POR ING.HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Las naciones no fracasan por falta de recursos; fracasan cuando renuncian a formar ciudadanos capaces de pensar, crear y servir.
Ése es el desafío que hoy enfrenta México.
En medio de la polarización política, de la violencia que lacera comunidades enteras y de la desconfianza hacia las instituciones, el país necesita recuperar una verdad elemental: la política no nació para administrar el poder, sino para dignificar la condición humana.
Cuando el servicio público pierde su fundamento ético, el gobierno se convierte en una maquinaria que responde a intereses inmediatos y olvida su misión histórica.
La democracia no se sostiene únicamente en las urnas, sino en la confianza cotidiana entre gobernantes y gobernados.
Esa confianza se conquista con congruencia, con transparencia y con la capacidad de reconocer que ninguna ideología está por encima de la dignidad de las personas.
La ciencia ofrece hoy una lección que la política no puede seguir ignorando.
La neurociencia demuestra que el cerebro humano es extraordinariamente moldeable durante la juventud. La corteza prefrontal, responsable de la planeación, del autocontrol y de la toma de decisiones, alcanza su madurez de forma gradual.
Esta realidad obliga al Estado a dejar de ver a los jóvenes como un problema por contener y comenzar a reconocerlos como el mayor patrimonio estratégico de la nación.
Un joven que encuentra educación de calidad, cultura, deporte, ciencia y oportunidades laborales fortalece las conexiones neuronales asociadas con la creatividad, la cooperación y la perseverancia. Por el contrario, la violencia, la exclusión, la impunidad y la desesperanza alteran esos procesos y facilitan decisiones impulsivas que pueden conducir al crimen organizado, a las adicciones o a la apatía cívica.
La seguridad comienza mucho antes que una patrulla: empieza cuando una sociedad ofrece horizontes de sentido. Por ello, México necesita una nueva generación de servidores públicos que comprendan tanto el funcionamiento del Estado como el funcionamiento del ser humano.
Gobernar exige conocer presupuestos y leyes, pero también entender las emociones colectivas, la psicología social y los mecanismos que construyen confianza.
Quien ignora estos elementos administra conflictos; quien los comprende transforma comunidades.
La política del siglo XXI deberá sustituir el clientelismo por el mérito, la improvisación por el conocimiento y la propaganda por la evidencia.
Cada peso destinado a la educación científica, a la innovación tecnológica, al emprendimiento juvenil y a la capacitación laboral representa una inversión en estabilidad democrática y prosperidad económica.
El talento de nuestros jóvenes no puede seguir desperdiciándose por la ausencia de oportunidades o por la seducción de caminos ilícitos que prometen éxito inmediato y terminan destruyendo vidas. México posee una riqueza que ningún indicador financiero alcanza a medir: millones de jóvenes con imaginación




