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Home MI GUSTO ES
En plaza Hidalgo, de lo normal a lo normativo

La Lala Meza, cuatro asuntos…y una sola conversación

Miguel Ángel Avilés by Miguel Ángel Avilés
15 agosto, 2026
in MI GUSTO ES
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Mi guto es….o la otra mirada

Me acordé de la Lala Meza.

De ella me contó hace tiempo mi amigo Adolfo Manríquez: una señora de San Antonio, Baja California Sur, que tenía —por costumbre, por ansiedad o quizá por ese temor tan humano de que alguien le ganara la conversación y contara todo antes que ella— una manera muy particular de conversar:

Podía estar hablando de cuatro asuntos al mismo tiempo, y su interlocutor tenía que mantenerse muy atento para no perder el hilo de ninguno. Porque cuando uno creía que ya había terminado un tema, ¡zaz!, La Lala regresaba a él como si apenas lo hubiera dejado en pausa. Y mire usted que hoy me dieron ganas de hacerle la competencia. Así que voy con cuatro temas. Bueno, cinco. Porque ya sabemos que a la Lala Meza nadie le iba a contar las palabras. Ni a mí.

 Eso creo.

Colombia, o cuando la tierra también nos recuerda que somos vecinos. Hace unos días estuve allá. Y digo “estuve” porque regresamos a Sonora apenas dos días antes de que la tierra decidiera recordarles a los colombianos que debajo de los pies también hay historia.

¿Qué les estaba diciendo? Ah sí, ya me acordé: El lunes 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7.4 sacudió el occidente de Colombia, con epicentro en San José del Palmar, Chocó. Las consecuencias han sido devastadoras y la emergencia continúa.

Y uno no puede dejar de pensar en aquella tierra que acabamos de caminar. En su gente. En sus calles. En ese modo tan suyo de hablar, de recibir, de hacer sentir al visitante como si llevara años llegando a la casa.Entonces uno escucha aquello de “¡parce!” y hasta se le pega el acento, aunque uno regrese a Sonora diciendo “arre pues”, con una pronunciación que seguramente haría reír a cualquier paisa o a cualquier rolo.

Pero aquí es donde el viaje deja de ser turismo. Porque si México ha recibido solidaridad de otros países cuando la desgracia nos ha golpeado, ¿por qué no habría de corresponder ahora? Colombia no es un país distante. Es un pueblo hermano. Y cuando un pueblo hermano tiene que levantar casas, escuelas, hospitales y vidas después de una tragedia, no se trata de quedar bien ni de salir en la fotografía entregando una caja. Se trata de entender que la solidaridad también es una forma de diplomacia. Y si alguna vez nos dijeron “parce”, ahora nos toca decirles:

Parce, aquí estamos. Aunque uno sea sonorense (por adopción) y el “parce” le salga con acento de “qué onda, plebe”.

Y hablando de vidas…De Colombia paso a México.

¿En qué me quedé? ya sé.

Porque hay otra cosa que me preocupa y que no necesita terremoto para convertirse en tragedia: el desprecio por la vida. Y no hablo solamente del narcotráfico, del crimen organizado o de las grandes estructuras criminales que aparecen todos los días en las noticias. Hablo de algo más cotidiano y quizá por eso más escalofriante. De la violencia que puede aparecer dentro de una familia. De quien ataca a su propia madre. De quien agrede a su padre. De quien ataca a una mujer que iba caminando. De quien, por una discusión cualquiera, parece perder cualquier noción del valor de la vida ajena.

Y aquí hay una pregunta incómoda: ¿México está más seguro porque algunos indicadores estadísticos mejoraron? Puede ser. Pero una estadística no camina por la calle. Una estadística no acompaña a una muchacha cuando regresa a su casa. Una estadística no escucha un ruido afuera de la puerta.

Una estadística no le avisa a una madre que su hijo ya llegó. Por eso hay que distinguir entre la realidad estadística de la seguridad y la percepción social de la seguridad. Una puede mejorar y la otra permanecer deteriorada. Y si queremos que la gente vuelva a sentirse segura, no basta con decirle que las cifras dicen que está segura. Porque eso sería como decirle a quien tiene miedo de cruzar un puente:

—No tenga miedo, señor. Estadísticamente el puente no se ha caído hoy.

Pues qué tranquilidad.

*

_ “Policia, policía; me asaltaron”

_ Pues que raro, las estadísticas señalan que ese sector es muy seguro…

*

Y ya que hablamos de decir las cosas…Aquí entra el derecho de réplica.

Porque parece que en México todos queremos hablar, pero no todos queremos escuchar la respuesta. Y eso sí es democrático: hablar.Pero también lo es permitir que quien considere que una información publicada sobre él es falsa o inexacta tenga la posibilidad de responder.

El derecho de réplica tiene fundamento constitucional en el artículo 6º y cuenta con una ley reglamentaria específica que establece el procedimiento para ejercerlo frente a información difundida por medios de comunicación.

Y aquí hago una precisión porque luego nos gusta revolver el caldo legislativo: no debemos atribuir el derecho de réplica simplemente a la antigua Ley de Imprenta. Su regulación actual está en la Ley Reglamentaria del artículo 6o., párrafo primero, de la Constitución, en materia del Derecho de Réplica.

Pero yo iría todavía un poco más lejos. El derecho de réplica debería ser parte de una cultura democrática que no se limite a gobernante contra gobernado. Porque también existe el derecho —y sobre todo la responsabilidad— de escuchar al otro.

Olvidé lo que les estaba contando.

No, ya me acordé: El político tiene derecho a explicar. El ciudadano tiene derecho a responder. El funcionario tiene derecho a aclarar. El periodista tiene derecho a preguntar. Y todos tenemos la obligación de no convertir la libertad de expresión en una licencia para que solamente hable el que tiene el micrófono más grande o todavía peor: el sartén del poder agarrado del mango, aunque no sepa como usarlo o lo frivolice como una comedia de situaciones o y un teatro de revistas.

Porque acusar a medio mundo, viendo como rivales hasta los perros callejeros y después cerrar la puerta no es debate. Es monólogo.

Y hablando de puertas cerradas…Vamos a las Juntas de Conciliación y Arbitraje.

Ahí está el otro asunto que alguien decidió esconder debajo de la alfombra mientras todos volteábamos a ver la nueva justicia laboral. La gran reforma l prometió una justicia más rápida, más cercana y más eficiente.

Y sí, la nueva justicia laboral ha representado un cambio importante. Pero las viejas Juntas de Conciliación y Arbitraje no desaparecieron mágicamente el día que nacieron los tribunales laborales. Ahí quedaron. Con expedientes. Con asuntos pendientes. Con trabajadores esperando. Con patrones esperando. Con personal que tiene que trabajar con recursos cada vez más limitados.

Y aquí aparece una de esas paradojas mexicanas que podrían estudiarse en cualquier universidad: Creamos un sistema nuevo para abatir el rezago, pero dejamos al sistema anterior con el rezago que ya tenía. Entonces sucede lo previsible. El expediente duerme. Luego despierta. Luego se acuerda de él alguien. Luego viene una notificación. Luego una actuación. Luego un recurso.

Luego el amparo. Luego se descubre una violación procesal. Luego se repone el procedimiento. Luego volvemos casi al principio.

Y otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Es decir, el perro tratando de morderse la cola.

Con la diferencia de que aquí el perro no es el expediente. El perro es el sistema.

Y la cola somos todos los que estamos esperando que algún día termine el trámite.Y entonces llegamos a la Universidad…Porque ya que hablamos de sistemas, trámites, permisos y burocracia, me llegó un comentario sobre la Universidad de Sonora que, por supuesto, merece algo que últimamente parece estar en peligro de extinción:

Aclaremos. Aquí hay que respirar hondo. Porque una cosa es lo que oficialmente está publicado y otra lo que circula entre los estudiantes. Y como uno no quiere convertir el periodismo en ventanilla de rumores, vamos por partes.La Universidad de Sonora sí tiene una convocatoria oficial denominada “Búho Emprende, semestre 2026-2”, dirigida a estudiantes de licenciatura del campus Hermosillo que tengan un proyecto emprendedor, incluso si ya está operando. Para participar, los estudiantes deben acreditar un programa de capacitación emprendedora.

Hasta ahí, todo parece razonable. Capacitación. Permiso. Reglas. Orden. Y, por si faltaba algo para completar el pequeño MBA del estudiante universitario, la capacitación ve inducción, inteligencia emocional, modelo de negocio, marketing digital, finanzas, aspectos legales, financiamiento y lineamientos universitarios para el uso adecuado del espacio emprendedor.

Todo eso suena muy serio. Quizá demasiado serio para quien solamente quería vender unas paletas. Pero bueno, la modernidad tiene esas cosas. Antes uno vendía un boli. Ahora, aparentemente, hay que comprender el modelo de negocio del boli.

La convocatoria establece además que los proyectos seleccionados pueden obtener un espacio fijo en la Plaza Búho Emprende durante el semestre 2026-2, sujeto a disponibilidad y al cumplimiento de los lineamientos.Y aquí empieza la parte que me interesa. Porque entre los estudiantes circula otra versión. Según lo que me han comentado, se estaría modificando la manera en que tradicionalmente se ha permitido la venta de productos dentro del campus y se estaría concentrando esa actividad en un número reducido de espacios.

Se habla de alrededor de 32. Se habla de espacios pequeños. Se habla de una ubicación determinada. Se habla de rotación. Se habla de vendedores que durante años han ofrecido bolis, paletas, dulces, tortas, chucherías y otros productos dentro de la Universidad. Y aquí quiero ser particularmente cuidadoso:

esto último lo presento como trascendido entre estudiantes, no como un hecho oficialmente acreditado.

Porque una cosa es lo que los alumnos comentan en los pasillos y otra lo que la Universidad ha establecido formalmente. Lo que sí sabemos es que Búho Emprende existe. Lo que sí sabemos es que hay una capacitación obligatoria. Lo que sí sabemos es que la Universidad pretende ordenar y fomentar el emprendimiento estudiantil mediante espacios específicos. Lo demás habrá que preguntarlo. Y aquí aparece lo verdaderamente interesante. Porque la Universidad de Sonora no acaba de descubrir que existen estudiantes que necesitan vender algo para ayudarse económicamente.

La propia institución ha promovido durante años los bazares estudiantiles. Han existido eventos con decenas de emprendimientos. Estudiantes que venden ropa, artesanías, comida, accesorios, dulces. Pan, yogur y, clandestinamente, marihuana y otras drogas, pero esto es en el mercado negro.Y toda esa fauna maravillosa que suele aparecer cuando a un joven se le ocurre que, además de estudiar, también puede intentar ganarse unos pesos. Ahora parece haber una intención de formalizar y ordenar esa actividad. Y eso, en principio, no tiene nada de malo. Al contrario. La higiene importa. La seguridad importa. La protección civil importa. El orden importa.

Y si hubo algún incidente sanitario, debe atenderse. Si hubo una intoxicación, debe investigarse. Si existieron riesgos, deben corregirse. Hasta ahí, nadie debería discutir. Pero también hay una pregunta que merece hacerse: ¿qué pasa con quienes ya llevaban años haciendo eso? Porque aquí hay una pequeña ironía. Durante años, esos vendedores fueron parte del paisaje universitario. Gente que sabía perfectamente qué se vendía, cuándo se vendía y, sobre todo, qué compraban los estudiantes.

Tenían una especialidad que no necesariamente aparece en ninguna capacitación de marketing digital: conocer al cliente. Sabían quién quería una torta a las diez de la mañana. Quién necesitaba un dulce antes del examen. Quién compraba un boli porque hacía calor. Quién tenía veinte pesos. Y quién decía que no tenía dinero, pero, misteriosamente, sí tenía para el antojo.

Eso también es emprendimiento. Un emprendimiento bastante antiguo, por cierto.Ahora aparece un nuevo modelo. El estudiante deberá capacitarse en inteligencia emocional, modelo de negocio, marketing digital, finanzas, aspectos legales y financiamiento. Uno imagina al muchacho que vende paletas sentado muy serio frente a una presentación de PowerPoint:

—¿Cuál es su modelo de negocio?

—Pues… vendo paletas.

—No, joven. ¿Cuál es su propuesta de valor?

—Que están frías.

Y no se ría. Porque quizá dentro de poco hasta la paleta necesite análisis FODA.

Pero hay algo más. La Universidad tiene derecho a establecer reglas para sus espacios. Por supuesto que sí. La pregunta no es si debe haber reglas. La pregunta es cómo se aplican, a quiénes alcanzan y si la nueva regulación realmente fortalece el emprendimiento o termina haciendo que emprender dentro de la Universidad sea una carrera de obstáculos administrativos.

Porque hay una diferencia entre ordenar el emprendimiento y burocratizarlo.Y también habrá que ver qué sucede con quienes ya vendían dentro del campus. Porque si la intención es sustituir gradualmente a los vendedores que llevan años ahí por estudiantes emprendedores que, además de estudiar, tendrán que incorporarse a este nuevo pequeño ejército de emprendedores capacitados, habrá que esperar para saber si el experimento funciona.

Quizá funcione estupendamente. Ojalá.Quizá los 32 espacios —si finalmente son 32— se conviertan en una incubadora de grandes negocios. Y dentro de veinte años podamos decir: “Ese empresario comenzó vendiendo un boli en la Plaza Búho.” Magnífico. Pero también puede ocurrir que el joven termine pensando que para vender tres bolsas de dulces necesitaba más trámites que capital. Y ahí sí tendremos un nuevo concepto: el emprendimiento administrativo.

Porque una cosa es formar emprendedores y otra formar expertos en llenar formatos. Y aquí vuelvo al trascendido. También se ha comentado entre estudiantes que antiguos vendedores habrían sido retirados, que los bazares como se conocían anteriormente estarían cambiando y que incluso habría existido la expresión de que la Universidad “parecía tianguis”.

No puedo afirmar que eso haya ocurrido porque no tengo, hasta ahora, un documento oficial que lo confirme. Pero sí puedo hacer una pregunta:¿Y si una universidad parece un poco a tianguis? ¿Es necesariamente malo? Porque un tianguis, además de ruido y puestos, también tiene algo que a veces las instituciones demasiado ordenadas olvidan: vida.

Una universidad debe tener laboratorios, bibliotecas, aulas, investigadores y grandes proyectos. Pero también tiene estudiantes corriendo porque llegaron tarde. Alguien vendiendo un boli. Otro ofreciendo una pulsera. Una muchacha vendiendo repostería. Un joven tratando de sacar para el pasaje. Un bazar. Una torta. Un dulce. Una conversación. Y, de vez en cuando, alguien que vende algo que uno no necesita, pero termina comprando porque lo convencieron.

Eso también forma parte de la experiencia universitaria.

Así que quizá el asunto no sea decidir si la Universidad debe parecer un tianguis o no. Quizá la pregunta sea otra: ¿cómo ordenar esa actividad sin quitarle la vida que precisamente se pretende fomentar? Porque si el propósito de Búho Emprende es formar emprendedores, estupendo. Que los formen. Que los capaciten. Que les enseñen finanzas. Que les enseñen marketing. Que les enseñen aspectos legales.

Pero que no olviden enseñarles algo que ningún curso debería perder de vista:

que un emprendimiento empieza con alguien que necesita vender algo y alguien que quiere comprarlo. Y ahí, curiosamente, los vendedores que llevan años en el campus quizá sepan una o dos cosas. O tres. O cuatro.

Ya me estoy pareciendo a la Lala. Porque todavía falta otra cosa. Y aquí regreso al principio Colombia nos recuerda la solidaridad. La violencia nos recuerda el valor de la vida. El derecho de réplica nos recuerda que nadie debería tener la última palabra por decreto. Las Juntas nos recuerdan que una reforma no borra por sí sola los problemas del pasado. Y la Universidad nos recuerda que hasta para vender una paleta puede llegar el día en que haya que aprender marketing digital. Así que aquí dejo los cuatro temas. Bueno, cinco. O seis. Ya perdí la cuenta.

Como diría la Lala Meza, respirando hondo porque todavía tenía otra cosa que contar: “Pero espérate, porque todavía falta otra cosa…” Y esa, mis amigos y amigas, será para la próxima columna o en una conversación mientras disfruto de una torta y una soda.

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