Mi gusto es… (o la otra mirada). Por: Lic. Miguel Ángel Avilés
La verdad tiene un defecto insoportable: llega tarde.
En ocasiones.
Tanto es un “defecto” insoportable para algunos y algunas.
Como que, muy a menudo, llega tarde.
Cuando finalmente aparece, muchas veces ya ocurrió todo lo importante. Ya hubo condenas, absoluciones, indignaciones, aplausos, veneraciones, insultos y hasta especialistas improvisados explicando, cual eruditos o eruditas, en una red social lo que jamás han visto en un expediente ni siendo propio ni siendo víctima porque al serlo en la práctica, se derrumbó la teoría.
Vivimos una época donde la justicia compite contra la velocidad de internet.
Y casi siempre pierde.
Le ganan en la carrera y lo que siga ni caso tiene.
El reciente caso del profesor Alberto Israel Jasso Cruz, acusado de acoso y cuyo desenlace provocó una enorme conmoción pública, volvió a colocarnos frente a una pregunta incómoda:
¿Qué ocurre cuando la justicia llega tarde para descubrir la verdad?
Hablo de la verdad sin matices y si creen que hay dos, entonces hablaré de la verdad para uno y la verdad para otro.
La respuesta parece sencilla, pero no lo es.
Sobre todo para mí que hace tiempo me sacudí de dogmas y consignas y me quedé nomás, con la búsqueda de la verdad.
Pero ocurre que aparecen los tribunales paralelos. Uno condena antes de investigar. Otro absuelve antes de investigar.
Ambos tienen algo en común: ninguno está dispuesto a esperar.
Uno de los grandes logros de la civilización fue entender que la indignación, aunque legítima, no puede sustituir a la prueba, a la evidencia, a la razón.
No obstante, parece que hubiéramos retrocedido.
Antes los juicios sumarios necesitaban una plaza pública, una multitud y alguien dispuesto a levantar una antorcha.
Quémenlo con leña verde (para que el humo lo haga llorar)
La modernidad nos hizo más eficientes. Ahora basta un teléfono con batería, una cuenta con seguidores y la absoluta seguridad de que nosotros sí entendimos todo en cinco minutos.
Lo anterior fue teoría, pero regreso a lo que provocó esta columna:
Después del caso surgieron también versiones que afirmaban que todo había sido un montaje e incluso que la propia historia de la muerte no era cierta. Hasta ahora, esas afirmaciones no cuentan con elementos públicos suficientes para sostenerse como hechos.
Bueno, yo, google, la tele, los y las compas y la IA no encontramos nada al respecto.
Pero el fenómeno resulta igualmente preocupante: hemos construido una sociedad donde muchas personas no buscan conocer la verdad, sino encontrar aquello que confirme lo que ya decidieron creer o les dicta la consigna.
_”Señora: ¿ya vio? su esposo está vivo, ¡está vivo! ¿lo sacamos?” pregunta el sepulturero, muy emocionado.
_”¡Claro que no!. Si dijeron que estaba muerto es porque lo está, ¡ni modo que sepa más que el doctor!”
Siii, luego de este ejemplo, lo entendiste muy bien:
La verdad dejó de ser una búsqueda. Ahora parece una selección.
Ah, por cierto:
No escribo estas líneas para defender al profesor.
Tampoco para condenar o descalificar a quien presentó la denuncia.
No tengo los elementos para hacerlo. Y precisamente por eso no debo hacerlo.
Hay una frase que, aunque sencilla, parece revolucionaria en estos tiempos:
“No lo sé”.
Admitir la duda no es cobardía. Es prudencia.
Lo siento, pero el derecho nació precisamente porque los seres humanos nos equivocamos. Porque podemos dejarnos llevar por el miedo, la ira, los prejuicios o la presión de una multitud o porque, desde lejanas tierras, entro en pánico cuando la realidad me obliga a no ser una más del montón.
Sí.
Por eso existe el debido proceso.
No para proteger culpables. Para evitar que un inocente sea tratado como culpable sin pruebas suficientes.
Defiendo, sin reservas, el derecho de toda mujer a denunciar cualquier acto de violencia, acoso o abuso.
Corría el año desde que empecé en esto, cuando ni leyes secundarias había respecto al primero y cuarto constitucional.
Pero lo entendí al llavazo y desde entonces me comprometí.
No sólo porque es un derecho.
Sino porque durante demasiado tiempo muchas mujeres fueron obligadas a callar, ignoradas o cuestionadas cuando tuvieron el valor de hablar.
El feminismo ha sido una de las grandes fuerzas sociales que obligaron a nuestras instituciones a mirar una realidad que durante siglos muchos prefirieron no ver.
Esa conquista merece reconocimiento.
Siempre.
Pero precisamente porque una causa es noble, debe ser cuidada.
¿Frente a quién?
Pues frente a tantos y tantas sorfiloteo de la cruz que en el camino se aparecen y dios nos libre desde Puebla.
Ninguna causa justa se fortalece abandonando los principios que sostienen la justicia.
La defensa de las víctimas no puede significar la eliminación del derecho de defensa. Y la defensa del debido proceso no puede convertirse en una excusa para negar la existencia de víctimas reales.
Lo siento. Y si sufres del síndrome del negativista desafiante, oh cielos o cielas, pero ese no es mi problema.
Ambas cosas deben coexistir.
El problema aparece cuando sustituimos el análisis de los hechos por la identidad de las personas.
Muy de acuerdo.
Cuando ya no importa qué ocurrió, sino quién acusa y quién es acusado.
Cuando la evidencia deja de ser el centro y la pertenencia de un grupo se convierte en argumento.
Ahí dejamos de estar ante un debate jurídico. Estamos ante una batalla de tribus del PRD o su futuro que es presente y su final es el abismo.
Por cierto: las tribus tienen una característica peligrosa:
Necesitan tener razón.
Los tribunales buscan la verdad.
Las tribus buscan enemigos.
También debemos decirlo con la misma firmeza: existen instituciones que han cometido el error contrario.
Centros laborales, académicos, sindicales o administrativos que antes de investigar ya decidieron absolver al señalado porque pertenece a su grupo.
Ese comportamiento es igualmente reprobable.
Ningún acosador debe ser protegido por su cargo, sus relaciones, su prestigio o su grupo de pertenencia.
El encubrimiento también lastima a las víctimas. La justicia no puede tener favoritos. Ni para condenar. Ni para absolver.
El objetivo debería ser mucho más simple de expresar y mucho más difícil de alcanzar:
Que se sancione al responsable.
Que no se sancione a un inocente.
Que se repare integralmente el daño causado a la víctima…
Ese es el verdadero trinomio de la justicia.
Todo lo demás, vestido de mujer o de hombre, son atajos.
Y los atajos, especialmente cuando hay derechos en juego, suelen terminar en lugares peligrosos.
Hoy tenemos una nueva forma de castigo: La prisión digital. No tiene barrotes. Tiene algoritmos. No requiere sentencia. Le basta una tendencia.
Hemos creado una nueva figura pública: el juez sin toga.
No necesita expediente.
No necesita pruebas.
No necesita escuchar a las partes.
Pero tiene una ventaja sobre los jueces tradicionales:
Nunca duda.
Una persona quiza pierda su empleo, prestigio, amistades y tranquilidad mucho antes de que una autoridad determine qué ocurrió realmente.
Y si después llega una absolución, esa noticia casi nunca alcanza la misma velocidad.
La acusación viaja en primera clase. La disculpa suele viajar a pie.
Quizá el mayor problema de nuestro tiempo no sea que existan personas equivocadas.
Eso siempre ha ocurrido. El problema es que cada vez tenemos menos paciencia para aceptar que no sabemos todo.
La duda se ha convertido casi en una falta moral. Como si preguntar fuera traicionar. Como si esperar pruebas fuera una forma de indiferencia.
Pero la justicia no consiste en tener razón antes que los demás. Consiste en buscar la verdad antes de juzgar.
Una sociedad verdaderamente justa no es aquella que siempre encuentra culpables. Es aquella que tiene la madurez suficiente para proteger a las víctimas, respetar los derechos de los acusados y exigir investigaciones serias e imparciales.
Porque cuando la pasión ocupa el lugar de la prueba, la justicia deja de buscar la verdad. Y empieza, peligrosamente, a buscar aplausos.




