POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
La política mexicana sigue hablando como si viviéramos en los años noventa, mientras el mundo ya cambió de idioma. Hoy el poder no solo se mide en votos, petróleo o influencia diplomática; se mide en datos, inteligencia artificial, innovación y capacidad de adaptación.
Y muchos todavía no lo entienden. La nueva generación observa con distancia a una clase política obsesionada con la propaganda, a empresarios atrapados en modelos tradicionales y a periodistas que muchas veces informan con velocidad, pero sin profundidad.
El problema no es la falta de talento; el problema es la resistencia al cambio.
Los jóvenes de hoy crecimos entre algoritmos, redes globales y automatización. Sabemos que la inteligencia artificial transformará empleos, economías y gobiernos más rápido de lo que imaginan los viejos liderazgos.
Por eso sorprende ver que gran parte del debate nacional siga reducido a confrontaciones estériles mientras el mundo discute soberanía tecnológica, ciberseguridad y dominio energético. A los políticos les hace falta escuchar más a la ciencia y menos a los asesores electorales.
Gobernar el siglo XXI exige comprender tecnología, neurociencia social y economía digital. La popularidad ya no basta cuando los mercados reaccionan en segundos y la ciudadanía detecta contradicciones en tiempo real. A los empresarios les corresponde invertir en innovación y talento joven.
El futuro no pertenece al que acumula riqueza, sino al que entiende hacia dónde se mueve el conocimiento. Y a los periodistas les toca recuperar algo fundamental: credibilidad.
En una era saturada de información y manipulación digital, el periodismo serio será más valioso que nunca.
México tiene una oportunidad histórica frente al nuevo orden mundial. Pero para aprovecharla necesita menos ego político y más visión de futuro. Porque el próximo poder global no será el más ruidoso: será el más inteligente.

