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Home MI GUSTO ES
Laura y la canasta básica

Los hinchas del fracaso

Miguel Ángel Avilés by Miguel Ángel Avilés
11 julio, 2026
in MI GUSTO ES
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Hay gente que en este mundial que está a un paso de terminar, no le va a Inglaterra. Ni a Argentina. Ni a Brasil. Le va contra México.

No celebran el buen fútbol. Celebran el tropiezo. Y el gol rival le sabe a revancha íntima. ¿Por qué?… hasta ahorita no sé… pero indaguemos.

Pasó en este mundial y seguramente en otros: Cada derrota de la Selección les acomoda el ánimo, como quien por fin encuentra las llaves que llevaba horas buscando.

No son aficionados. Son cazadores de errores (ajenos, de preferencia). No esperan el partido. Esperan el resbalón. Y cuando llega, aparecen con la solemnidad del profeta de cantina, esa especie de Nostradamus con olor a cerveza tibia y autoestima blindada por el “ya se los había dicho”.

No es que sean pitonisos o clarividentes. Mas bien festinan un deseo hecho realidad frente a lo que sí o sí, por más que lo confrontes con los datos y las estadísticas, consideraran un fracaso para no dejar tan solo al que ellos viven en carne propia y les cuesta mucho admitirlo.

—“Se los dije”. Expresión de quien pudo seguir contando con su abuelita después de la cirugía, pero quedó en la plancha y festeja más a la muerte que a la vida y se regocija porque su pronóstico fue atinado. Lo curioso es que jamás se les oye decir: “Ojalá ganen”. 

Ya ando, de vuelta, con la selección no con la abuelita.

“Ojalá se salve” pudiera decir el pesimista caperucito rojo, pero su radio mental no agarra esa estación o esa frecuencia.

Su vocabulario es mucho más humilde. “Van a perder”. “Son un fraude”. “Qué bueno”. No apoyan una causa. Administran una decepción. Y aquí es donde está el detalle (ya estamos respondiéndonos lo que les advertí arriba). Porque el problema nunca fue el fútbol. Nunca lo fue. Y tampoco es un fenómeno con denominación mexica ni un producto bandera de México ni endémico de alguna región.

Eso nomás faltaba.

Hay ejemplares de esta especie en todos los países, en todos los idiomas, en todas las ideologías y en todas las clases sociales. Son ciudadanos del Reino Universal de la Animosidad. Su patria no tiene lábaro. Tiene amargura.

Lloran por la alegría ajena. Pisan con furia cualquier castillo que alguien esté haciendo en la arena porque todos los de ellos se han derrumbado El fútbol es apenas la excusa dominical. Mañana será una elección. Un cantante. Un empresario. Un científico. Un escritor. Un actor o el hijo del pariente que consiguió una beca o por fin compró su primer carro. El objeto cambia. El mecanismo o la actitud, nunca.

Este personaje sospecha del vecino al que le va muy requetebién, minimiza el éxito del compañero de trabajo, explica cualquier logro con la palabra “palancas”, atribuye los triunfos a la suerte, a la estafa (no maestra) o a las influencias y parece encontrar un extraño alivio cuando alguien tropieza.

Si un matrimonio es feliz, ruega a dios en misa de doce que llegue un tercero o una tercera para que eche por tierra ese idilio.— “Ya se les acabará”. Si un negocio prospera: “Algo raro trae”, “están lavando dinero”. 

Que feo, pero continuo: Si un escritor publica un libro. —“Seguro se lo escribieron” o es tan malo como los que ha publicado ese tal Miguel Ángel Avilês, que cualquiera lo puede escribir, hasta Pedrito Sola y jamás alcanzará un descomunal tiraje en el FCE donde solo publican, hoy, los verdaderos machuchones.

Si un joven consigue una beca: “Quién sabe a quién conocía”. Si un astronauta llega a la luna: “yo no creo que haya llegado”. “Esos no son cráteres, son los baches de una calle de Hermosillo”. Si mañana descubrieran la solución médica para el cáncer… “pero en seis meses fallecerás por un infarto o te desangrarás por culpa de un uñero.

—Algo esconden. Rusia o los fascistas de Cuevano están detrás de todo esto.

No quiero imaginarme si Jesucristo volviera a multiplicar los panes… Preguntarían si el dueño de Elektra o algún cheque al portador dejado por Hernan Cortes, patrocinó el milagro.

Y si México pierde: ¡Fiesta!

Entonces no es una postura exclusivamente deportiva. Es una forma de mirar el mundo. Hay quienes miran el vaso medio vacío. Ellos rompen el vaso para poder decir que tenían razón.

Les cuesta disfrutar el éxito ajeno. No porque el éxito sea malo. Sino porque contradice el relato que llevan años contándose. Y porque el propio no lo han vivido. Son adictos al “Ya sabía que iba a fracasar”. Por eso viven esperando el derrumbe y cuando no llega, se inquieta. Cuando llega, sonríen con una tranquilidad casi religiosa, como si el fracaso ajeno confirmara que el universo funciona exactamente como ellos imaginaban.

Son francotiradores de lo que no son y detestan que otros sí puedan serlo.

Por supuesto: hay que matizar esto y conviene hacer una distinción ya que la crítica es indispensable. Sí, pero el crítico auténtico incomoda porque observa. Porque estudia. Porque argumenta. Porque señala errores con la esperanza de que alguien los corrija y enderece el rumbo, no para que sus deslices vivan a perpetuidad.

El crítico quiere que las cosas mejoren. El hincha del fracaso, no. Ése necesita que las cosas salgan mal. El crítico se alegra cuando la realidad le demuestra que estaba equivocado. Significa que las cosas mejoraron. El hincha del fracaso se queda sin libreto. El crítico disfruta las buenas noticias. El otro disfruta haber acertado en las malas. Uno construye. El otro espera los escombros. Ésa es toda la diferencia.

Se las resumo y no es albur:

Su deporte favorito no es el fútbol. Es su aferre a tener razón, siempre. Son los que pueden afirmar, contra toda evidencia, que se puede comer chicharrones, dejando vivo e intocable al cochi. Y para tener razón necesitan que todo salga mal. Su mayor miedo no es que México pierda. Es que gane. Porque una victoria les arruina el discurso, les desmonta el personaje y los obliga a guardar ese arsenal de frases derrotistas que ensayaron toda la semana frente al espejo.

Pero, en realidad, no están en guerra con México. Están en guerra con cualquier cosa que huela a éxito, alegría, reconocimiento o esperanza. Si el triunfo es propio, les parece insuficiente. Si es ajeno, les parece sospechoso. 

¡Oh cielos!

Hay personas que no necesitan que a ellas les vaya bien. Les basta con que a otros les vaya peor. Ésa es su peculiar idea del equilibrio. Quizá detrás haya frustraciones, heridas o desencantos.

Cada historia es distinta. Lo criticable no es eso. Lo criticable es convertir la amargura en una filosofía de vida y venderla como si fuera lucidez. Juran que cinismo e inteligencia, son sinónimos. Pesimismo con objetividad. Rencor con espíritu crítico. No buscan soluciones. Buscan confirmaciones. Buscan el tropiezo que les permita decir: “¿Ven? Yo tenía razón”. No sufren cuando pierde México. Descansan.

Porque el gol rival, el fracaso del vecino, o el escándalo del exitoso parecen confirmarles que el mundo sigue siendo tan gris como lo imaginaban.

No son hinchas de una selección. Son hinchas del fracaso. Y el fracaso les resulta reconfortante porque confirma la visión del mundo con la que decidieron vivir. No importa si pierde México, Inglaterra, Argentina, una empresa, un escritor, un vecino o un desconocido o mi tía Maura o el Yepiz, mi amigo de secundaria que murió a causa de un pelotazo.

Necesitan que alguien caiga para sentir que el piso está parejo. Ese que así lo pedía para no sé qué méndigo escaño a la vez que ponía una cáscara de plátano en cada azulejo que veía.

Subrayo: Criticar es un derecho; desear el fracaso ajeno es otra cosa. La crítica busca corregir, advertir o mejorar; lo otro solo espera el error para celebrarlo. No es lo mismo decirle a alguien “cuidado, puedes caerte” para evitarle el golpe, que verlo en el suelo y negar la mano porque la carcajada resultó más placentera que ayudarlo a levantarse. Ahí deja de hablar la razón y comienza a hablar la mezquindad.

Hay una diferencia enorme. Uno advierte para prevenir a su destinatario; el otro espera la caída para aplaudirla. Y cuando el caído extiende la mano, prefiere regalarle una sonrisa burlona antes que ayudarlo a ponerse de pie y aplaude desde la banqueta.

Esa no es crítica: es una forma de pobreza moral.

Son los hipócritas frente a su propio YO. SÍ lo son y no quisiera estar en sus zapatos cuando están solos en su cuarto, quitándose la máscara con la que tanto fingió durante el día y no es capaz de ponerla frente al espejo ya que bien sabe que no se podrá reconocer. Su verdadera camiseta no tiene escudo nacional. No tiene colores. No representa un país. Representa un estado de ánimo. Y lleva estampado, desde hace mucho tiempo, un patrocinador que nunca quiebra: El enfado con el que perciben la vida.

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