Sin Medias Tintas. Por: Omar Alí López Herrera
Tres balazos. A quemarropa, dicen los que llegaron después, como si la distancia importara cuando el cuerpo ya no respira. Veinte años viviendo en la misma casa, vendiendo la misma mercancía, y nadie tocó ese negocio hasta esa noche. Ni una patrulla, ni un cambio de gobierno, ni una promesa de pacificación. Veinte años de continuidad institucional, la única que conoce mi colonia.
La casa sigue ahí. El tubo sigue ahí. Quien no lo ha visto no entiende la elegancia del aparato: un cilindro metálico empotrado en la pared, idéntico al que usan los moteles de paso para no cruzar miradas con la recepción. Se deposita el dinero, se gira la manivela, el tubo regresa con la bolsita exacta. Ningún rostro de por medio. Ninguna palabra. El sistema no necesita al hombre que lo administraba. Eso quedó claro la misma madrugada del entierro.
A los hijos les llegó el mensaje antes que el pésame. No se acerquen a la casa. La herencia no incluye el changarro. El changarro tiene otros dueños ahora, los de siempre, los que nunca aparecen en ninguna acta. La familia puede llorar al hermano. Lo que no puede es tocar el tubo.
Y el tubo, mientras se escribe esto, sigue girando.
Hay una estadística que circula estos días, publicada con el aplomo de una buena noticia. Las carpetas por homicidio doloso en Sonora bajaron once por ciento. Las víctimas, casi veinte. El observatorio lo confirma, el discurso oficial lo celebra, alguien en una oficina con aire acondicionado redacta el boletín de prensa. La pacificación avanza, dice el boletín. No menciona que la baja se concentra donde antes había más para bajar, ni que Cajeme, Hermosillo y Empalme siguen acumulando la mayoría de los casos, ni que la cifra negra de homicidios reclasificados como “otros delitos contra la vida” crece en silencio en los sótanos del Secretariado.
No hace tanto, en esta misma tierra, un gobernador llegó prometiendo lo contrario de lo que entregó. Las carpetas por homicidio se duplicaron en su primer trienio. Las desapariciones también. Tres asesinatos diarios en promedio durante un año entero, y la promesa de pacificación seguía repitiéndose en cada informe, como un rezo que no necesita ser escuchado para seguir recitándose.
La aritmética de mi colonia no coincide con la aritmética del boletín. En la colonia hay un tubo que no dejó de girar ni un solo día, ni cuando mataron al hombre que lo operaba, ni cuando cambiaron las cifras en la página del gobierno. El negocio no depende de quién gobierna el estado. Depende de quién controla esa casa. Y la casa, como el tubo, no figura en ningún índice de victimización.
Esa es la distancia exacta entre un dato y un cadáver. Los datos bajan. Los cadáveres se acomodan. El changarro nunca cierra.
Los familiares entendieron el mensaje sin que se lo repitieran dos veces. La policía levantó el cuerpo, hizo las fotos de rutina, abrió una carpeta más que en unos meses servirá para inflar una cifra que alguien, en otra oficina, va a usar como prueba de que las cosas mejoran. Nadie volvió a tocar el tubo. Nadie necesitó hacerlo. El tubo no pertenece a una familia. Pertenece a una estructura, y las estructuras no mueren a balazos.
Eso es lo único verdaderamente exitoso de los últimos años: no la baja en homicidios, no el boletín, no la promesa repetida de un gobierno tras otro. Lo único que de verdad funciona, sin interrupciones, sin treguas, sin importar quién esté en la gubernatura, es el tubo. Gira de día, gira de noche. Recibe el dinero, entrega las bolsitas. No le hace falta el dueño. Nunca le hizo falta.




