Dentro de diez años, los jóvenes que hoy estudian en preparatorias y universidades ocuparán espacios de decisión en gobiernos, empresas, universidades y organizaciones sociales. La pregunta es inevitable: ¿los estamos preparando para administrar el presente o para construir el futuro?
La política mexicana sigue concentrada en resolver la urgencia cotidiana, mientras el mundo avanza hacia una economía dominada por la inteligencia artificial, la automatización, la biotecnología y la ciberseguridad. Esa distancia entre la velocidad del cambio tecnológico y la lentitud institucional puede convertirse en la mayor brecha del desarrollo nacional.
La neurociencia confirma que el cerebro joven posee una extraordinaria capacidad para innovar, colaborar y adaptarse a escenarios complejos. Esa plasticidad constituye un recurso estratégico para México, siempre que las políticas públicas promuevan educación de calidad, pensamiento crítico, investigación científica y formación ética.
El servicio público debe abandonar la lógica asistencialista y asumir una misión más ambiciosa: desarrollar talento humano. La mejor política social será aquella que permita a cada joven convertirse en creador de conocimiento, emprendedor, científico, ingeniero o servidor público comprometido con el bien común.
México necesita una Agenda 2036 que trascienda gobiernos y partidos. Una agenda que fortalezca instituciones, impulse el mérito, incorpore la inteligencia artificial con responsabilidad y coloque a la persona en el centro de toda decisión pública.
La generación que transformará al país ya nació. Lo único que falta es que la política deje de mirar el siguiente proceso electoral y comience, por fin, a gobernar para la siguiente generación.
Ese será el verdadero legado de un Estado moderno, humanista y capaz de convertir el conocimiento en prosperidad compartida.




