La educación del periodo neoliberal tenía defectos reales, pero también tenía mecanismos que funcionaban… Se tiraron juntos.
El argumento del hoy oficialismo fue decir que la educación neoliberal destruía, mercantilizaba al maestro, evaluaba para humillar y entregaba la escuela al mercado. Hay evidencia para sostener partes de ese diagnóstico. El problema es que la corrección no siguió a la evidencia, sino al relato.
Cuando la transformación canceló la reforma educativa de 2013 en su primera semana de gobierno, no presentó datos de daño. Presentó una deuda política con la CNTE. Son cosas distintas. Una requiere análisis; la otra, un decreto. Se eligió el decreto.
El Sistema Nacional de Evaluación Educativa, operado por el INEE hasta su extinción en 2019, producía datos comparables, auditables y públicos. PLANEA medía aprendizajes con metodología estandarizada. México participaba en PISA con resultados consistentemente bajos, pero al menos el diagnóstico era preciso. Sabíamos cuánto no aprendían los alumnos de sexto de primaria en Chiapas comparados con los de Nuevo León. Ese dato incomodaba y por eso desapareció el instrumento, no el problema.
El Servicio Profesional Docente —otro componente de la reforma de 2013— fue declarado punitivo. En ciertos casos lo era; pero su núcleo era funcional. El ingreso al magisterio se hacía por concurso de oposición, no por herencia de plaza. Entre 2014 y 2018, más de 93,000 docentes ingresaron al sistema por esa vía. La tasa de reprobación en los concursos rondaba el 60%, lo que indica que el filtro operaba, y cuando se eliminó el modelo, la asignación de plazas volvió a los sindicatos.
Sería deshonesto omitir los daños reales del modelo anterior. La evaluación docente de 2015, tal como se implementó, tuvo consecuencias laborales desproporcionadas para maestros rurales e indígenas cuya formación inicial fue deficiente —no por negligencia propia, sino por abandono estructural histórico. Evaluar igual a quien estudió en la Normal Rural de Ayotzinapa que a quien egresó de la UPN en la Ciudad de México era una trampa metodológica que el propio INEE reconoció tardíamente. El gasto por alumno creció en términos nominales pero no corrigió la brecha entre Guerrero y Nuevo León. Siempre advertí que elmodelo tenía instrumentos funcionales encima de una base material desigual.
Un sistema educativo que elimina sus propios instrumentos de medición no es progresista, sino inauditable.
Después llegó la Nueva Escuela Mexicana, un modelo construido sobre el concepto de pensamiento crítico comunitario que en la práctica eliminó los libros de texto con estructura disciplinar y los sustituyó por proyectos integradores de autoría gubernamental. Los libros de 2023 fueron retirados parcialmente por resoluciones judiciales en varios estados —no por ideología opositora, sino porque contenían errores factuales documentados y omisiones en contenidos matemáticos básicos.
Más grave es lo que no se puede medir. El INEE desapareció. Mejoredu, que lo sustituyó, no publica evaluaciones de aprendizaje comparables a nivel nacional. México abandonó PISA en 2022 bajo el argumento de que la prueba responde a lógicas neoliberales. El resultado práctico es que hoy no existe un termómetro nacional del aprendizaje. Los avances o retrocesos de la NEM son, por diseño, inverificables.
La lógica de la transformación educativa operó sobre una premisa política, no pedagógica. Todo lo anterior era neoliberal, y lo neoliberal es malo, por lo tanto todo lo anterior era malo. Es un silogismo que funciona en un mitin y fracasa en un aula. El magisterio heredado del periodo previo tenía una fracción evaluada, concursada y acreditable. La NEM disolvió esa distinción.
Hoy, sin instrumentos de medición nacional, sin ingreso meritocrático generalizado, sin participación en pruebas internacionales, la educación pública opera en una oscuridad que solo beneficia a quienes no quieren ser medidos… y eso, estimado lector no es transformación, sino regresión… perocon vocabulario nuevo.


