
El Zancudo. Por: Arturo Soto
No se equivocó la presidenta Claudia Sheinbaum cuando el domingo pasado, desde el Monumento a la Revolución en CDMX hizo una caracterización de los grupos de extrema derecha que están muy cerca de Donald Trump, sugiriendo llevar al límite las presiones sobre el gobierno mexicano para, so pretexto del combate al crimen organizado, avanzar piezas en el tablero de la dominación geopolítica por un lado, y por el otro rescatar algunos puntos en la popularidad del presidente norteamericano, que no pasa por su mejor momento de cara a las elecciones de medio término que se llevarán a cabo en noviembre próximo.
Claro que esos grupos existen y claro que tienen agenda profundamente antimexicana. Entre ellos se cuenta al asesor en Seguridad Nacional, Stephen Miller; el secretario de Defensa, Pete Hegseth; el senador republicano Lindsey Graham entre los más relevantes. Pero hay miles que operan en las sombras -y no tanto- desde la política, la empresa, las finanzas globales, los medios de comunicación y las redes sociales.
No se equivocó la presidenta al caracterizarlos y ubicarlos como el origen de la escalada contra México, aunque a pesar de su enérgico discurso del pasado domingo, le tembló la mano para señalar al mismísimo Donald Trump, porque no se puede hablar de la derecha norteamericana sin reservarle ahí un lugar preponderante al principal inquilino de la Casa Blanca.
Lo que al parecer Sheinbaum no midió bien fue el tono y las consecuencias que desataría. No se puede pegarle un escobazo al panal de esas avispas y pensar que ni una de ellas te puede picar.
La respuesta llegó rápido. Ayer nos desayunamos con un artículo en Los Ángeles Times (no reportaje) en el que, citando como fuentes a “personas familiarizadas con el caso que hablaron bajo condición de anonimato” y que aseguraron que el Departamento de Estado norteamericano había retirado sus visas a los gobernadores de Sonora y Tamaulipas, Alfonso Durazo Montaño y Américo Villarreal, respectivamente.
Ambos salieron casi de inmediato a desmentir la nota y descalificar las citadas fuentes anónimas; en su mañanera, Claudia Sheinbaum hizo lo propio, pero dijo que tendrían que ser los gobernadores quienes aclararan el punto y ambos dieron su versión a través de sendos videos.
En el caso de Alfonso Durazo, hasta se permitió un par de jocosidades. Primero cuando dijo que el mundo está “patas arriba” cuando “aquí en Sonora hemos visto dar lecciones de moral a grandes pillos”, y luego al cerrar su alocución deslindándose de cualquier relación con grupos delincuenciales o con agencias de gobiernos extranjeros: “aquí está un gobernador con la voz completa que no solo ha actuado con limpieza y rectitud como tal, sino que lo he hecho durante toda mi vida; casi sudo agua bendita”, dijo con cierto aire de broma, después de asegurar que tiene su visa vigente y no ha recibido notificación alguna por parte de autoridades estadunidenses.
Lo cierto es que el episodio ocupó los principales espacios noticiosos a lo largo del día y pobló las redes sociales una fuerte tracción de comentarios críticos y obviamente, también de apoyo a los gobernadores señalados, pero la filtración tuvo un efecto fuerte en México, donde la oposición se dio vuelo replicando la publicación y vaticinando, por enésima vez desde hace ocho años, el “fin de la narcodictadura de Morena”, una narrativa que ha venido a sustituir las limitaciones electorales, la precariedad de las propuestas y la ausencia de trabajo en territorio. Una narrativa que sin duda enciende las redes, pero se apaga en las urnas, hay que decirlo.
Una narrativa que choca también con lo que ayer mismo declaró el secretario de Seguridad Interior de Estados Unidos, Markwayne Mullin durante una audiencia en la Cámara de Representantes de aquel país.
Cito: “Recientemente regresé de la Ciudad de México, donde me reuní con la presidenta Sheinbaum y miembros de su gabinete para hablar sobre la cooperación bilateral. Debo decir que hemos quedado impresionados. Han sido muy cooperativos, mucho más que la administración anterior. Sin embargo, también creen firmemente en la defensa de su soberanía, y debemos respetar eso”.
Mullin también destacó que, a través de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés), de las Fuerzas de Tarea de Seguridad Nacional (HSTF, por sus siglas en inglés) y de la colaboración con el Gobierno de México, se han obtenido resultados relevantes en el combate al crimen organizado.
“Hemos visto cifras récord en incautaciones de drogas, dinero y armas, además de la captura de líderes de cárteles”, aseguró.
El funcionario norteamericano no miente, pero deliberadamente aporta elementos clave para alimentar una narrativa que apunta directamente al corazón de la unidad del proyecto de la 4T: Sheinbaum está haciendo, en materia de combate al crimen organizado, lo que no hizo AMLO. La comparativa no es ingenua porque busca forzar a la presidenta a algo que hasta hoy se ha resistido con vehemencia: deslindarse de su antecesor y asumir que la construcción del segundo piso de la cuarta transformación pasa necesariamente por deshacerse de personajes y políticas públicas que no abonan a la cooperación binacional en vísperas de la renegociación del tratado comercial con el principal socio de México.
Eso prefigura un escenario que muchos ven lejano, pero que en la muy pragmática, abusiva e insaciable lógica gringa, tiene sentido. El caso Venezuela lo ilustra de manera ejemplar: EEUU no iba (sólo) por Maduro sino por el petróleo, como el propio Trump lo reconoció, al dejar prácticamente intocada a la clase gobernante de aquel país.
No es, por supuesto que no es para nada casual, que desde Palenque haya reaparecido el expresidente Andrés Manuel López Obrador, cuyo regreso solo se daría, según sus propias palabras en caso de que se dieran tres condiciones: si el país sufriera injerencia externa o amenazas que comprometieran su independencia; si existiera la amenaza de un golpe de Estado y si “se fraguaran fraudes electorales para imponer un gobierno al servicio de intereses oligárquicos”.
Parte sustancial de la carta de AMLO pasa por contrastar al Donald Trump con el que resolvió temas binacionales álgidos y al Donald Trump que hoy, aconsejado por sus halcones (así los llama) busca debilitar a Morena y fortalecer a la oposición mexicana e influir en la opinión pública norteamericana en vísperas de las elecciones intermedias en aquel país.
La carta de AMLO, al parecer no está dirigida a Donald Trump, sino a Claudia Sheinbaum, para obligarla a tomar la que quizá sea la decisión más trascendente de su mandato: o cede a las presiones norteamericanas, o refrenda su lealtad incondicional con el proyecto, y sobre todo, con el propio AMLO.
El asunto no es, para nada, menor. Vienen días aciagos.
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