Mtro. Jesús Antonio García Ramírez. Politólogo
1. Consideraciones previas
La confusión actual en el análisis mexicano proviene de usar como si fueran lo mismo tres categorías que tienen naturaleza distinta y que exigen delimitación propia. El Estado, en la lectura de Antonio Gramsci, no es solo aparato ni norma, es Estado integral, es la suma de fuerza y de dirección, de aparato y de consenso, de institución y de vida social que le da base.
Guillermo O´Donnell complementa desde América Latina, el Estado es también relación social, es la forma en que una sociedad se organiza para darle continuidad a sus acuerdos fundamentales y no solo para administrar un territorio. Norberto Bobbio ayuda a cerrar, sin reglas que obliguen a todos por igual no hay Estado sino voluntad personal. La política, en la tradición de Nicolás Maquiavelo y de Hannah Arendt, es oficio y acción, es el arte de conservar y de construir viabilidad y es al mismo tiempo la acción que crea espacio común entre distintos.
No es adhesión ni repetición, es capacidad de acordar entre diferentes para que algo ocurra. El poder, en la visión de Steven Lukes y de Bertrand Russell, no es el cargo, es la capacidad efectiva de producir consecuencias, de que una decisión tomada modifique conductas, abra caminos o cierre desvíos. Con esta delimitación, el momento mexicano se entiende mejor, se recuperó Estado como dirección y se recuperó poder como respaldo, lo que está en construcción es la política como oficio que une a ambos.
2. A manera de reflexión
Vista así la triple dimensión, el problema mexicano actual no es de orientación sino de articulación. Tenemos un Estado que recuperó sentido de conducción y que volvió a poner en el centro la responsabilidad pública, y tenemos un poder sustentado en un respaldo social amplio que no había tenido el sistema en décadas. Lo que no termina de cuajar es la política como trabajo intermedio.
La política es lo que hace que una decisión deje de ser enunciado y se vuelva acuerdo operable, que baje, que se hable con quien tiene que ejecutarla, que se entienda en cada lugar y que se sostenga en el tiempo. Cuando ese oficio se adelgaza y se sustituye por lealtad o por discurso, la decisión se fragmenta, cada tramo la interpreta a su modo y el ciudadano percibe distancia entre lo que se decide arriba y lo que vive abajo. Por eso conviven en el mismo momento grandes definiciones nacionales con tramos de ejecución que no acaban de ordenarse. No es falta de proyecto, es falta de política entendida como oficio de hacer que el Estado y el poder se encuentren en la vida cotidiana.
3. Consideraciones finales
La lección enseñable que debe dejar esta etapa es clara y es la que convierte una coyuntura en estructura. La historia muestra que los ciclos que permanecen no son los que acumulan respaldo sino los que convierten ese respaldo en forma de vida regular. Un Estado que solo tiene orientación sin política se vuelve enunciado, un poder que solo tiene respaldo sin política se vuelve presencia intermitente.
La tarea de la segunda etapa es entonces de construcción política en su sentido más serio, lograr que lo que se decide se vuelva acuerdo, que el acuerdo se vuelva práctica y que la práctica se vuelva normalidad en todos los lugares por igual. Si la política logra eso, el Estado deja de ser solo dirección y se vuelve orden cotidiano, y el poder deja de ser solo respaldo y se vuelve capacidad de transformar la vida de la gente.
Esa es la diferencia entre un ciclo que se recuerda por lo que quiso y un ciclo que se recuerda por lo que dejó instalado y que permanece aun cuando cambian las personas.




