Mi gusto es… (o la otra mirada). Por: Lic. Miguel Ángel Avilés
Hay cosas para las que soy irremediablemente un inútil. En cambio, para otras, quizá nadie me gane.
Ténganme cuidado.
Soy, por ejemplo, muy limitadito para realizar trabajos que, por tradición o simple construcción social, históricamente se han atribuido a los hombres.
Si se trata de buscar una explicación, diría que, siendo el menor de la casa y habiendo enviudado muy joven mi madre, crecí más bajo su cuidado o sobre cuidado.
Tal vez por eso aprendí con cierta soltura algunos quehaceres domésticos que convencionalmente realizaban las mujeres.
Eso digo yo.
Quizá la verdad sea mucho más sencilla: para lo otro siempre he sido, soy y seré un perfecto tronco, es decir, muy ordinario.
Y ya.
No escarbemos más porque tampoco quiero descubrir que nací con vocación de estorbo.
Como yo, habrá quienes sean virtuosos para unas cosas y auténticas amenazas públicas para otras.
Pónganme a cocinar y me defiendo al menos mucho mejor que el Chef Oropeza.
No quieran que les cambie una llanta a su carro porque quizá les termine ponchando las cuatro.
Tampoco que le eche mecánica porque es muy probable que jamás vuelva a encender,
Esa dualidad nos acompaña a todos y todas. Para realizar A, somos la reencarnación de Albert Einsten o Marie Curie, pero si nos ponen a que hagamos B, seremos la fiel copia del Chapulín Colorado o del Súper Agente 86” (Maxwell Smart), interpretado en dicha serie por Don Adams.
La diferencia es que algunos la reconocen con humildad o porque nuestras inexperiencias alcanzan la categoría de hecho notorio y otros están convencidos de que pueden desarmar y volver a ensamblar una excavadora minera en media hora, pilotear un Lockheed U-2 con los ojos vendados o practicar una cirugía de corazón abierto después de ver dos tutoriales en YouTube.
En algunos casos puede ser cierto, pero en otros, lo malo no es que no sepan hacerlo, sino que juran saberlo.
En la vida privada, cada quien decide hasta dónde quiere conocerse y, sobre todo, reconocer sus límites. Algunos incluso prefieren llevar décadas evitando ambas cosas con una disciplina admirable. La ignorancia de uno mismo sigue siendo una de las formas más exitosas del autoengaño.
Hasta ahí, todo bien. Para fortuna lo anterior todavía no es punible. Bastante castigo implica ya que los demás sí se den cuenta, aunque a veces el ridículo funciona como una sanción muy eficiente.
Más de uno pudieran tener en cuestiones de burrez más de tres estrellas Michelin.
El problema comienza cuando esa misma soberbia cruza la puerta de la vida pública. Ahí ya no debería bastar el entusiasmo ni el descaro.
La Constitución establece principios muy claros para ocupar un cargo público: legalidad, honradez, lealtad, imparcialidad y eficiencia.
No hablo de México sino de ese país en donde vive El Pushi, mi gato, quien me dicta semana a semana esta columna próxima a cumplir ocho primaveras.
Debe de ser en Singapur o en Finlandia. Porque aquí, en estos tiempos de transformación, el signo distintivo es la congruencia, nada es por capricho ni favoritismo.
Por eso existen los concursos de oposición, la evaluación del mérito y el servicio civil de carrera: porque el Estado no es una agencia de colocaciones para amigos, recomendados, cuotas políticas o parientes bien acomodados.
Nada de eso y ¡Me pongo de pie!
La función pública no debería premiar la cercanía con el poder, sino la capacidad para ejercerlo con responsabilidad.
José Ingenieros advirtió hace más de un siglo que el mediocre suele sentirse incómodo frente al mérito. Quizá por eso, cuando llega al poder, procura rodearse de personas que sepan todavía menos que él.
La mediocridad es el único virus que, para sobrevivir, necesita multiplicarse.
En teoría, esos principios existen para impedir que lleguen improvisados, pillos o pillas- para que luego no reclamen cuota de género en la incompetencia— tan inútiles como sería yo tratando de reparar una transmisión automática.
Pero dije en teoría.
Porque, a la mera hora, nunca falta el valiente que no sabe ni fu ni fa del trabajo al que aspira y, peor aún, tampoco falta quien lo designe.
Sea una sola persona o un comité completo, los principios constitucionales terminan enviados a paseo y, acto seguido, le toman protesta al más calamitoso, al más desventurado, al más inepto y, en ocasiones, al más ocioso de todos.
El problema no es el ignorante que sabe que ignora; ese todavía pregunta y aprende. El verdaderamente peligroso es el que confunde la lealtad política con la competencia técnica y termina creyendo que un aplauso o un sacrificio escrotoral, sustituye a un currículo.
No es un fenómeno exclusivo del lejano país de donde viene el Pushi.
La mediocridad con influencias habla todos los idiomas.
Son atrevidos.
Cambian las banderas, los partidos y los discursos, pero el espectáculo suele ser el mismo: El mérito hace fila mientras el recomendado entra por la puerta de atrás. El currículum espera en recepción; el compadrazgo ya está sentado en la oficina principal, fumándose un cigarro y tirando las cenizas en el piso.
Ocurrida la designación , el nuevo funcionario llega impecablemente vestido, sonríe para la fotografía oficial, levanta la mano derecha y protesta cumplir y hacer cumplir la Constitución con una solemnidad digna del funcionario ideal descrito por Max Weber, aunque, en los hechos, apenas sabría cumplir con el instructivo de una cafetera.
Para que me entiendan, imaginen que Autobuses de Oriente o TUFESA abren una vacante para chofer. Yo, que no manejo ni siquiera mis emociones, me inscribo, ganó el concurso y, todavía con el motor apagado, doy una conferencia sobre movilidad, liderazgo y transporte de clase mundial.
Absurdo, ¿verdad?
Pues no tanto.
Hay oficinas públicas donde exactamente así se recluta el talento. Lo único que cambia es el nombre del cargo y el tamaño del presupuesto que administrará quien no sabe ni dónde está el interruptor.
Y luego nos preguntamos por qué algunos gobiernos en el mundo avanzan como locomotoras y otros parecen carretillas con una rueda cuadrada.
Después vienen los discursos sobre el cambio, la excelencia institucional, la revolución administrativa y el compromiso inquebrantable con el pueblo. Las palabras desfilan impecables; los resultados llegan en silla de ruedas.
El problema es que ni el discurso más encendido logra que un incompetente deje de ser incompetente.
Porque la ignorancia podrá jurar el cargo… pero jamás podrá protestar competencia.
Y en recordar ejemplos, creo que si soy un experto.




