Mtro. Jesús Antonio García Ramírez. Politólogo
1. Consideraciones previas
Un país no se transforma porque llegó un nuevo gobierno. Se transforma cuando el contrato viejo ya no le sirve al pueblo que lo carga en la espalda. México lleva 200 años firmando y rompiendo contratos. Cada ruptura duele, cada ruptura enseña.
La Independencia, la Reforma, la Revolución y hoy la Cuarta Transformación no son modas políticas. Son respuestas del mismo pueblo cuando el río de su vida desborda la presa que le pusieron.
Aristóteles decía que la política existe para buscar el bien común, y el bien común no es una frase: es que el hijo del campesino tenga escuela, que el obrero tenga salario que alcance, que el anciano no muera de olvido. Cuando eso falla, el pueblo busca otro cauce. Por eso estamos aquí, hablando de las cuatro transformaciones, porque todas preguntan lo mismo con palabras distintas: ¿este país es de todos o solo de unos cuantos?
2. A manera de reflexión
Todo empieza en 1521, cuando la tierra dejó de ser de quien la trabajaba para ser de quien traía un papel del rey. Ahí nació la primera grieta: unos con título y espada, otros con trabajo y sin tierra. Hobbes diría que el Estado nació torcido, no para proteger a todos sino para cobrar tributo a los de abajo. Esa grieta no la cerró la Independencia de 1810. Se cambió al amo de Madrid por el criollo de aquí, se gritó patria, pero el latifundio siguió intacto y el indio siguió sin voz. Por eso Hidalgo y Morelos hablaban de tierra antes que de bandera. Entendieron que sin tierra no hay libertad.
Cincuenta años después llegó la Reforma con Juárez y la Ley en la mano. Locke diría que la propiedad da libertad, y la ley quiso meter toda la tierra al mercado. En el papel sonaba parejo: que cada quien compre. En los hechos el campesino comunero perdió lo que era de su pueblo porque no tenía dinero para comprarlo, y el hacendado se quedó con más. La ley fue igual para todos, sí, pero no todos llegaron a la ventanilla con lo mismo. De ahí nació el grito de Zapata: “Tierra y Libertad”. No pedía limosna, pedía devolver lo que la ley le quitó. La desigualdad dejó de ser solo de sangre y se volvió de acta notarial.
Llegó la Revolución en 1910 y por primera vez el Estado dijo “yo corrijo”. Marx explicaría que cambió quién mandaba en el campo y en la fábrica: ejidos, derechos laborales, escuelas, petróleo nuestro. Por décadas la desigualdad bajó. El país creció parejo. Pero ese Estado se volvió padre y patrón a la vez. Gramsci lo llamaría hegemonía: el pueblo lo defendía porque daba. El problema fue que solo daba si estabas dentro del sindicato, de la nómina, del partido. El que estaba fuera, en la sierra, en la informalidad, en el pueblo sin carretera, seguía viendo pasar el progreso. Y cuando el petróleo cayó en 1982 el padre se quedó sin dinero. Ahí se rompió el pacto.
Entonces vino el modelo de 1982 a 2018 que apostó todo al mercado. El discurso fue: el Estado estorba, que el comercio libre haga su trabajo. Locke aplaudiría la libertad, pero Marx recordaría que el mercado sin reglas concentra, y concentró. Se crearon fortunas como nunca mientras el salario se hacía chico. La desigualdad cambió de cara: ya no era solo tierra, era dinero, era escuela privada, era internet, era banco. El de arriba tenía acceso a todo y el de abajo hacía fila para el camión. El Estado se hizo chico para el pobre y grande para rescatar al de arriba cuando quebraba. Esa fue la desigualdad que el pueblo sintió en corto: trabajar más horas y que la quincena alcanzara para menos.
Por eso llega 2018 y el pueblo busca otro cauce. La Cuarta Transformación no inventa la desigualdad, intenta cerrar una herida de 500 años. Vuelve a meter al Estado, pero no para dar miedo como decía Hobbes, sino para dar pensión, beca, apoyo directo. Dice que la ley debe alcanzar al de arriba igual que al de abajo, como pedía Locke. Y usa a Gramsci: si el poder solo compra, se acaba. Si convence con ejemplo y con “no robar, no mentir, no traicionar”, el pueblo lo cuida. Pero aquí está el fondo que no se puede maquillar: la desigualdad en México tiene tres raíces que ninguna transformación ha arrancado completa. La primera es la tierra y el agua: siguen en pocas manos, y el ejido sin riego ni crédito es solo papel. La segunda es lo que producimos: seguimos vendiendo barato petróleo, maíz, mano de obra, y comprando caro gasolina, medicina, tecnología. Mientras la ganancia se la quede otro país, la mesa del mexicano siempre va a cojear. La tercera es el dinero público: el que gana más paga proporcionalmente menos. El IVA lo paga igual el millonario y el albañil. Sin impuestos que cobren más al que más tiene, toda ayuda es curita en herida grande. Maquiavelo sería directo: todas las élites, de 1521 a hoy, han usado la ley y el discurso para cuidar su ventaja. La diferencia no es quién es bueno o malo. La diferencia es quién se atreve a tocar esas tres raíces sin miedo.
3. Consideraciones finales
Juntar las cuatro transformaciones es ver el dibujo completo. 1810 nos dejó patria pero sin Estado que llegara a todo el territorio. 1857 nos dejó ley pero sin justicia para el que no tenía dinero para usarla. 1917 nos dejó derechos pero sin democracia para defenderlos cuando el padre-Estado se cansara. 2018 nos está pidiendo que juntemos las tres y le agreguemos dignidad. Aristóteles llamaba prudencia a no irse a los extremos: ni volver a los hacendados, ni destruir todo para empezar de cero. Transformar es ajustar el cauce para que el agua llegue a la parcela del más chico, no solo a la hacienda del más grande.
Al pueblo se le debe hablar sin adornos porque el pueblo ya entendió que la desigualdad no se hereda por flojera. Se hereda porque hace siglos alguien decidió que la tierra no era de todos, porque la ley hizo negocio con eso, porque el Estado se encogió cuando más se necesitaba. El mexicano de a pie no pide venganza ni limosna. Pide piso parejo. Pide que su hijo no empiece la carrera 100 metros atrás. Pide que el campesino de Sonora tenga riego y precio justo para su trigo, que el joven de Hermosillo tenga fábrica y salario digno sin tener que cruzar, que el comerciante compita sin que el monopolio le cierre la puerta, y que el empresario pague lo que le toca sin trucos ni amparos.
La Cuarta Transformación será histórica o será solo otra página si entiende esto: los programas sociales son justicia inmediata, y se aplauden porque llegaron donde nunca había llegado el Estado. Pero la transformación de fondo se mide por lo que deja cuando se va el gobierno. Maquiavelo lo diría sin poesía: no se juzga al gobernante por lo que promete en campaña, se juzga por las instituciones que quedan paradas cuando él ya no está. Si esta cuarta deja riego, deja industria nacional, deja justicia fiscal real y deja leyes que se cumplan parejo, entonces habrá cerrado el círculo que dejaron abierto las tres anteriores. Si solo deja programas, entonces será otro capítulo más del mismo libro que se repite cada 60 años.
México no necesita una quinta transformación por crisis. Necesita que esta cuarta deje las bases para que ya no se necesite otra por dolor. Porque como decía Locke, el gobierno es un contrato, y los contratos buenos son los que cuando terminan dejan a las dos partes mejor que como empezaron. Si esta cuarta deja al pueblo con más control de su tierra, de su trabajo y de su destino, entonces habrá cumplido. No será la última transformación de México, porque los países vivos siempre se ajustan. Pero sí puede ser la última transformación por hambre, por despojo, por olvido.
Ese es el encargo, ni más ni menos: que el río de México por fin encuentre cauce parejo. Que la patria, la ley, los derechos y la dignidad funcionen juntos. Y que el pueblo, que siempre carga al país en la espalda, esta vez camine por en medio, sin tener que pedir permiso para vivir con dignidad en su propia tierra.




