POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
La política suele presentarse como un enfrentamiento permanente entre partidos, ideologías y discursos.
Sin embargo, la verdadera política ocurre lejos de los reflectores: en la capacidad del Estado para brindar seguridad, impartir justicia, fortalecer la educación y generar oportunidades para que cada joven pueda desarrollar su talento. Esa es la realidad que pocas veces ocupa los titulares.
Los jóvenes deben comprender que una democracia no se mide únicamente por la celebración de elecciones, sino por la fortaleza de sus instituciones, el respeto al Estado de derecho y la rendición de cuentas de quienes ejercen el poder. Sin ciudadanos informados, ninguna nación puede aspirar a un futuro de prosperidad y libertad.
El servicio público exige mucho más que habilidad política. Requiere integridad, sensibilidad social y una profunda vocación de servicio.
Gobernar significa administrar recursos que pertenecen a todos, tomar decisiones pensando en las próximas generaciones y recordar que la autoridad es un mandato temporal, nunca un privilegio permanente.
La historia demuestra que las naciones más exitosas no son aquellas que exaltan a sus gobernantes, sino las que construyen instituciones capaces de sobrevivir a cualquier gobierno.
Por ello, la participación de los jóvenes resulta indispensable. Su misión no consiste en repetir consignas, sino en cuestionar, investigar, debatir con argumentos y exigir transparencia sin renunciar al respeto.
México necesita una nueva generación que entienda que la política no debe dividir a la sociedad, sino reconciliarla mediante la verdad, la legalidad y el bien común.
Cuando la ética acompaña al poder, la justicia deja de ser una promesa y se convierte en una realidad. Allí comienza el verdadero patriotismo: en ciudadanos libres, críticos y comprometidos con construir un país donde la honestidad sea la regla y no la excepción.




