POR ING HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Mientras los gobiernos celebran estadios llenos, ceremonias espectaculares y discursos sobre la grandeza de América del Norte, millones de jóvenes observan el escenario con una pregunta incómoda: ¿quién gana realmente con todo esto? Por un lado, escuchamos a Donald Trump afirmar que Estados Unidos no necesita a México ni a Canadá para prosperar.
Por otro, vemos a las tres naciones compartir la organización del Mundial de Fútbol, el espectáculo deportivo más importante del planeta. El mensaje parece contradictorio: competencia en los discursos, cooperación en los negocios.
La generación actual tiene una diferencia fundamental respecto a las anteriores.
Hoy los jóvenes tienen acceso inmediato a información, análisis, datos históricos y perspectivas globales gracias a las nuevas tecnologías y a la inteligencia artificial.
Ya no dependen únicamente de los medios tradicionales ni de las versiones oficiales del poder. Comparan, verifican y cuestionan. También observan que durante décadas se prometió que los tratados comerciales traerían prosperidad para todos.
Sin embargo, muchos siguen enfrentando salarios insuficientes, dificultades para adquirir una vivienda y una creciente concentración de riqueza en manos de unos cuantos grupos económicos.
El crecimiento existe, pero no siempre llega con justicia social.
Las reflexiones humanistas impulsadas por el papa León XIV colocan otro elemento sobre la mesa: mirar la historia desde abajo, desde quienes trabajan, migran, estudian o luchan diariamente por salir adelante.
Esa mirada interpela a los gobiernos y también a los grandes intereses económicos.
Los jóvenes no rechazan el comercio internacional, la tecnología ni la globalización.
Lo que exigen es algo más profundo: que el progreso tenga rostro humano.
Quieren una economía que genere oportunidades reales, una política que escuche a la ciudadanía y un desarrollo que no se mida únicamente en ganancias.
El Mundial terminará en unas semanas. Los discursos políticos cambiarán con cada elección. Pero la pregunta de fondo seguirá vigente: ¿el futuro será para los poderosos de siempre o para las nuevas generaciones que exigen dignidad, justicia y oportunidades? La respuesta definirá el siglo XXI.




