POR ING.HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
La revisión del T-MEC llega en un momento decisivo para México. Mientras el debate público se concentra en el déficit comercial de Estados Unidos con nuestro país, la verdadera transformación ocurre en otro terreno: la economía impulsada por la inteligencia artificial.
Buena parte del incremento del comercio entre Norteamérica y Asia responde a la demanda de servidores, equipos de cómputo, centros de datos y tecnologías que alimentan la nueva revolución digital.
El desafío para México no consiste únicamente en exportar más, sino en generar conocimiento y valor agregado.
La realidad política nacional exige abandonar la visión de corto plazo. Un país no construye prosperidad únicamente atrayendo plantas de ensamblaje.
La competitividad del futuro dependerá de formar ingenieros, científicos, programadores, especialistas en ciberseguridad y expertos en automatización capaces de convertir a México en un creador de innovación y no solamente en un exportador de manufacturas.
Aquí adquiere sentido una visión humanista y ética del servicio público. Gobernar no debe reducirse a administrar presupuestos o responder coyunturas electorales.
Significa anticipar los cambios tecnológicos y preparar a las nuevas generaciones para competir en una economía donde el conocimiento será el principal activo nacional.
La inversión más rentable no será la infraestructura física, sino el desarrollo del talento humano.
La neurociencia aporta una enseñanza fundamental: el cerebro de los jóvenes posee una extraordinaria capacidad de aprendizaje, adaptación e innovación cuando encuentra entornos que estimulan la curiosidad, el desafío intelectual y la creatividad.
Cada peso destinado a educación científica, investigación, tecnología y pensamiento crítico fortalece ese potencial y reduce la vulnerabilidad frente a la violencia, la desinformación y la exclusión social.
La revisión del T-MEC representa mucho más que una negociación comercial.
Es la oportunidad para redefinir el modelo de desarrollo nacional.
Si México entiende que la inteligencia artificial necesita, antes que máquinas, cerebros preparados, descubrirá que su mayor riqueza no está bajo la tierra ni en las fábricas, sino en la inteligencia de millones de jóvenes que esperan una política pública capaz de creer en ellos.




