Mi gusto es… O la otra mirada. Por: Lic. Miguel Ángel Avilés
Hay palabras que en el mundo gremial se desgastan más que las llantas de un taxi de sitio.
Democracia. Pluralidad. Libertad de pensamiento. Consenso.
Vocablos tan pronunciados que ya deberían de venir impresos en papel reciclado.
Porque se les invoca con la solemnidad de un credo.
Amén.
Y casi con la misma eficacia.
Porque basta que alguien ejerza esa tan anunciada libertad de pensamiento para descubrir que la democracia acostumbra ausentarse precisamente cuando más se necesita.
Pero, con el tiempo, uno comprende que quizá el verdadero problema nunca estuvo arriba.
Es cierto que al reverenciado suele gustarle la zalamería o el arrumaco de sus reclutas y siempre quiere ir adelante, escoltado por un puño de subalternos dispuestos a resolverle cualquier problema o necesidad que se le presente.
Que se le olvidó algo en el carro, que necesita prender su cigarro, que ocupa una pluma, que desea una soda de dieta y corren a satisfacerlo o satisfacerlos.
Pero esta verticalidad con mando único dejaría de existir en tanto perdure ese binomio en el que unos son los adulados gracias a que existen los que disfrutan adular.
“Ningún vicio social permanece por sí solo: la lisonja necesita lisonjeros, igual que el poder abusivo necesita a quienes disfrutan ejercerlo.”
Por eso digo que el problema está abajo y no es albur, menos el Kama Sutra.
Más bien nos referimos a ese personaje fascinante que ninguna ciencia política ha logrado clasificar del todo.
El súbdito voluntario. El monaguillo del aplauso que nadie le pidió pero él y su escaso amor propio, se mandan solos.
Es una criatura extraordinaria. Conmovedora. Aunque, acá entre nos, dos que tres veces, dan penita ajena.
Son tan peculiares, tan extraordinarias que Darwin habría necesitado una edición corregida de su teoría para explicar semejante evolución al revés.
Como una vuelta en U de la historia política o la historia de las mentalidades. Los tiempos modernos nos hicieron ciudadanos, pero no todos quisieron abandonar el viejo oficio de ser súbditos.
Y es que mientras la humanidad pasó siglos intentando dejar de ser vasalla para convertirse en ciudadanía, él decidió recorrer el camino exactamente en sentido contrario.
No necesita cadenas. Le basta un dirigente y ni siquiera uno excepcional. Con uno disponible tiene suficiente. El que levante la mano o se cuele y a ese otro le digan que este es el bueno, hace ejercicios de estiramientos con un libro de Jesús Reyes en la mano, o con los estatutos del Yunque o con el Capital de Carlos Marx y le salta al ruedo que al fin y al cabo para eso está o así lo cree.
_”Ustedes digan con quién peleó, que solo muñecos veo”
Al súbdito moderno no hace falta convencerlo.
Sólo hay que informarle quién es el ungido de la temporada.
Si los dados favorecieron a su gallo, cuanto mejor.
Si acaso el nombramiento es para ese que hace apenas un semestre lo quería llevar a la cárcel, ni qué decir, hay que optar por tragar gordo, ponerle una carrillera al pecho y sacarlo a pasear como un verdadero insurgente.
Y entonces ocurre el milagro.
En cuestión de minutos descubre en él una inteligencia que ningún profesor advirtió, una sensibilidad que jamás quedó registrada, una capacidad estratégica desconocida incluso por el propio homenajeado y una estatura moral que desafía las leyes de la física.
Posee un talento casi sobrenatural. Arega unas virtudes que el resto de la humanidad no encuentra por más que busque y uno llegar a creer que se está hablando de otra persona y no de ese destinatario de su amor quien muestra un horizonte intelectual muy estrecho.
Así puede uno distinguir a estos acólitos de la sumisión: Donde cualquier ciudadano observa una ocurrencia, él descubre una jugada maestra, casi la de un DT en un mundial, o la de ese golpe que daba Chavez en el doceavo raund para vencer a quien lo apabullaba o la del estadista que hubiera premiado el más grande de los estadistas.
Es que donde otros perciben una contradicción, él encuentra una sofisticada estrategia cuyos beneficios, asegura, se comprenderán dentro de veinte años.
Si dijo una tontería es que quiso provocar al público, si las encuestas no le favorecen es que quiere que su contrincante se confíe, si es que es gris como los periodos en donde ha gobernado es que gris no se pone, gris es su color.
Donde todos detectan una improvisación, él habla de visión. Y donde aparece un error evidente, él encuentra una oportunidad histórica para jugar al que, excepcionalmente, a ratos se equivoca.
Es un don extraordinario.
Neta que yes.
No cualquiera puede convertir una torpeza en genialidad con semejante rapidez.
Ni yo que las cometo a diario.
Si el dirigente guarda silencio, el cortesano por designación propia dice que medita. Si habla demasiado, celebran su transparencia. Si cambia de opinión, elogian su capacidad de evolucionar. Si jamás cambia, destacan su firmeza. Si llega tarde, es porque estaba resolviendo asuntos de Estado. Si llega temprano, porque su disciplina es ejemplar.
No existe circunstancia humana que el súbdito no pueda transformar en cualidad. Ni el mejor departamento de relaciones públicas trabaja con semejante eficiencia.
Lo admirable es que el dirigente muchas veces ni siquiera solicita semejante devoción. El súbdito trabaja no a petición de parte, sino de oficio. Es voluntarioso, proactivo en todo lo que signifique exaltar a su guía y defender a ultranza de lo que hasta no le ha pasado.
Cierto: Produce alabanzas en piloto automático. Escribe cartas abiertas que cualquiera las recibiría como poemas de amor.
Lo tutea en redes sociales con la confianza de quien supone que ambos crecieron jugando canicas, aunque el venerado probablemente jamás sabría reconocerlo en una fila de cinco personas.
Lo defiende de ataques que nadie ha lanzado. Y cuando todavía no existe decisión alguna, él ya la respalda incondicionalmente.
Hay quienes apoyan hechos. Él apoya futuros.
El monaguillo no respalda decisiones. Respalda posibilidades. Dogmas, órdenes, su empleo y lo que le queda de voz para gritar que no zarpe el barco y otra vez están dejando la tierra, como en tantas ocasiones.
Es capaz de estar de acuerdo incluso con lo que aún no declara o controvertir ese hecho en su contra que todavía no existe. Porque la fe auténtica siempre llega antes que la realidad.
Lo verdaderamente inquietante aparece cuando alguien comete la imprudencia de señalar una limitación del personaje venerado.
No un insulto. No una descalificación. Basta una observación. Una duda. Una sugerencia de que quizá el prócer también sea humano. Una crítica en buenas ondas.
Entonces el súbdito experimenta una transformación biológica. Pierde instantáneamente la capacidad de escuchar. Se suspenden sus facultades críticas.
Y desarrolla un poderoso instinto defensivo que lo impulsa a lanzarse sobre el crítico con el entusiasmo de una madre osa defendiendo a su cachorro, el más chico y el más feo, aunque, sí esté feo. Y reacciona con la premura de quien corre a cubrir con un paraguas una estatua de bronce durante un aguacero
No importa que, en privado, él mismo haya reconocido antes exactamente el mismo defecto. Me refiero al súbdito, no al que está feo.
Eso pertenece al ámbito doméstico de la fe.
Las imperfecciones del ídolo sólo pueden comentarse en voz baja y entre creyentes. Jamás delante de los infieles.
Porque cualquier observación deja automáticamente de ser una opinión para convertirse en una conspiración. Si alguien cuestiona una decisión, no discrepa. Lo paga la oposición.
Si alguien señala una inconsistencia, no analiza, está resentido. Si alguien propone corregir un error, no ayuda. Obedece intereses oscuros financiados por el adversario.
Es extraordinario. En un solo movimiento consigue absolver al dirigente y condenar al sentido común.
Quizá por eso el ciudadano y el súbdito pertenecen a especies políticas diferentes. El ciudadano entiende que ningún gobernante está por encima de la crítica. Precisamente porque es humano. El súbdito necesita creer exactamente lo contrario.
Porque admitir una equivocación del ídolo implicaría reconocer que durante años confundió admiración con obediencia y liderazgo con veneración. Y pocas cosas resultan más dolorosas que descubrir que uno no defendía principios. Defendía personas.
Por eso la democracia no corre verdadero peligro cuando aparece un dirigente autoritario. Peor aún: protegía como gato panza arriba lo que antes combatía.
Eso ha ocurrido desde que el ser humano descubrió el poder. Es decir, no hablo de este país ni de otro, ni tampoco de trienios o sexenios. Más bien describo a ese cuerpo social que se baja su dignidad hasta la media pierna y nomás cierra los ojitos para que el superior esté contento.
El verdadero riesgo comienza cuando hombres y mujeres libres, con derechos, con voz y con voto, deciden renunciar espontáneamente a todo eso para recuperar una condición que la historia había tardado siglos en abolir.
Porque el ciudadano puede admirar. Puede respetar. Puede incluso seguir a un líder. Lo único que jamás hace es arrodillarse.
Porque sabe que, cuando alguien deja de mirar de frente para empezar a mirar hacia arriba, casi siempre deja también de pensar.
Algunos adulan por miedo; otros, por inseguridad; muchos porque descubrieron que resulta más rentable convertirse en el eco del poderoso que encontrar una voz propia. Después de todo, siempre habrá reflectores prestados para quien acepte vivir con luz ajena.



