego Redolar Ripoll ha explicado cómo el cerebro humano necesita interacción social real para desarrollar estabilidad emocional, empatía y regulación afectiva. Sin comunidad, el cerebro entra en modo de supervivencia.
La paradoja es brutal: somos la generación que domina la inteligencia artificial, entiende algoritmos, automatización y análisis de datos, pero cada vez le cuesta más mirar a alguien a los ojos sin sentir incomodidad. Sabemos usar ChatGPT, programar redes neuronales y construir identidades digitales perfectas, pero muchos jóvenes ya no saben construir vínculos humanos duraderos.
La política tampoco entiende la dimensión del problema. Se sigue gobernando como si la soledad fuera un asunto privado, cuando en realidad ya es una crisis pública, económica y cultural.
Un joven emocionalmente aislado es más vulnerable a la depresión, a la manipulación ideológica y al extremismo digital.
El algoritmo termina sustituyendo a la familia, a los amigos y hasta a la conversación. Las redes sociales prometieron conexión y entregaron comparación permanente. Nos hicieron visibles, pero no necesariamente acompañados.
Tal vez el gran reto del siglo XXI no sea solamente controlar la inteligencia artificial, sino evitar que la humanidad pierda aquello que ninguna máquina puede reemplazar: la capacidad de sentir pertenencia, afecto y comunidad real.
Porque una sociedad puede sobrevivir crisis políticas. Lo que difícilmente sobrevive es una generación que dejó de sentirse humana.



