POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
En México se debate reformas, reglamentos, comités y estrategias cada vez más extensas, una revolución tecnológica avanza a una velocidad que pocos alcanzan a comprender.
Los jóvenes sí lo saben. Ellos entienden que el futuro no esperará a quienes se queden atrapados en la burocracia del siglo pasado. Vivimos en una época donde el poder ya no se mide únicamente por los recursos naturales o la fuerza económica, sino por la capacidad de procesar información, generar conocimiento y transformar datos en innovación.
Por eso resulta significativo que para finales de este año entre en operación una de las supercomputadoras más avanzadas desarrolladas en Barcelona, un símbolo de la carrera global por la inteligencia artificial, la computación de alto rendimiento y la supremacía tecnológica.
La pregunta incómoda para México es inevitable: ¿estamos preparando a nuestros jóvenes para competir en ese mundo o seguimos educándolos para uno que ya desapareció?
Mientras otras naciones multiplican ingenieros, científicos de datos, especialistas en ciberseguridad, expertos en automatización y desarrolladores de inteligencia artificial, aquí seguimos discutiendo demasiadas veces cómo administrar la escasez en lugar de cómo construir abundancia de talento.
Los jóvenes observan un planeta que cambia todos los días. Saben que la inteligencia artificial transformará empleos, industrias, gobiernos y hasta la forma de aprender. Entienden que las oportunidades estarán en la ciencia, la tecnología, la innovación y la capacidad de resolver problemas complejos con soluciones simples.
La política mexicana enfrenta entonces un desafío histórico. Menos discursos y más visión estratégica.
Menos burocracia y más inversión en educación científica. Menos documentos interminables y más laboratorios, centros de investigación y formación tecnológica.
La verdadera discusión nacional no debería ser quién administra mejor el presente, sino quién está construyendo el futuro.
Porque cuando las nuevas supercomputadoras comiencen a redefinir la economía mundial, los países que triunfen serán aquellos que apostaron por el talento de sus jóvenes. Y esa carrera ya comenzó. México no puede darse el lujo de llegar tarde.




