POR ING.HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Durante décadas nos dijeron que los partidos políticos eran el corazón de la democracia.
Que representaban ideas, proyectos de nación y equilibrio institucional. Sin embargo, en México la realidad comenzó a caminar por otro camino: mientras los partidos perdían credibilidad, el poder político aprendió a concentrar el control electoral desde otros espacios más silenciosos y más peligrosos.
La tragedia no es solamente el desgaste de los partidos; la tragedia verdadera es que, al debilitarlos, también se debilita la pluralidad.
Cuando un país deja de confiar en sus fuerzas políticas, el ciudadano ya no siente que participa en una democracia viva, sino en una estructura administrada desde arriba, donde las elecciones parecen más mecanismos de validación que auténticas disputas de ideas.
Los jóvenes observan esto con una claridad incómoda para la vieja clase política. Son generaciones que crecieron entre corrupción, simulación y campañas vacías.
Ya no creen fácilmente en discursos ideológicos reciclados ni en promesas construidas para la televisión.
Y además poseen algo que las generaciones anteriores no tenían: acceso masivo al conocimiento digital y a la inteligencia artificial.
Mientras muchos políticos continúan atrapados en prácticas del siglo pasado, miles de jóvenes aprenden análisis de datos, automatización, programación, algoritmos y comunicación digital avanzada.
Comprenden cómo se manipulan tendencias, cómo funcionan las narrativas masivas y cómo las redes pueden moldear percepciones políticas en cuestión de horas.
Por eso la crisis actual no es solamente electoral; es generacional.
El problema no es que los jóvenes sean indiferentes a la política.
El problema es que la política tradicional dejó de parecerles seria, auténtica y útil. Y cuando una generación preparada tecnológicamente pierde la confianza en las instituciones, la democracia entra en una zona de riesgo donde el silencio juvenil puede convertirse en la derrota más grande del sistema político mexicano




