POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS Hoy nos enfrentamos a un momento decisivo. Mientras el debate público gira alrededor del T-MEC, las inversiones extranjeras o las disputas comerciales con Estados Unidos, la verdadera pregunta sigue sin responderse: ¿Qué proyecto de nación estamos construyendo para las próximas generaciones?
Ningún tratado comercial sustituye la responsabilidad del Estado de desarrollar a su gente.
La realidad política demuestra que durante décadas distintos gobiernos privilegiaron la estabilidad económica sin consolidar instituciones capaces de garantizar educación de calidad, seguridad, innovación y oportunidades para todos.
El crecimiento llegó a ciertas regiones y sectores, pero millones de jóvenes permanecieron al margen del desarrollo, atrapados entre la informalidad, la violencia y la falta de expectativas.
El servicio público debe recuperar su esencia ética y humanista. Gobernar no consiste únicamente en administrar presupuestos o inaugurar obras; significa generar confianza, construir instituciones sólidas y colocar la dignidad de las personas en el centro de cada decisión.
La política deja de ser un ejercicio de poder cuando se convierte en un compromiso permanente con el bien común. La neurociencia aporta una lección invaluable: el cerebro de los jóvenes posee una extraordinaria capacidad para aprender, innovar y emprender, pero también es especialmente sensible al entorno social.
Cuando predominan la impunidad, la corrupción y la ausencia de oportunidades, el crimen organizado encuentra terreno fértil para reclutar talento que debería estar transformando al país desde la ciencia, la empresa o la política.
México no necesita únicamente preservar un tratado comercial; necesita construir un pacto nacional que invierta en el capital humano.
La mejor política económica comienza en las aulas, continúa con instituciones confiables y culmina con una juventud que encuentre en el mérito, la creatividad y el servicio público un camino más atractivo que la delincuencia.
El futuro de México no dependerá únicamente del comercio exterior, sino de la capacidad de su clase política para comprender que la mayor riqueza de una nación no son sus recursos naturales, sino el talento de su gente.
Allí comienza el verdadero desarrollo y la auténtica soberanía.




